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sobre Villaco
Pueblo situado en el valle del Esgueva; destaca por su iglesia y la ermita en un entorno natural
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Hay pueblos que aparecen en el mapa y otros que parece que alguien dejó ahí porque sí. Villaco es de los segundos. En los Páramos del Esgueva, con unos 72 vecinos, es ese tipo de sitio al que llegas por una carretera estrecha, aparcas casi sin pensar dónde, y de repente todo se queda en silencio. Casas de piedra, alguna calle de tierra y huertos que siguen funcionando como hace décadas.
Aquí no hay mucho que “ver” en el sentido turístico de la palabra. Y precisamente por eso tiene su gracia. Villaco conserva ese ritmo de pueblo pequeño donde la vida gira alrededor del campo, del tiempo que haga y de si la cosecha viene buena o regular.
La iglesia de San Miguel y el centro del pueblo
En Villaco todo acaba llevando a la iglesia de San Miguel. No es un edificio que vaya a salir en libros de arte, pero cumple su papel: sólida, sencilla y plantada en medio del pueblo desde hace siglos. La portada tiene algún detalle que recuerda a lo románico, aunque lo que ves hoy es fruto de muchas reparaciones y añadidos con el paso del tiempo.
A su alrededor está la pequeña plaza, con bancos de piedra donde todavía se sienta la gente cuando sale el sol. Es el punto donde el pueblo se junta cuando toca celebrar algo, normalmente alrededor de las fiestas del patrón o de las fechas que marcan el calendario local.
El resto del casco urbano es corto de recorrer: unas cuantas calles, casas de piedra con puertas robustas y corrales que antes estaban llenos de ovejas o cabras. En diez minutos lo has visto todo, pero eso también forma parte del plan.
Casas de adobe y bodegas bajo tierra
Una de las cosas que más me llamó la atención en Villaco no se ve a primera vista: está bajo el suelo. Muchas casas conservan bodegas excavadas en la tierra, algo bastante común en esta parte de Valladolid. Servían para guardar vino, embutidos o lo que hiciera falta mantener fresco cuando no existían neveras.
Las viviendas mezclan tapial, adobe y ladrillo viejo. Si te fijas un poco, aparecen detalles curiosos: ventanas pequeñas con rejas sencillas, portones de madera gruesa o esquinas reforzadas con piedra.
No es arquitectura monumental. Es arquitectura de la que se hacía para durar y para trabajar, que al final cuenta bastante bien cómo ha sido la vida aquí.
Paseos por los páramos
El paisaje alrededor de Villaco es el típico de los Páramos del Esgueva: campos abiertos, cereal hasta donde alcanza la vista y caminos agrícolas que conectan con pueblos cercanos.
Son trayectos fáciles de caminar o recorrer en bici si te apetece moverte un poco. No esperes senderos preparados ni paneles interpretativos cada pocos metros. Son caminos de los que usan los agricultores para llegar a las parcelas.
Si vas con calma, es fácil ver aves propias de estos campos abiertos. En primavera y verano suelen aparecer avefrías o algún aguilucho sobrevolando los sembrados. Y cuando cae la tarde, el cielo se vuelve enorme. De esos atardeceres castellanos que parecen más grandes que el propio pueblo.
Comer por la zona
En Villaco no hay bares ni restaurantes. Para comer algo tendrás que acercarte a pueblos de alrededor, donde todavía funcionan algunos locales sencillos de comida casera.
En esta parte de la provincia lo habitual es encontrarse con platos muy de aquí: morcilla vallisoletana con arroz, pimientos asados, patatas al horno o quesos elaborados con leche de oveja de la zona. Nada sofisticado, pero contundente, que es lo que siempre ha pedido el campo.
También es territorio de vinos tintos, porque varias comarcas vinícolas importantes quedan relativamente cerca. En algunos pueblos es posible probar vinos de pequeños productores, a veces en bodegas familiares.
Un pueblo para una parada corta
Te lo digo como se lo diría a un amigo: Villaco no es un destino para pasar dos días enteros. Es más bien una parada breve dentro de una ruta por los pueblos de la zona.
Llegas, das una vuelta tranquila, miras el horizonte desde las afueras del pueblo y entiendes bastante rápido de qué va este lugar. Luego sigues camino hacia otros pueblos del valle del Esgueva.
Y aun así, ese rato en Villaco tiene algo. Quizá porque recuerda cómo era buena parte de Castilla antes de que todo se llenara de carteles turísticos. Aquí el paisaje manda, el pueblo sigue a su ritmo y nadie parece tener prisa.