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sobre Montejo de la Vega de la Serrezuela
Sede del Refugio de Rapaces de Montejo; paraíso para ornitólogos y amantes de la naturaleza
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A primera hora de la mañana, en uno de los caminos que rodean Montejo de la Vega de la Serrezuela, el aire todavía arrastra la humedad del río Riaza. Desde el sendero se distinguen las paredes calizas del cañón, primero grises y frías, y poco a poco doradas cuando el sol empieza a entrar por encima del páramo. A esa hora casi no se oye nada: solo el viento rozando las sabinas y, de vez en cuando, el batir pesado de algún buitre que ya está en el aire.
Este pueblo, con algo más de un centenar de vecinos, queda en el extremo nordeste de Segovia, cerca del límite con Burgos. Está a unos 870 metros de altitud y tiene ese aspecto de los lugares donde el tiempo no ha corrido demasiado deprisa: calles estrechas, muros de piedra clara y tejados bajos que se agrupan alrededor de una pequeña plaza. El río Riaza pasa muy cerca del casco urbano y, a partir de ahí, el paisaje se abre hacia uno de los cañones más conocidos del interior de Castilla y León.
El cañón del río Riaza
El cañón se extiende durante varios kilómetros y en algunos puntos las paredes superan con facilidad los cien metros de altura. Desde abajo, la roca caliza parece una pared casi lisa, cortada a pico. Allí anidan colonias de buitres leonados desde hace décadas, y no es raro verlos planeando muy bajo cuando las corrientes térmicas empiezan a subir.
Además de los buitres, por la zona suelen moverse águilas reales y alimoches. En primavera el paseo cambia bastante: el olor del tomillo y la lavanda silvestre se nota en cuanto el sol calienta un poco la ladera, y el zumbido de los insectos acompaña el camino casi todo el rato.
Conviene tener en cuenta que algunas áreas del parque natural restringen el paso en ciertas épocas del año para proteger la cría de las aves. Antes de meterse por cualquier senda secundaria, suele ser buena idea mirar la información que hay en los accesos o en el propio pueblo.
El pequeño casco urbano
La visita a Montejo suele empezar en la plaza. No es grande ni especialmente animada, pero concentra buena parte de la vida del pueblo. Las casas mantienen la piedra caliza en las fachadas, muchas con vigas de madera oscurecida por el tiempo. Si te fijas un poco aparecen detalles curiosos: puertas con herrajes antiguos, chimeneas rectas que sobresalen sobre los tejados, algún banco de piedra pegado al muro donde se sientan los vecinos cuando cae la tarde.
La iglesia parroquial, dedicada a Santa María Magdalena, ocupa uno de los lados de la plaza. Es un edificio sobrio, de los que encajan bien con el paisaje seco del entorno.
La ermita junto al río
Caminando hacia el este se llega a la Ermita de Nuestra Señora de la Casita, situada cerca del río. Es un pequeño templo románico que suele fecharse en el siglo XII. El ábside semicircular y la espadaña sencilla quedan casi a ras de las huertas y los árboles de ribera.
El camino hasta allí es corto y agradable, sobre todo a última hora de la tarde, cuando la luz baja y el sonido del agua del Riaza se mezcla con el de las chicharras en verano.
Miradores y senderos
En cuanto se sale un poco del pueblo aparecen varios puntos desde donde se ve bien el cañón. No siempre están señalizados como miradores; a veces basta con seguir una pista de tierra y asomarse con cuidado al borde del cortado. Desde arriba el río parece mucho más estrecho y el vuelo de los buitres se aprecia casi a la misma altura de los ojos.
Hay rutas que recorren el fondo del valle y otras que suben hacia el páramo. Algunas son sencillas, pero otras pasan por senderos estrechos o tramos con bastante piedra suelta. Llevar agua y protección contra el sol es casi obligatorio en verano: el calor en esta zona aprieta a partir del mediodía y apenas hay sombra.
Cuándo ir
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por el cañón. En primavera el campo huele a tomillo y el movimiento de aves es constante. En otoño el paisaje se vuelve más ocre y el ambiente es mucho más tranquilo.
En verano el entorno sigue siendo impresionante, pero conviene madrugar: a partir de media mañana el sol cae de lleno sobre las paredes del cañón y el calor se acumula.
Un embalse cercano
A pocos kilómetros del pueblo hay un embalse donde, en los meses de más calor, se ven pescadores y gente con piraguas. El contraste con el cañón es curioso: agua quieta, orillas abiertas y bastante silencio, incluso en días de verano.
Un pueblo pequeño junto a un paisaje enorme
Montejo de la Vega de la Serrezuela no tiene grandes monumentos ni una estructura turística muy desarrollada. Lo que hay es otra cosa: un pueblo pequeño pegado a un cañón enorme, con buitres girando sobre las paredes de roca y un río que sigue marcando el ritmo del valle.
Quien llega con tiempo suele acabar haciendo lo mismo que los vecinos: caminar un rato, mirar al cielo para seguir el vuelo de las rapaces y dejar que el silencio del cañón haga el resto.