Artículo completo
sobre San Leonardo de Yagüe
Importante villa pinariega con castillo abaluartado y puerta de entrada al Cañón
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las nueve de la mañana, el aire todavía guarda la humedad de la noche y los pinos suenan como un murmullo continuo cuando se levanta algo de viento. El turismo en San Leonardo de Yagüe empieza muchas veces así: con calles tranquilas, alguna persiana a medio subir y ese olor leve a madera que aparece en los pueblos donde el monte sigue siendo parte del trabajo. La luz, todavía baja, marca el gris de la piedra en las fachadas y la madera oscura de algunos balcones. El núcleo urbano se organiza en torno al río Ucero, que cruza el pueblo sin hacer demasiado ruido.
San Leonardo, en la comarca de Pinares, ronda los dos mil habitantes y se sitúa a algo más de mil metros de altitud. Aquí el paisaje manda: pinares extensos que rodean el pueblo por casi todos lados. Cuando llega el otoño, el suelo del monte se cubre de agujas secas y de tonos ocres, y el olor a resina se vuelve más intenso en los días templados. Los caminos que salen hacia el bosque suelen ser anchos, de tierra compacta y piedra suelta, muchos de ellos antiguos caminos forestales.
El Ucero atraviesa el término y, sobre todo en primavera, baja con más agua. Cerca de la ribera el aire es algo más fresco incluso en verano, y es habitual ver a gente paseando por los márgenes del río al caer la tarde.
Un pueblo ligado al monte
San Leonardo creció alrededor de la madera. Durante décadas el pinar fue el motor económico de la zona y todavía quedan rastros de esa actividad. En algunos bordes del pueblo se reconocen antiguas instalaciones ligadas al trabajo forestal: naves, patios amplios donde se almacenaba tronco y madera ya cortada.
Ese vínculo con el monte sigue presente en las costumbres. En otoño la conversación gira muchas veces alrededor de las setas. Níscalos, boletus y otras especies aparecen en los pinares cercanos cuando llegan las primeras lluvias. Hoy la recolección está regulada en buena parte del monte, así que conviene informarse antes de salir con la cesta.
La iglesia y el centro del pueblo
Las calles principales —Calle Mayor, Calle del Río— concentran buena parte de las casas tradicionales. Son viviendas de piedra, con huecos relativamente pequeños y tejados de teja curva. Algunas conservan portones grandes, pensados para guardar herramientas o carros.
En la plaza se levanta la iglesia de San Leonardo Abad. El edificio actual ha tenido varias reformas a lo largo del siglo XX. El campanario cuadrado se ve desde bastantes puntos del pueblo y sirve un poco como referencia cuando uno camina por las calles.
A media mañana la plaza suele tener más movimiento: vecinos haciendo recados, coches que entran y salen con calma, y el sonido de las campanas marcando las horas.
Puerta de entrada al Cañón del Río Lobos
A pocos kilómetros está el Cañón del Río Lobos, uno de los espacios naturales más conocidos de la provincia. El desfiladero se abre entre paredes calizas altas, donde suelen verse buitres leonados planeando cuando el aire empieza a calentarse.
Desde San Leonardo se llega en coche en pocos minutos a algunos accesos habituales del parque. Si se va en temporada alta, conviene madrugar: el aparcamiento en los puntos más cercanos al cañón se llena con facilidad a partir de media mañana.
Caminar entre pinares
Desde el propio pueblo salen varios caminos señalizados que se internan en el pinar. Son recorridos largos pero suaves, sin grandes pendientes, muy utilizados también por ciclistas que enlazan pueblos cercanos como Espejón, Ausejo o Utrero por pistas forestales.
En verano la sombra de los pinos hace que se pueda caminar incluso en días calurosos. En invierno cambia bastante: las heladas son frecuentes y algunos tramos permanecen húmedos durante buena parte del día.
A lo largo del monte aparecen fuentes que tradicionalmente han servido para los pastores o para quien trabajaba en el pinar. Algunas siguen manando, aunque no siempre con el mismo caudal, así que no conviene confiarse demasiado si se planea una ruta larga.
Cuándo acercarse
El pueblo cambia mucho según la época del año. El verano trae más movimiento y gente que vuelve por vacaciones. El otoño, en cambio, tiene un ritmo distinto: mañanas frías, olor a pino húmedo y coches aparcados en los caminos que se adentran en el monte.
Si se busca caminar con calma por los alrededores, los días de diario suelen ser los más tranquilos. Los fines de semana de otoño, sobre todo cuando ha llovido, los pinares cercanos se llenan de gente con cesta y navaja.