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sobre Pesquera de Duero
Localidad con gran concentración de bodegas de prestigio; destaca por su arco de entrada y arquitectura tradicional
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A las 9 de la mañana, la luz del invierno en Pesquera de Duero entra oblicua por las ventanas de piedra. Tiene un tono gris claro que resalta el rojo apagado de las tejas y el polvo fino que dejan los tractores al pasar. La calma en las calles aún no se ha roto: algún mirlo en los cables, el golpe seco de una puerta, ruedas sobre el empedrado. En este tramo de la Ribera del Duero el día empieza despacio, con el río cerca y las viñas todavía cubiertas de escarcha.
El pueblo se estira junto al curso del Duero, rodeado por laderas cubiertas de viñedo. Las cepas bajan en hileras ordenadas hasta el fondo del valle, donde el terreno se vuelve más húmedo y oscuro. Aquí la tierra es dura y pedregosa; al caminar por los caminos de labor se ven las piedras claras entre los surcos recién trabajados. Muchas casas mezclan piedra, adobe y ladrillo, materiales que llevan décadas —a veces siglos— aguantando inviernos fríos y veranos secos.
Calles tranquilas y bodegas bajo tierra
Caminar por Pesquera implica seguir calles cortas, algunas con pendiente suave, que terminan desembocando en la iglesia parroquial de San Juan Bautista. El edificio es sólido y sobrio, como tantos templos de esta parte de Valladolid. Dentro suele haber silencio, incluso en días de más movimiento.
Alrededor del casco urbano aparecen las bodegas tradicionales excavadas en la ladera. Desde fuera apenas se ven las puertas y las pequeñas chimeneas de ventilación asomando entre la tierra. Durante generaciones sirvieron para elaborar y guardar vino aprovechando la temperatura constante del subsuelo. Algunas todavía se utilizan; otras se abren a visitas cuando alguien quiere explicar cómo se trabajaba el vino antes de las instalaciones modernas.
Viñas, páramo y la línea del río
El paisaje cambia mucho según la estación. En primavera las cepas empiezan a brotar y el valle se vuelve verde claro. En otoño, después de la vendimia, las hojas se tiñen de tonos rojizos y amarillos que duran poco: en cuanto llegan las primeras heladas el viñedo queda desnudo.
Desde varios puntos altos del pueblo se ve bien la forma del valle. El Duero avanza despacio entre curvas amplias, con filas de chopos marcando la orilla. Más arriba aparece el páramo, seco y abierto, donde el viento suele soplar con más fuerza.
Acercarse a la ribera cambia el ambiente: el suelo es más blando, se oye el agua entre las ramas caídas y no es raro ver aves pequeñas moviéndose entre los arbustos. Son paseos cortos, sin grandes desniveles.
Caminos entre viñedos
Alrededor del pueblo salen caminos agrícolas que utilizan viticultores y tractores. Muchos se pueden recorrer andando o en bicicleta sin dificultad técnica. Van enlazando pagos de viña, pequeñas vaguadas y miradores naturales del valle.
No son rutas señalizadas en todos los casos, así que conviene llevar agua y algo de orientación básica si se piensa caminar más de un rato. En verano el sol cae fuerte sobre estas laderas; madrugar ayuda bastante.
También es habitual usar la carretera secundaria que conecta con otros pueblos de la Ribera. Tiene tramos tranquilos y algunas cuestas largas que se notan en bicicleta.
Tierra de vino
La vida económica de Pesquera gira desde hace tiempo alrededor del vino. En la vendimia el movimiento aumenta: remolques cargados de uva, gente trabajando en las parcelas desde primera hora y olor a mosto en algunas naves del entorno.
Varias bodegas de la zona organizan visitas y catas para explicar el proceso, desde la viña hasta la botella. Si se piensa ir en fin de semana o en época de vendimia, lo normal es reservar antes.
Comer como se come en esta zona
En los pueblos de la Ribera del Duero el vino casi siempre llega acompañado de platos contundentes. El lechazo asado en horno de leña sigue siendo una referencia en la comarca, junto con morcillas y quesos de oveja curados. Son recetas muy ligadas a la vida rural y al producto cercano.
Cuándo acercarse
La vendimia, a comienzos del otoño, suele ser uno de los momentos con más actividad. También hay celebraciones locales a lo largo del verano relacionadas con el calendario agrícola o con el patrón del pueblo, cuando las plazas se llenan algo más de lo habitual.
Si lo que se busca es tranquilidad, entre semana y fuera de agosto el ritmo vuelve a ser el de siempre: calles casi vacías, olor a tierra seca y el Duero avanzando despacio al fondo del valle. Un buen momento para caminar sin prisa entre viñas y entender cómo se vive en esta parte de la Ribera.