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sobre Aldealengua de Pedraza
Conjunto de núcleos dispersos en la sierra; destaca por su arquitectura de piedra y paisajes de montaña
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A las ocho de la mañana, cuando la luz todavía no ha trepado del todo por los tejados de pizarra, Aldealengua de Pedraza huele a pino y a tierra húmeda. El aire baja frío desde la sierra y en las calles apenas se oye nada: quizá un perro a lo lejos, el roce de unas botas sobre la grava. Este pequeño núcleo de la comarca de Pedraza, con algo menos de ochenta vecinos censados, se asienta en una zona alta de la vertiente segoviana de la sierra de Guadarrama. Aquí el tiempo parece ir a otro ritmo, más marcado por las estaciones que por el reloj.
Las casas, de mampostería irregular y cubiertas con pizarra oscura, conservan la forma práctica con la que se construía en los pueblos de la sierra. Los tejados absorben la luz del invierno y en los días nublados casi se confunden con el cielo gris. Las viviendas se agrupan alrededor de la iglesia, un edificio sencillo que sigue siendo el punto de referencia del pueblo. Desde su entorno se abre el paisaje: pinares densos, algunos prados y arroyos que bajan hacia el valle.
Aldealengua funciona muchas veces como parada tranquila dentro de un recorrido mayor por la zona. Pedraza queda a pocos kilómetros por carretera, así que es habitual combinar ambos lugares el mismo día: primero el silencio de la aldea y después el movimiento —mucho más notable— dentro de la villa amurallada.
La esencia del pueblo: sus calles y su entorno
Basta caminar sin rumbo durante unos minutos para entender cómo eran estos pueblos serranos hace apenas medio siglo. Casas de dos plantas, muros gruesos de piedra, pequeñas ventanas protegidas con rejas y corrales que en muchos casos todavía recuerdan su uso ganadero.
La iglesia parroquial marca el centro del núcleo. Su torre es baja y sobria, visible desde casi cualquier punto del pueblo. Cerca aparecen algunos cruceros de piedra, gastados por el tiempo, que hablan de un paisaje donde la vida religiosa y la vida cotidiana siempre han ido mezcladas.
Desde las últimas casas el terreno se abre con rapidez. En días claros la vista alcanza bastante lejos: lomas suaves hacia el norte y, alrededor, el cinturón oscuro de los pinares. La luz de la tarde aquí cae muy limpia, sobre todo en otoño, cuando el suelo del bosque se cubre de agujas secas y todo adquiere un tono ocre.
Caminos antiguos y bosque cercano
Varios caminos salen de Aldealengua siguiendo trazados que probablemente ya usaban pastores y ganaderos. Son pistas y senderos sencillos que se internan entre pinos y robles, cruzando pequeños arroyos sobre piedras lisas.
No hacen falta rutas largas para disfrutar del entorno. Un paseo de una hora ya te mete en el bosque y el silencio se vuelve más profundo; a veces solo lo rompe el viento moviendo las copas altas de los pinos.
En otoño es habitual ver a gente buscando setas en los montes cercanos, sobre todo níscalos o boletus cuando el año viene húmedo. Conviene informarse antes sobre la normativa micológica de la zona y recoger solo lo que se conozca bien.
Si visitas el pueblo en invierno, ten en cuenta que aquí el frío aprieta y algunas carreteras secundarias pueden amanecer con hielo. Las horas centrales del día son las más agradecidas para caminar.
Para comer o hacer una parada más larga, muchos viajeros terminan acercándose a Pedraza, donde hay más movimiento y varias casas tradicionales donde sirven cocina castellana: guisos contundentes, cordero asado y platos sencillos que encajan bien después de una mañana andando por el monte.
Tradiciones que permanecen
Aunque el pueblo es pequeño, en verano se nota el regreso de muchas familias que mantienen casa aquí. Agosto suele ser el momento en que Aldealengua recupera algo de bullicio: reencuentros, mesas largas en la calle cuando cae la tarde y la iglesia abierta para alguna celebración sencilla.
A pocos kilómetros, Pedraza organiza cada verano un conocido concierto nocturno iluminado con miles de velas. Durante esas noches la villa se llena y el contraste con la calma de aldeas cercanas como Aldealengua se hace todavía más evidente. Por eso muchos prefieren dormir o pasear por los pueblos de alrededor y acercarse a Pedraza solo unas horas, cuando la música ya está a punto de empezar y las velas comienzan a encenderse.