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sobre Matabuena
Pueblo serrano con encanto; punto de partida para rutas de montaña
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A primera hora de la mañana, la plaza de Matabuena todavía está medio en sombra. El aire baja fresco desde los prados y, si no pasa ningún coche, lo único que se oye es el golpe seco de alguna puerta y el repicar de las campanas de la iglesia parroquial de Santa María. Sus muros de piedra clara y el tejado de teja curva ocupan casi todo un lado de la plaza. La torre se distingue desde cualquier punto del pueblo; fue arreglada hace décadas, aunque conserva la silueta sobria que tienen muchas iglesias de esta parte de la comarca de Pedraza.
Frente a la iglesia hay una fuente de piedra y varios bancos donde, en verano, se sienta la gente cuando cae la tarde. La plaza no es grande, pero funciona como centro natural del pueblo: desde aquí salen varias calles cortas, empedradas en algunos tramos y en otros ya con asfalto gastado por los años.
Calles tranquilas y casas de piedra
Al alejarse unos metros de la plaza aparecen las casas más antiguas. Muros de mampostería gruesa, portones de madera que dan a corrales interiores y, de vez en cuando, un balcón de hierro donde cuelgan macetas cuando llega el buen tiempo.
Muchas viviendas siguen siendo de familias del pueblo, aunque no todas se ocupan durante todo el año. Algunas se abren sobre todo en verano o en fines de semana largos, cuando vuelven quienes tienen aquí sus raíces. Ese ir y venir marca bastante el ambiente: entre semana puede haber largos ratos de silencio, sobre todo en invierno.
Caminos entre prados y encinas
En cuanto sales del casco urbano empiezan los caminos agrícolas. No hace falta andar mucho: en pocos minutos el pueblo queda atrás y aparecen los prados donde suele verse ganado ovino pastando, con alguna encina solitaria recortada contra el cielo.
Los caminos son anchos y con pendientes suaves, así que se recorren bien andando o en bicicleta. En días despejados se distinguen las laderas del cerro de San Cristóbal y otras ondulaciones bajas del paisaje segoviano. En primavera el campo se llena de flores pequeñas entre la hierba, y cuando llega el otoño los robles cercanos cambian a tonos ocres y rojizos.
Si vienes en verano, merece la pena salir a caminar a primera hora o al caer la tarde. A mediodía el sol pega fuerte y apenas hay sombra en muchos tramos.
Cocina de casa y ritmo de pueblo
La comida aquí sigue muy ligada a lo que se ha hecho siempre en la zona. El cordero lechal asado aparece en reuniones familiares o en las fiestas del verano, preparado en horno de leña. En invierno son más habituales los platos de cuchara: lentejas, garbanzos o sopas contundentes que ayudan a pasar los días fríos de la meseta.
Para compras básicas suele haber algún pequeño comercio o servicios puntuales, aunque muchos vecinos se acercan a localidades cercanas como Pedraza o Sepúlveda cuando necesitan más variedad.
Excursiones cerca de Matabuena
Matabuena queda bien situado para moverse por el nordeste de Segovia. A poca distancia en coche están Pedraza, con su plaza porticada y su recinto amurallado; Sepúlveda, encaramada sobre las hoces del Duratón; o Ayllón, otro de esos pueblos donde la piedra domina casi todo lo que se ve.
Lo habitual es usarlos como paradas de una misma jornada, enlazando carreteras secundarias y volviendo al pueblo cuando cae la tarde.
Las fiestas de agosto
Las celebraciones patronales suelen concentrarse en agosto, cuando el pueblo recupera población durante unos días. La devoción a Nuestra Señora del Rosario se mantiene con procesiones por las calles y actividades ligadas al mundo rural. Es uno de los momentos en que Matabuena cambia de ritmo: hay más conversación en la plaza, más movimiento y música por la noche.
Fuera de esas fechas, la vida vuelve a su escala habitual. Días tranquilos, labores del campo y encuentros espontáneos entre vecinos.
Matabuena no tiene grandes monumentos ni un casco histórico monumental. Lo que hay es otra cosa: un pueblo pequeño de la comarca de Pedraza donde la piedra, los prados y el silencio siguen marcando el paso de las horas. Aquí el tiempo se mide más por la luz del día y por el sonido lejano de algún tractor que por cualquier reloj.