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sobre Canillas de Esgueva
Pequeña localidad en el valle del Esgueva; destaca por su castillo en ruinas y su iglesia románica en lo alto
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Al salir de la carretera y entrar en Canillas de Esgueva, el ruido del coche queda atrás casi de golpe. El asfalto termina en una curva suave y delante aparece la primera fila de casas de piedra y adobe, con los muros desiguales y las tejas algo oscurecidas por los inviernos. A esa hora temprana en que todavía no se oye más que algún perro y el viento moviendo una chapa suelta, el pueblo parece suspendido en un silencio muy propio de los páramos del Esgueva.
Aquí viven poco más de setenta personas. Se nota en los detalles: una puerta que se abre despacio por la mañana, una conversación breve en la calle, una fuente que todavía se acciona a mano. No hay prisa. El ritmo lo marcan las estaciones y el trabajo del campo.
Campos abiertos alrededor del pueblo
El paisaje que rodea Canillas de Esgueva es amplio y ondulado. Desde cualquier camino agrícola la vista se pierde en una sucesión de parcelas donde el trigo cambia de color según el mes: verde brillante en primavera, dorado seco cuando llega el verano. Cuando sopla el viento —algo bastante habitual por aquí— las espigas se mueven como una superficie de agua.
En algunos bordes aparecen encinas dispersas y pequeños rodales de matorral que rompen la uniformidad del cereal. Las cigüeñas suelen ocupar los puntos altos: la torre de la iglesia, alguna chimenea antigua o postes cercanos. En días despejados se oyen antes de verlas.
Casas gruesas y la iglesia de San Miguel
El caserío mantiene una arquitectura sencilla, pensada más para resistir el frío y el calor que para llamar la atención. Muros anchos, portones de madera algo combados y patios interiores donde todavía se guardan aperos o se crían algunos animales.
La iglesia de San Miguel se levanta junto a la plaza. Es un edificio de piedra sobrio, con una torre que se ve desde los campos cuando uno se acerca al pueblo por las pistas agrícolas. Dentro no hay grandes ornamentos; el espacio es más bien recogido, como muchas iglesias de pueblos pequeños donde la vida religiosa siempre estuvo ligada al calendario agrícola.
Caminos por el páramo
Los alrededores se recorren sobre todo por pistas de tierra que usan los agricultores. Caminar o ir en bicicleta por ellas tiene algo hipnótico: rectas largas, horizonte limpio y muy pocos coches. Eso sí, conviene llevar agua y protección contra el sol; en verano apenas hay sombra.
La señalización es escasa. Algunas rutas de largo recorrido pasan por la comarca o relativamente cerca, pero lo más práctico suele ser preguntar a los vecinos o mirar un mapa antes de salir. A primera hora del día, con algo de suerte, se ven perdices cruzando los caminos o rapaces pequeñas cerniéndose sobre los rastrojos.
Comida de campo y pueblos cercanos
En Canillas no hay bares ni restaurantes donde sentarse a comer. Para eso hay que acercarse en coche a otros pueblos de la zona. Aun así, la cocina que se reconoce en la comarca gira alrededor de lo que siempre se ha criado aquí: cordero lechal, legumbres de cocción lenta, embutidos curados durante el invierno.
Los vinos de la Ribera del Duero, que queda a una distancia razonable, suelen acompañar estas comidas cuando se celebran reuniones familiares o fiestas.
Las fiestas de San Miguel
El momento en que el pueblo cambia más es durante las fiestas de San Miguel, hacia finales de septiembre. Las calles que el resto del año permanecen tranquilas se llenan de gente que vuelve por unos días: familiares, antiguos vecinos, amigos.
Hay procesión, comidas compartidas y actividades organizadas por los propios habitantes. No es una celebración grande, pero sí muy participada. Durante esos días Canillas de Esgueva suena distinto: más voces en la plaza, más puertas abiertas, más luz por la noche.
El resto del año vuelve la calma del páramo. Un lugar pequeño donde lo más interesante no está en un monumento concreto, sino en observar cómo sigue funcionando la vida cotidiana entre campos abiertos y caminos de tierra.