Artículo completo
sobre Villafuerte
Destaca por su impresionante castillo medieval visitable; situado en el valle del Esgueva
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a caer de lado, el turismo en Villafuerte tiene algo de pausa obligada. La luz entra dura entre las casas de piedra y adobe y deja las paredes casi blancas, como si el polvo del páramo se hubiera quedado pegado a ellas durante años. Apenas pasa un coche. Lo que más se oye son pasos sobre grava, alguna puerta que se cierra despacio y, si es primavera, el cuclillo desde los campos.
Villafuerte ronda los 80 habitantes y está en pleno páramo del Esgueva, a algo más de 800 metros de altitud. El cielo aquí pesa mucho en el paisaje: en verano suele estirarse limpio hasta el anochecer y al caer la tarde aparecen esos tonos anaranjados que duran más de lo que uno espera. El pueblo es pequeño y se recorre rápido, pero conviene hacerlo sin prisa, dejando que el silencio marque el ritmo.
No hay itinerarios señalizados ni paneles explicativos. Lo que hay son calles cortas, corrales, muros gruesos y el horizonte cerealista alrededor.
El legado visible en piedra y madera
La iglesia parroquial ocupa el centro del pueblo. Sus muros de piedra oscura, algo gastados por el viento del páramo, llevan allí generaciones enteras de vecinos. No siempre está abierta; a veces basta con preguntar a alguien que pase o coincidir con algún momento en que los propios vecinos la abren para entrar.
Alrededor de la iglesia salen las calles principales. Son cortas y algo irregulares, con casas de piedra, portones anchos y algunos corredores cerrados con madera. En varios muros se ven reparaciones hechas con materiales distintos, señal de que aquí las casas no se sustituyen: se van arreglando con lo que hay.
Dar una vuelta completa al pueblo puede llevar menos de una hora. Aun así, merece la pena detenerse en los detalles: un carro viejo apoyado en una pared, las sombras alargadas de los cables sobre el suelo o el olor a leña cuando empieza a refrescar.
Campos abiertos en todas direcciones
El verdadero paisaje de Villafuerte empieza en cuanto sales de las últimas casas. Los caminos agrícolas se abren entre parcelas de cereal que cambian mucho según la estación.
En primavera el verde es intenso y el viento mueve las espigas jóvenes como si fueran agua. En verano todo se vuelve dorado y el calor aprieta sin demasiada sombra. Después de la cosecha quedan los rastrojos y un suelo rojizo que contrasta con el cielo limpio del páramo.
Desde algunos pequeños altos del camino se alcanza a ver buena parte de la comarca de los Páramos del Esgueva. Los pueblos aparecen muy separados entre sí, apenas un puñado de tejados cada varios kilómetros.
Si vas a caminar por los alrededores, conviene llevar agua y protección contra el sol. En verano el calor se nota mucho en las horas centrales del día y apenas hay árboles.
Caminar por caminos agrícolas
La forma más sencilla de moverse por los alrededores es seguir los caminos que usan los agricultores. Muchos coinciden con antiguas vías pecuarias o con accesos a las parcelas.
No tienen grandes desniveles y se pueden recorrer sin dificultad, pero conviene respetar siempre los cultivos y no salirse de los trazados. Con viento el paisaje cambia bastante: el sonido del cereal seco rozándose puede acompañarte varios minutos seguidos.
También es un buen sitio para observar aves propias de los espacios abiertos. Con algo de paciencia se suelen ver cernícalos cerniéndose sobre los campos y, a veces, alguna aguililla planeando lejos. Unos prismáticos ayudan, porque muchas veces las aves aparecen como pequeños puntos en un cielo enorme.
Quien disfrute haciendo fotos de paisaje encontrará aquí un terreno curioso: líneas muy horizontales, cambios de luz rápidos y tormentas que se ven llegar desde muy lejos.
Verano y reencuentros en la plaza
Durante buena parte del año el pueblo mantiene una calma casi constante. En agosto la cosa cambia un poco: regresan familiares que viven fuera y el ambiente se anima en la plaza y en las calles al caer la tarde.
Suelen organizarse celebraciones sencillas alrededor de la iglesia y encuentros entre vecinos que, más que eventos pensados para visitantes, son momentos de reunión del propio pueblo. Si coincides esos días, verás más movimiento que el habitual.
En cualquier caso, Villafuerte no funciona como destino con servicios turísticos. Conviene llegar con la idea clara: un paseo tranquilo, paisaje abierto y la sensación de estar en un lugar donde el tiempo se mueve despacio. Y, si vienes en pleno verano, mejor hacerlo a primera hora de la mañana o cuando el sol ya empieza a bajar sobre el páramo.