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sobre Salduero
Precioso pueblo pinariego a orillas del Duero con casas de piedra
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Hay pueblos que funcionan como cuando bajas el volumen de la radio en el coche después de una hora de autopista. De repente todo se calma. Turismo en Salduero va un poco por ahí. Llegas desde carreteras rodeadas de pinos y, sin darte cuenta, el ritmo baja dos marchas.
Salduero es un pueblo pequeño de la comarca de Pinares, en la provincia de Soria, a más de mil metros de altitud. Aquí el sonido más constante suele ser el del viento moviendo las copas de los pinos o el crujido de las agujas secas bajo las botas. Algo parecido a cuando caminas por un parque grande en otoño, pero multiplicado por cien y sin tráfico alrededor.
Las casas mezclan piedra y madera, muchas con bastantes años encima. No hay grandes artificios. Es ese tipo de lugar donde las construcciones parecen hechas con lo que había alrededor, igual que esas cabañas de monte que uno imagina en los cuentos, pero de verdad. En el centro aparece la iglesia de San Pedro, que sirve un poco como referencia para orientarse cuando entras al pueblo.
El mar de pinos alrededor
El verdadero motivo por el que mucha gente se acerca a Salduero está fuera del casco urbano. Los pinares de la comarca de Pinares rodean el pueblo por todas partes. Caminar por ellos tiene algo repetitivo en el buen sentido, como cuando te quedas mirando las olas del mar y al cabo de un rato pierdes la noción del tiempo.
En otoño el suelo se llena de tonos ocres y el olor a resina se nota más. En invierno, cuando nieva, todo queda amortiguado, como si alguien hubiera puesto una alfombra gigante sobre el bosque. Son momentos en los que no es raro cruzarse con huellas de animales. Ciervos y corzos se mueven por la zona, aunque verlos requiere paciencia y algo de suerte.
Si sales temprano o al atardecer, el bosque cambia bastante. Los pájaros carpinteros golpean los troncos y alguna rapaz planea por encima de los claros. No es un espectáculo preparado; es más bien como sentarte en un banco a observar lo que pasa alrededor.
Paseos entre pinares y praderas
Desde el pueblo salen caminos que se internan en el monte o atraviesan praderas abiertas. Caminar por ellos recuerda un poco a esas rutas sencillas que todos hemos hecho alguna vez en la sierra: senderos claros, olor a pino y la sensación de que siempre hay más bosque detrás de la siguiente curva.
En algunos claros el terreno se abre y deja ver la sierra al fondo. Cuando el sol empieza a caer, las sombras de los pinos se estiran sobre la hierba como si alguien estuviera alargando los árboles a propósito.
En otoño aparece otra escena bastante conocida en esta zona: gente mirando al suelo con cesta en mano. La recogida de setas forma parte de la vida de estos pinares desde hace tiempo. Los níscalos suelen ser los más buscados. Eso sí, en la zona hay regulación y conviene informarse antes de salir al monte.
Cuando llega el frío
El invierno cambia bastante el ambiente. La nieve aparece con cierta frecuencia y los caminos del bosque pasan a parecer pistas blancas largas y silenciosas. Algo parecido a cuando un parque se cubre de nieve y todo el mundo pisa más despacio, pero aquí el escenario es mucho más grande.
En pueblos cercanos suele haber zonas donde practicar esquí de fondo o moverse con raquetas. No hace falta organizar una expedición complicada. A veces basta con un paseo corto por el pinar nevado para entender por qué esta comarca tiene fama de fría.
Comer como en los pueblos de siempre
La cocina de la zona va en la línea del clima. Platos contundentes, de los que te dejan como después de una comida familiar de invierno. Aparecen carnes de caza menor como perdiz o liebre, muchas veces acompañadas por setas del propio monte.
La tradición de la matanza todavía se nota en embutidos y preparaciones caseras que siguen haciéndose en algunas familias. No es una gastronomía de adornos. Es más bien cocina de cuchara y de guiso lento.
Fiestas sencillas, ritmo tranquilo
Las celebraciones del pueblo siguen un esquema bastante habitual en la provincia. En junio se honra a San Pedro con actos religiosos y reuniones vecinales. Agosto suele concentrar los días con más ambiente, cuando vuelven quienes tienen casa familiar en el pueblo.
No hay grandes escenarios ni programas interminables. Es más parecido a las fiestas de barrio de toda la vida: música, gente que se conoce y la plaza llena hasta tarde.
¿Merece la pena acercarse?
Salduero no es un sitio al que vengas buscando una lista larga de cosas que ver. Funciona mejor de otra manera. Como esas tardes en las que sales a caminar sin plan y acabas pasando más tiempo del que pensabas.
Si te gustan los pinares de Soria, aquí tienes uno de esos pueblos que viven pegados al bosque. Pocas distracciones, mucho monte alrededor y la sensación de que el tiempo corre un poco más despacio. A veces, con eso basta.