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sobre Saldaña
Villa histórica y cabecera de comarca; famosa por su mercado semanal
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A las diez de la mañana el coche se queda en silencio y lo primero que notas es el viento. En Saldaña, en plena Tierra de Campos palentina, el aire suele moverse incluso cuando parece que todo lo demás está quieto. Es octubre y los campos que rodean el pueblo tienen ese dorado seco del cereal ya recogido, con la tierra clara asomando entre rastrojos. Huele a leña en alguna chimenea temprana. Las nubes pasan altas, muy despacio, como si aquí el cielo tuviera más espacio.
El tiempo de los condes
Desde el cerro del castillo se entiende bien por qué Saldaña fue durante siglos un lugar estratégico. Abajo corre el Carrión y, más allá, la llanura de la Vega-Valdavia se abre en todas direcciones. El puente medieval —de piedra clara y varios arcos bien alineados— cruza el río con esa calma de las obras que llevan siglos viendo pasar agua.
En algunos paneles se recuerda una frase repetida muchas veces en la historia local: que hubo condes en Saldaña antes que reyes en Castilla. La familia de los Banu Gómez tuvo aquí uno de sus centros de poder en la Alta Edad Media, cuando esta zona era frontera cambiante.
Del castillo quedan sobre todo los muros y la torre principal, restaurada en parte. El lugar sigue teniendo algo de mirador natural. Algunas crónicas medievales sitúan aquí celebraciones importantes de la corte, incluso una boda real en el siglo XII, aunque los detalles que han llegado hasta hoy no siempre coinciden entre las fuentes. Ahora lo que se oye es el viento golpeando las piedras sueltas y, a ratos, algún cuervo que se posa en las almenas.
Si subes al final de la tarde, la luz cae de lado sobre la vega y el río se vuelve una cinta oscura entre los campos.
Mosaicos que aún conservan el pulso romano
A pocos kilómetros del centro está la Villa Romana de La Olmeda, uno de los yacimientos tardorromanos más conocidos de la Meseta. El edificio moderno que lo protege aparece de repente entre campos y choperas.
Dentro, los mosaicos ocupan salas enteras. El más grande cubre buena parte de lo que fue el salón principal de la casa. Desde la pasarela se distinguen bien los colores —negros, ocres, rojos apagados— y las escenas figurativas que todavía mantienen una precisión sorprendente para algo colocado pieza a pieza hace más de mil seiscientos años.
Conviene ir a primera hora del día o a última de la tarde. En las horas centrales suele haber más movimiento y la visita se vuelve menos tranquila. Cuando hay poca gente, solo se oyen los pasos sobre la madera de la pasarela y ese silencio extraño de los edificios muy antiguos.
La casa que se torció
En la calle Mayor hay un edificio que hace frenar a cualquiera que pase caminando: la llamada Casa Torcida. La fachada está inclinada de forma evidente; uno de los extremos parece hundirse mientras el otro se levanta unos centímetros más de lo normal.
No está del todo claro qué provocó esa inclinación. Algunos vecinos hablan de un asentamiento del terreno con los años; otros cuentan que la pendiente ayudaba a descargar sacos de grano cuando la planta baja funcionaba como almacén. Sea cual sea el motivo, el efecto es curioso: si miras la línea del tejado contra el cielo, notas enseguida que algo no encaja.
Un paseo junto al Carrión
Detrás del parque Javier Cortés arranca un sendero que sigue el curso del río Carrión durante varios kilómetros. Es un paseo fácil, muy utilizado por la gente del pueblo para caminar al atardecer.
El camino discurre entre chopos y sauces. Cuando sopla el viento —algo bastante habitual aquí— las hojas secas se mueven todas a la vez y el sonido recuerda al de una lluvia ligera. El río, según la época del año, puede ir muy bajo o arrastrar bastante más agua tras semanas de lluvia.
Hay pasarelas de madera y pequeños desvíos hacia zonas donde antiguamente funcionaban molinos hidráulicos. No siempre quedan restos visibles, pero el trazado del canal y los desniveles del terreno dan pistas de cómo se aprovechaba la corriente.
Si ha llovido en días anteriores, conviene llevar calzado que aguante barro: algunos tramos junto al agua se reblandecen bastante.
Lo que suele aparecer en la mesa
En esta parte de Palencia la cocina gira mucho alrededor del cordero lechal asado y de los productos de oveja. El queso curado es habitual en muchas mesas, con ese punto seco y salino que pide pan y vino tinto.
También aparecen con frecuencia sopas contundentes en invierno, embutidos de matanza y dulces ligados a las fiestas del calendario. Durante las celebraciones de la Virgen del Valle, a comienzos de septiembre, el ambiente cambia bastante: peñas, música y puestos en la calle durante varios días.
En verano suele organizarse además un mercado ambientado en época medieval en el centro del pueblo, aunque las fechas concretas pueden variar según el año.
Cómo y cuándo acercarse
El otoño le sienta bien a Saldaña: el río baja más vivo, los chopos empiezan a amarillear y por la noche vuelve el olor a chimenea en algunas calles. La primavera también es buena época, con el campo verde y menos viento que en pleno invierno.
En agosto hay más movimiento del habitual, sobre todo los fines de semana, cuando regresan muchos vecinos que viven fuera. Si prefieres ver el pueblo con más calma, cualquier mañana entre semana cambia bastante la sensación.
Aparcar cerca del centro no suele ser complicado. Y merece la pena reservar un rato para subir caminando al cerro del castillo al final del día: desde arriba se ve todo el trazado del Carrión, el puente de piedra y la llanura extendiéndose hasta donde alcanza la vista. Aquí la luz tarda en irse. Y cuando lo hace, lo hace despacio.