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sobre Muriel Viejo
Pueblo certificado como Destino Turístico Starlight por sus cielos limpios
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Las cabras atraviesan la calle principal cuando el sol todavía va bajo y la resina de los pinos empieza a calentarse. El aire huele a madera húmeda y a tierra fría. En Muriel Viejo, el turismo no tiene mucho que ver con planes organizados. Más bien consiste en caminar despacio entre casas de piedra y escuchar cómo el bosque rodea el pueblo por todos lados.
Muriel Viejo tiene hoy poco más de setenta vecinos. Está en la comarca de Pinares, al noroeste de la provincia de Soria, a algo más de mil metros de altitud. Aquí el paisaje manda. Los pinares de pino albar se extienden kilómetros y kilómetros, y el pueblo aparece casi como un claro dentro del bosque.
Un caserío breve, hecho para el invierno
El núcleo urbano cabe en unas pocas calles rectas. Casas de piedra oscura, algunas con entramados de madera, otras revocadas con mortero claro que ya ha ido perdiendo color con los años. No hay grandes plazas ni edificios llamativos.
En el centro se levanta la iglesia de la Asunción. Tiene muros gruesos y una torre cuadrada que se ve desde cualquier entrada del pueblo. A ciertas horas solo se oye el golpe metálico de las campanas o el viento pasando entre los tejados.
Caminar por Muriel Viejo lleva poco tiempo. En diez minutos se recorre entero. Aun así conviene hacerlo despacio, fijándose en los detalles: las pilas de leña junto a las puertas, los carros viejos apoyados en las fachadas, los perros que duermen al sol cuando llega el mediodía.
El mar de pinos alrededor
Lo que realmente define Muriel Viejo está fuera del caserío. Basta salir unos metros para entrar en el pinar. Los troncos son rectos, muy altos, y el suelo suele estar cubierto de agujas secas que amortiguan los pasos.
Por la tarde la luz se filtra entre las copas y el bosque cambia de color cada pocos minutos. Verdes oscuros, grises, a veces un tono dorado muy suave cuando el sol baja hacia el oeste.
Si el cielo está despejado, la noche cae de golpe. La oscuridad aquí es real. Las estrellas aparecen con una claridad que cuesta ver en lugares más poblados.
Caminos forestales y paseos sin señalizar
No hay rutas preparadas como en otros destinos más transitados. Lo que encontrarás son caminos forestales usados desde hace décadas para trabajar el monte. Algunos conectan con otros pueblos de la zona, como Covaleda o Duruelo de la Sierra.
Son pistas sencillas para caminar o ir en bicicleta, aunque a veces se bifurcan sin señal clara. Si piensas alejarte bastante del pueblo conviene llevar mapa o GPS. El bosque es muy homogéneo y es fácil desorientarse cuando todos los pinos se parecen.
En otoño aparecen buscadores de setas. Los pinares suelen dar níscalos y otras especies, aunque la recolección está regulada en buena parte de la comarca. Es algo que los vecinos conocen bien y que conviene respetar.
Animales y estaciones muy marcadas
En los bordes del pinar no es raro ver huellas de corzo o de jabalí en el barro. Al amanecer también se oyen rapaces sobrevolando el bosque. Cuando el viento mueve las copas, el sonido es constante, como un rumor largo que viene de todas partes.
El invierno cambia mucho el lugar. La nieve puede cubrir caminos y tejados durante días. Si vienes en esa época, mejor hacerlo con el coche preparado para hielo o nieve. Algunas carreteras secundarias amanecen heladas durante semanas.
En verano, en cambio, las tardes se alargan y el pueblo recibe a familias que regresan unos días. Las fiestas suelen celebrarse entonces. Son reuniones sencillas: procesión, música, mesas largas donde cada casa aporta algo de comida.
Comer y organizar la visita
Muriel Viejo es un pueblo muy pequeño. No hay bares ni restaurantes funcionando de forma estable. Lo normal es llevar comida o acercarse a localidades cercanas, donde sí hay más servicios.
Eso también marca el ritmo de la visita. Aquí se viene a caminar por el pinar, a pasar unas horas tranquilas o a usar el pueblo como punto de partida para recorrer esta parte de la comarca de Pinares.
Si buscas silencio, intenta llegar entre semana o a primera hora del día. A media mañana el sol empieza a calentar la resina de los pinos y el bosque huele intensamente a madera. Es uno de esos detalles pequeños que se quedan en la memoria cuando te marchas.