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sobre Montejo de la Vega de la Serrezuela
Sede del Refugio de Rapaces de Montejo; paraíso para ornitólogos y amantes de la naturaleza
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En el extremo nordeste de la provincia de Segovia, donde los cortados calizos se alzan sobre las aguas del río Riaza, se encuentra Montejo de la Vega de la Serrezuela. Este pequeño pueblo de poco más de un centenar de habitantes guarda uno de los tesoros naturales más llamativos de Castilla y León: las Hoces del Río Riaza, un paraje de paredes rocosas que alcanza su máxima espectacularidad precisamente en este término municipal.
A unos 870 metros de altitud, Montejo de la Vega conserva la arquitectura tradicional de las tierras altas segovianas, con casas de piedra y madera que encajan sin estridencias en el paisaje. Pero lo que realmente marca el carácter de este núcleo es su ubicación como puerta de entrada natural a la Reserva Natural de las Hoces del Río Riaza, uno de los espacios protegidos más importantes para la observación de aves rapaces en España.
El término municipal abarca parte de este cañón fluvial, convirtiéndose en un destino muy atractivo para quienes buscan naturaleza tranquila, sin grandes aglomeraciones. Aquí, el silencio se rompe sobre todo con el graznido de los buitres leonados que anidan en las paredes de roca y el murmullo del río cuando baja generoso.
¿Qué ver en Montejo de la Vega de la Serrezuela?
La visita casi obligada es la Ermita de Nuestra Señora de la Casita, situada en un paraje muy agradable junto al río Riaza. Este pequeño templo románico del siglo XII es una joya arquitectónica que bien justifica el paseo. Su ábside semicircular y su espadaña llaman la atención en un entorno donde el patrimonio y la naturaleza se mezclan con bastante naturalidad. El camino hasta la ermita, si se hace andando desde el pueblo, ya sirve de toma de contacto con el paisaje de ribera.
El casco urbano conserva ejemplos de arquitectura popular serrana, con viviendas construidas en piedra caliza y entramados de madera. La iglesia parroquial preside la pequeña plaza, con ese aire pausado de los pueblos que han ido a su ritmo y han mantenido lo esencial. No hay grandes monumentos ni un listado interminable de puntos de interés: se trata más bien de callejear despacio, fijarse en portadas, corrales, chimeneas y en cómo se adapta el pueblo al relieve.
Pero el verdadero protagonista es el paisaje de las Hoces del Río Riaza. Los cortados rocosos que rodean el municipio superan los 150 metros de altura en algunos puntos, con panorámicas que imponen más por la verticalidad y el ambiente que por el tamaño del cañón en sí. Este tramo del río alberga una de las mayores colonias de buitre leonado de Europa, con cientos de parejas nidificantes [VERIFICAR cifra actualizada], además de águilas reales, alimoches y otras especies rupícolas.
Los miradores naturales salpican el territorio, permitiendo contemplar tanto las hoces como la vegetación mediterránea que tapiza las laderas: enebros, sabinas, tomillos y lavandas que perfuman el aire, sobre todo en primavera. No esperes grandes miradores acondicionados con barandillas y paneles en cada esquina: muchos son simples asomaderos al borde del páramo, que se descubren caminando y sabiendo más o menos por dónde ir.
Qué hacer
La observación de aves es la actividad estrella. El vuelo de los buitres sobre las hoces, especialmente al amanecer y al atardecer, se queda grabado en la memoria. Los aficionados al turismo ornitológico conocen bien la zona; si no lo eres, basta con unos prismáticos decentes para disfrutarlo. Es fácil quedarse un buen rato simplemente mirando el cielo y el ir y venir de los bandos.
Las rutas de senderismo permiten descubrir los rincones más interesantes de la zona. Existen senderos que recorren el cañón y suben hasta los páramos, ofreciendo perspectivas cambiantes del paisaje. La ruta que bordea el río se agradece especialmente en primavera, cuando la vegetación está más exuberante y el calor todavía no aprieta. Conviene informarse bien antes de salir, porque algunos tramos tienen restricciones estacionales por nidificación y no todos los caminos están señalizados como en un parque nacional; aquí aún hay pistas de uso ganadero y sendas que exigen algo de orientación.
La gastronomía local se apoya en el cordero lechal asado, los productos micológicos en otoño (setas de cardo, níscalos) y la caza menor. Los asados tradicionales en horno de leña siguen siendo el plato más buscado en la zona, así como los guisos sencillos y contundentes. No es un sitio para ir cambiando de restaurante cada día, así que conviene llegar con las expectativas ajustadas: poca variedad, pero recetas muy pegadas a la tierra.
Para quienes buscan algo más de actividad, el embalse cercano permite la práctica de piragüismo y otras actividades acuáticas en los meses de verano, siempre respetando las normas de la reserva natural y los periodos de protección de fauna [VERIFICAR condiciones según temporada]. Aquí el agua se disfruta de otra manera, más tranquila y menos masificada que en otros embalses más conocidos.
Fiestas y tradiciones
Las fiestas patronales se celebran a mediados de agosto en honor a la Virgen de la Asunción, con bailes castellanos, procesión y verbena popular que reúne a vecinos y a quienes vuelven al pueblo en verano. Son días en los que el número de personas se multiplica y el ambiente cambia por completo respecto al resto del año.
La romería a la ermita de la Casita tiene lugar el primer fin de semana de septiembre, una tradición que convoca también a los pueblos vecinos en una jornada de convivencia y devoción popular. La comida campestre junto al río es uno de los momentos centrales del día, con mantas en la pradera y grupos que repiten año tras año.
En otoño, muchos visitantes se acercan para disfrutar de las jornadas micológicas, aprovechando la riqueza de setas en pinares y encinares cercanos, siempre con el permiso y las normas que marque cada temporada. No está de más recordar que aquí la recogida está regulada y que conviene informarse antes de entrar al monte con la cesta.
Información práctica
Desde Segovia capital, se accede tomando la N-110 dirección Soria, desviándose después por la SG-V-9321. El trayecto ronda los 110 kilómetros y suele llevar alrededor de hora y media en coche, según tráfico y paradas.
Es aconsejable llevar calzado cómodo para caminar, prismáticos si te interesa la observación de aves y ropa adecuada según la estación, ya que la altitud hace que refresque en cuanto se va el sol, incluso en verano. En invierno, los días fríos lo son de verdad: mejor capa de más que de menos.
El pueblo no cuenta con una amplia oferta de servicios, por lo que conviene planificar la visita llevando provisiones básicas (agua, algo de comida, algo de abrigo extra fuera del verano). Para dormir, lo más habitual es buscar alojamiento en municipios cercanos y usar Montejo como base de excursiones de medio día. Con un ritmo tranquilo, en una jornada se combinan bien paseo por el pueblo, visita a la ermita y una ruta por las hoces.
Lo que no te cuentan
Montejo de la Vega es pequeño y se recorre rápido: el casco urbano se ve con calma en menos de una hora. La parte que más tiempo pide no es el pueblo en sí, sino las hoces y los senderos de la reserva. Si tu idea es “ver un pueblo bonito”, quizá te quedes un poco corto; si lo tuyo es andar y mirar cielo y rocas, te encajará mejor.
Las fotos del cañón pueden dar la impresión de un lugar muy accesible y “de paseo de tarde”. En realidad, muchas de las mejores vistas exigen caminar un rato, subir alguna cuesta y respetar los caminos marcados. No es una zona para improvisar a última hora de la tarde sin margen de luz: anochece antes de lo que parece y las sendas no siempre están claras para volver si se hace de noche.
Si llegas pensando en pasar varios días solo en el pueblo, probablemente te sobre tiempo. Montejo funciona mejor como punto para combinar rutas por el Nordeste de Segovia, visitas a otros pueblos cercanos y alguna jornada de campo tranquila en las hoces. Es más un lugar al que volver en distintas épocas del año que un sitio donde instalarte una semana entera.
¿Cuándo visitar Montejo de la Vega?
La primavera (abril-mayo) es el momento más agradecido: el campo verde, el río con buen caudal y las aves muy activas. El otoño tiene su encanto por la tranquilidad, la luz más baja y las setas, aunque los días se acortan y conviene madrugar un poco más para aprovechar.
En verano, el calor aprieta en las horas centrales y las rutas por el páramo se hacen pesadas si no se elige bien el horario. Es mejor madrugar o esperar a última hora de la tarde, y no confiarse con el airecillo que corre en el borde del cañón: el sol pega fuerte. En invierno, el ambiente es mucho más solitario y frío, con días claros muy bonitos para caminar, pero menos margen de horas de luz.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
- Paseo por el casco urbano y subida tranquila a la iglesia.
- Bajada en coche o caminando hasta la ermita de la Casita y breve rato junto al río, mirando los buitres en los cortados.
Si tienes el día entero
- Mañana de ruta por las Hoces del Río Riaza (informándote antes de restricciones y estado de los senderos).
- Comida campestre sencilla junto al río o en zona permitida.
- Tarde de paseo sin prisa por el pueblo y algún asomadero del páramo para ver la luz del atardecer en las paredes de roca.