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sobre Villasila de Valdavia
Pueblo situado en la vega del Valdavia; destaca por su iglesia y la actividad agrícola; entorno de ribera.
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Villasila de Valdavia es de esos pueblos que te encuentras casi por accidente, como cuando tomas un desvío pensando que ataja y acabas en un sitio donde parece que el reloj va a otro ritmo. Casas de piedra y adobe, silencio bastante serio y, si tienes suerte, el ladrido de algún perro que te recuerda que aquí todavía vive gente.
El turismo en Villasila de Valdavia no funciona como en otros lugares donde todo está preparado para el visitante. Aquí el pueblo sigue a lo suyo. Con unos 60 y pocos vecinos, en medio de los campos que separan la Montaña Palentina de la meseta, lo que ves es básicamente vida rural sin maquillaje: agricultura, algo de ganadería y calles donde todavía quedan corrales, muros antiguos y portones grandes pensados para cuando las faenas del campo entraban y salían a diario.
La iglesia marca el perfil del pueblo desde lejos. En esta parte de Palencia pasa mucho: vas conduciendo entre campos y de repente aparece una torre que te indica que hay un núcleo habitado cerca. Villasila funciona un poco así, como referencia en medio del páramo.
Alrededor todo es campo abierto. No es un paisaje de postal preparado para hacerse fotos, es más bien el típico mosaico de cereal, tierra removida y alguna encina que parece plantada ahí para recordar quién manda en el páramo. En verano el dorado se lo come todo; en primavera las riberas se vuelven más verdes y el contraste cambia bastante.
Qué ver más allá de la calle principal
La iglesia parroquial, dedicada a San Pelayo, es el edificio que más llama la atención cuando entras. No por tamaño ni por adornos espectaculares, sino porque acumula siglos de arreglos y pequeñas reformas. Se nota cuando un edificio ha seguido usándose generación tras generación: piedras recolocadas, partes más nuevas junto a muros que parecen bastante más antiguos.
El casco urbano se recorre rápido. Literalmente. Pero lo interesante aquí no es tachar lugares de una lista, sino fijarse en detalles que cuentan cómo se ha vivido siempre en estos pueblos: muros gruesos para aguantar inviernos largos, portones bajos que daban acceso a corrales, pajares reconvertidos o casas que esperan a que alguien vuelva a abrirlas.
También se ven cambios. Algunas viviendas se han arreglado y se usan los fines de semana o en verano. Otras llevan más tiempo cerradas. Es la mezcla habitual en muchos pueblos pequeños de Castilla y León.
En cuanto sales un poco del núcleo empiezan los caminos agrícolas. Son pistas de tierra que usan los tractores y que también sirven para caminar sin mucha complicación. El terreno es abierto y plano en buena parte, así que el horizonte se ve lejos. Si te gusta observar aves es fácil ver milanos o ratoneros planeando sobre los campos, y pequeños bandos de pájaros moviéndose entre el cereal.
Pasear sin horarios
Villasila no es un lugar al que vengas con prisa. De hecho, si vienes con prisa probablemente no le veas la gracia. Es más bien ese tipo de sitio donde aparcas, das una vuelta corta por las calles y luego sigues caminando por algún camino de tierra solo por ver hasta dónde llega.
No hay rutas señalizadas como tal. Lo normal es tirar por las pistas que salen del pueblo y orientarte un poco con el terreno. Tampoco tiene mucha pérdida: los campos se abren en todas direcciones y siempre acabas viendo el campanario para volver.
La luz aquí cambia mucho el paisaje. Un amanecer de otoño, con niebla baja sobre los campos, transforma completamente el páramo. Y cuando llegan tormentas desde la meseta, se ven venir desde bastante lejos.
Si preguntas por comida o productos de la zona, lo que suele aparecer en las conversaciones son cosas bastante básicas pero muy de aquí: embutidos, legumbres, cordero o miel. A veces toca moverse por pueblos cercanos para encontrarlos, pero forman parte del día a día de la comarca.
Jornadas sin reloj
Las fiestas del pueblo siguen el calendario religioso y el ritmo del verano. Cuando llegan esas fechas vuelven vecinos que viven fuera, se organizan actos alrededor de la iglesia y aparecen las típicas sobremesas largas que en los pueblos pequeños acaban juntando a medio mundo.
Más que grandes celebraciones, son encuentros de los de toda la vida: conversación tranquila, niños corriendo por la plaza y gente que se pone al día después de meses sin verse.
Y luego está lo más simple, que aquí funciona bastante bien: caminar un rato por el pueblo, salir hacia los campos y escuchar el silencio del páramo. En lugares como Villasila de Valdavia, muchas veces eso ya es suficiente.