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sobre Pinarnegrillo
Pueblo agrícola con restos arqueológicos cercanos; ambiente rural auténtico
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A las nueve de la mañana, en los campos que rodean Pinarnegrillo, el aire todavía guarda la humedad de la noche. El suelo desprende ese olor terroso que aparece cuando el sol empieza a templar la escarcha. Se oye alguna alondra y poco más. La luz, aún fría, cae sobre los tonos ocres y verdes de la Campiña Segoviana, un paisaje ancho, sin árboles que tapen el horizonte.
Pinarnegrillo está en una llanura cerealista de la provincia de Segovia, a unos 850 metros de altitud. Aquí viven menos de cien personas y eso se nota enseguida: apenas hay movimiento en las calles y durante buena parte del día solo se oye el motor de algún tractor o el viento golpeando una chapa suelta.
Calles tranquilas y casas de adobe
Las calles son cortas y bastante rectas. Muchas casas conservan muros de adobe o combinaciones de ladrillo y piedra, con portones grandes de madera que en otro tiempo daban paso a corrales o pajares. Algunas puertas siguen teniendo las anillas metálicas para atar animales o carros, un detalle que pasa desapercibido si se camina deprisa.
Aún se ven varias eras en los bordes del casco urbano, espacios abiertos donde se trillaba el cereal cuando la cosecha se hacía a mano o con maquinaria sencilla. Hoy están casi siempre vacías, pero ayudan a entender cómo se organizaba la vida agrícola del pueblo.
La torre de la iglesia parroquial sobresale por encima de los tejados bajos. Su silueta es lo primero que se distingue al acercarse por carretera. El edificio es sobrio: piedra, algo de ladrillo y ventanas pequeñas con reja. En invierno, con el cielo gris típico de la meseta, el conjunto adquiere un tono apagado que encaja bastante con el carácter del lugar.
Un pueblo que no se ha adaptado al turismo
El casco urbano de Pinarnegrillo no ha cambiado demasiado para agradar a quien llega de fuera. Hay casas bien cuidadas y otras cerradas durante meses. Muchas funcionan hoy como segunda residencia y solo se abren en verano o en algunos fines de semana largos.
Aun así, el pueblo sigue teniendo uso cotidiano. Alguna furgoneta aparcada junto a un corral, leña amontonada contra una pared, ropa tendida que se mueve con el viento de la meseta. Son detalles pequeños, pero indican que el lugar sigue vivo.
Caminos entre cereal
Alrededor del pueblo se extienden campos de trigo y cebada que cambian mucho según la estación. En abril y mayo el verde es intenso y uniforme; a partir de junio empiezan a aparecer los tonos dorados que dominan el paisaje hasta la cosecha.
Varios caminos agrícolas y antiguas vías pecuarias cruzan el término municipal. Son trayectos fáciles para caminar o ir en bicicleta porque apenas pasa tráfico. Conviene, eso sí, no salirse de los caminos: las parcelas están trabajadas y el terreno puede estar recién sembrado.
Una vuelta tranquila por los alrededores suele llevar alrededor de una hora, dependiendo del camino elegido. A pocos minutos del pueblo ya desaparecen los ruidos y solo queda el sonido del viento moviendo las espigas.
Aves de campo abierto
Este tipo de paisaje cerealista es terreno de aves esteparias. Si se camina despacio, sobre todo a primera hora o al caer la tarde, es relativamente frecuente escuchar calandrias o ver alguna avutarda a lo lejos. No siempre se dejan observar de cerca; suelen mantenerse a distancia y levantar el vuelo en cuanto detectan movimiento.
La clave es parar, escuchar y mirar el horizonte con paciencia.
Por la noche el cielo se vuelve muy oscuro, algo cada vez menos común en pueblos más grandes. En verano, cuando el aire está limpio y el calor afloja, las estrellas aparecen con bastante claridad desde cualquier calle poco iluminada.
Algo que tener en cuenta si vas
Pinarnegrillo es un pueblo muy pequeño y no tiene muchos servicios. Si piensas pasar allí varias horas, conviene llevar agua y algo de comida. Para comer con calma o hacer compras, lo habitual es desplazarse a localidades cercanas más grandes.
En verano el ambiente cambia bastante. Muchos vecinos que viven fuera vuelven unos días y las calles se llenan más de lo habitual. Las fiestas del pueblo suelen celebrarse entonces, con procesión, comidas compartidas y música por la noche en la plaza o en alguna calle cortada.
Si prefieres ver el pueblo tranquilo, lo mejor es acercarse una mañana entre semana, cuando el ritmo vuelve a ser el de siempre: lento, con el sonido del campo colándose entre las casas.