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sobre Villabasta de Valdavia
Localidad en la Valdavia con una iglesia renacentista; destaca por su tranquilidad y las vistas del valle.
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Hay pueblos a los que llegas porque ibas a otro sitio y, de repente, ves un cartel pequeño al lado de la carretera y piensas: “vamos a ver qué hay aquí”. El turismo en Villabasta de Valdavia tiene bastante de eso. No es un lugar al que llegue mucha gente con un plan muy definido; más bien aparece cuando te sales un poco de la ruta por el norte de Palencia.
Entras con el coche y en dos minutos ya has visto casi todo el casco del pueblo. No lo digo como crítica: es simplemente el tamaño real de un sitio donde viven poco más de treinta personas. Casas de piedra, corrales, alguna puerta grande de madera y bastante silencio. Ese tipo de silencio de pueblo donde, si pasa un coche, todo el mundo sabe quién es.
Un pueblo pequeño que sigue funcionando como pueblo
Villabasta de Valdavia forma parte de ese mosaico de núcleos diminutos que hay por la comarca de Páramos‑Valles. Aquí el paisaje manda: parcelas de cereal, caminos agrícolas y manchas de monte bajo donde empiezan a aparecer robles y encinas jóvenes.
El caserío se reparte sin demasiada ceremonia. No hay una plaza monumental ni un conjunto especialmente cuidado para la foto. Lo que ves son viviendas levantadas con piedra caliza de la zona, algunas restauradas y otras tal cual han llegado hasta hoy, con sus portones grandes y corrales pegados a la casa.
En varias fincas todavía se adivinan bodegas excavadas en la tierra. Son esas puertas bajas que casi pasan desapercibidas si no sabes lo que estás mirando. Tradicionalmente servían para guardar vino o conservar alimentos cuando no había otra forma de mantenerlos frescos.
La iglesia de San Vicente
La iglesia parroquial dedicada a San Vicente es probablemente el edificio más reconocible del pueblo. Nada monumental: una nave sencilla, muros lisos y una portada bastante sobria. Es el típico templo rural que se entiende mejor pensando en la vida del pueblo que en el arte.
Suele abrir cuando hay oficio religioso o en fechas señaladas del calendario local. Fuera de esos momentos lo normal es encontrarla cerrada, algo bastante habitual en pueblos tan pequeños.
Caminar por los alrededores
Las calles son básicamente caminos compactados o pequeñas pistas asfaltadas. No hay paneles turísticos ni rutas señalizadas. Aquí la dinámica es otra: salir andando por uno de los caminos agrícolas y ver hasta dónde te apetece llegar.
Desde Villabasta salen caminos que conectan con otros pueblos cercanos, como Matallana o Villasuso del Monte. Son trayectos sencillos, de esos que durante décadas se hicieron a pie o en tractor para ir de un sitio a otro.
En primavera el paisaje cambia bastante: el cereal todavía está verde y entre los márgenes aparecen flores silvestres. En invierno, en cambio, el campo puede amanecer cubierto de escarcha y el tono del paisaje se vuelve casi plateado.
Aves y campo abierto
Si te gusta fijarte en lo que vuela por encima del campo, hay movimiento. No es un destino ornitológico como tal, pero es fácil ver rapaces aprovechando las corrientes de aire sobre las laderas. A menudo aparece algún busardo ratonero o milanos planeando bastante alto.
En los ribazos y lindes también se dejan ver especies más pequeñas: jilgueros, zorzales o alguna perdiz que sale disparada cuando te acercas demasiado.
Comer y comprar algo del pueblo
En Villabasta no hay bares ni restaurantes funcionando de manera habitual. Lo normal es moverse en coche hasta pueblos algo mayores de la zona si quieres sentarte a comer.
Otra opción —si tienes la suerte de coincidir con vecinos o con alguna celebración local— es probar productos que todavía se hacen en las casas o en explotaciones cercanas: embutidos, queso de oveja, pan de horno tradicional o legumbres cultivadas por aquí.
Las fiestas vinculadas a San Vicente suelen reunir a los vecinos con alguna comida popular y actos religiosos sencillos. En pueblos de este tamaño, esos días son cuando realmente se ve ambiente.
¿Merece la pena acercarse?
Villabasta de Valdavia no funciona como destino turístico al uso. No hay monumentos grandes, museos ni nada preparado para pasar el día entero. Es más bien una parada breve dentro de una ruta por el norte palentino.
A mí me recuerda a cuando te bajas del coche en mitad del campo para estirar las piernas. Das una vuelta tranquila, miras el paisaje, escuchas el silencio y sigues camino.
Y a veces, sinceramente, eso ya cumple su función.