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sobre Ólvega
Motor industrial de la provincia y puerta del Moncayo con gran dinamismo
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Hablar de turismo en Ólvega es un poco como hablar de ese compañero de trabajo que no hace ruido pero al final es el que mantiene todo en marcha. Aquí viven algo menos de cuatro mil vecinos en casas bajas de ladrillo rojo que parecen haber salido del mismo suelo que las hectáreas de cereal que rodean el pueblo. Estás en Soria, sí, pero no en esa Soria de postal con pueblos colgados de un risco. Esto es la meseta del Moncayo, donde el viento parece que ensayó antes de irse a otros sitios.
El pueblo que se negó a desaparecer
Lo primero que notas al bajarte del coche es el silencio. Ese silencio de pueblo donde el bar tiene la televisión encendida pero con el volumen bajito y alguien comenta las noticias desde la barra.
La segunda cosa que suele llamar la atención es el escudo del ayuntamiento: un castillo entre llamas. No es un adorno cualquiera. Resume un episodio bastante repetido en la memoria local.
A finales del siglo XV, cuando los señoríos todavía se peleaban por el control del territorio, Ólvega se resistió a quedar bajo el dominio del conde de Medinaceli. La historia que se cuenta aquí es que la fortaleza terminó incendiada. Los vecinos reconstruyeron lo que pudieron y aquel episodio quedó como parte de la identidad del pueblo. De ahí que a veces se oiga lo de “la segunda Numancia”, aunque aquí la historia siguió adelante.
Iglesia grande, platos serios
La iglesia de Nuestra Señora se ve desde bastante lejos. Es de esas iglesias sorianas que parecen un poco más grandes de lo que esperarías para un pueblo de este tamaño. Piedra clara, volumen sólido y ese interior que impone más por el silencio que por la decoración.
Dentro hay referencias a la historia del incendio, recordadas con la calma de los siglos.
Y luego está la otra parte importante de cualquier visita por esta zona: lo que llega a la mesa. El ternasco de cordero churro aparece en muchas cartas de la comarca porque aquí la oveja forma parte del paisaje desde hace generaciones. Las migas con torreznos siguen siendo plato de invierno, de los que te dejan listo para una siesta larga. Y el queso de oveja que se mueve por la zona del Moncayo suele ser de los que piden pan al lado y poco más.
Las cinco ermitas repartidas por el término
Ólvega tiene varias ermitas desperdigadas por el término municipal, como si el pueblo hubiera ido creciendo alrededor de pequeños puntos de devoción.
La más conocida es la de la Virgen de Olmacedo, a unos tres kilómetros del casco urbano. La romería suele celebrarse a comienzos de mayo y es de esas mañanas en las que ves a medio pueblo caminando hacia el mismo sitio. Al principio cuesta arrancar —sobre todo si hace fresco— pero cuando se llega arriba el ambiente cambia: familias, grupos charlando y algo caliente para desayunar.
Mucha gente aprovecha para hacer lo que aquí llaman la ruta de las cinco ermitas. No es una caminata exigente. Más bien un paseo largo que enlaza San Roque, Los Mártires, San Bartolomé, San Marcos y Olmacedo. Algo así como una versión corta del Camino de Santiago: menos épica, más conversación y bastantes bastones.
Un tramo del camino del Cid
Por esta zona también pasa la ruta vinculada al Cid. Como ocurre con muchos caminos históricos, atraviesa bastantes pueblos de Castilla y Aragón, y uno de esos tramos toca el término de Ólvega.
Aquí el paisaje es bastante fiel a lo que imaginas cuando piensas en interior soriano: campos abiertos, alguna encina solitaria y un cielo enorme. Caminas un rato y tienes la sensación de que el horizonte se ha alejado un poco más.
Mi verdad sobre Ólvega
Te lo digo claro: si vienes buscando el pueblo más fotogénico de Soria, seguramente acabarás parando antes en otros sitios.
Pero Ólvega tiene otra cosa. Es uno de esos lugares donde el día a día no gira alrededor de quien viene de fuera. La gente trabaja, los bares funcionan como bares de pueblo y la vida sigue su ritmo.
Mi consejo sería venir con calma, comer bien en alguno de los bares del centro, dar un paseo hasta la ermita de Olmacedo y, si te apetece caminar un poco más, enlazar varias de las ermitas del término.
En unas horas te haces una idea bastante clara del lugar. Y sales con la sensación de haber estado en un pueblo de verdad, de los que no están montados para la foto. Que, a veces, es justo lo que uno necesita.