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sobre Portillo
Villa medieval amurallada con un impresionante castillo; famosa por su alfarería y mantecados
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Hay un pozo en el castillo de Portillo que es más profundo de lo que uno espera cuando se asoma. Lo recuerdo bien porque un guarda me señaló el agujero con media sonrisa, como quien enseña un truco viejo. Desde arriba solo ves oscuridad. Dicen que baja varias decenas de metros y que, si tiras una piedrecilla, tarda un buen rato en escucharse el golpe. En un lugar así cuesta no pensar en la historia que ha pasado entre estas paredes, incluida la de Álvaro de Luna, que pasó aquí sus últimos días antes de acabar en el cadalso.
El pueblo que se rompió en dos
Portillo es como ese amigo que un día decidió hacerse la raya en medio y ya no volvió atrás. El Arrabal queda abajo, pegado a la carretera. Arriba está el pueblo antiguo, encaramado al cerro con el castillo vigilándolo todo.
Abajo hay más movimiento: talleres, gente que va y viene, olor a coche arrancando por la mañana. Arriba cambia el ritmo. Calles estrechas, algunas con el empedrado algo torcido, golondrinas y estorninos metiendo ruido en las cornisas.
La subida al castillo tiene su gracia. Yo iba con mentalidad de paseo corto y terminé respirando como después de subir cinco pisos sin ascensor. Pero cuando llegas arriba entiendes por qué el pueblo está ahí. Alrededor se abre la Tierra de Pinares: una mancha verde que se extiende kilómetros y kilómetros, mezclándose con campos de cultivo. En días claros incluso se adivina Valladolid a lo lejos, como una silueta baja en el horizonte.
El castillo donde se guardaban los secretos
El Castillo de los Condes de Benavente es de esos lugares que todavía se sienten bastante reales. Nada de montajes espectaculares ni decorados que parezcan de parque temático. Piedra, viento y silencio.
Los muros tienen ese color gris gastado que solo dan los siglos. Dentro hay salas sobrias, algo frías incluso en días templados. En una de ellas suelen recordar el paso de Álvaro de Luna por el castillo. Cuesta imaginar que alguien que llegó a concentrar tanto poder en Castilla terminara encerrado aquí, esperando su final.
Cuando entran grupos de escolares el eco cambia completamente: gritos, carreras, profesores intentando que alguien escuche. Pero en cuanto se vacía vuelve esa sensación de fortaleza seria, más militar que palaciega.
Los dulces que hacen famoso al pueblo
Si preguntas por Portillo en Valladolid, lo normal es que alguien acabe mencionando los mantecados.
Hay obradores en el pueblo que llevan generaciones con la misma receta más o menos: manteca, harina, azúcar y horno caliente. Nada sofisticado. Pero cuando están recién hechos tienen ese punto crujiente que hace difícil parar en uno solo.
A mí me pasó lo típico: compras una caja pensando en llevarla a casa y acabas abriéndola en el coche “para probar uno”. Ya sabes cómo sigue la historia.
Además de los mantecados, también se oyen nombres como los bollos blancos o las llamadas ciegas, dulces que suelen aparecer en momentos concretos del año y que muchos vecinos asocian directamente con fiestas y reuniones familiares.
Cuando el barro vuelve al centro del pueblo
Portillo tiene una tradición alfarera bastante conocida en la zona. Durante siglos aquí se trabajó el barro que salía de los alrededores para hacer cántaros, cazuelas y todo tipo de piezas de uso cotidiano.
Esa tradición se recuerda cada año con una feria dedicada a la alfarería. Durante esos días el pueblo se llena de tornos, manos manchadas de arcilla y puestos donde se ven piezas recién salidas del horno o todavía húmedas.
Lo interesante es que muchos artesanos trabajan allí mismo, delante de la gente. Ves cómo una masa informe empieza a girar y, en cuestión de minutos, aparece una jarra o un cuenco. Parece fácil… hasta que lo intentas.
Cómo recorrer Portillo sin prisas
Portillo no es grande, pero tiene ese tipo de cuestas que te hacen ir más despacio de lo que pensabas. Mi consejo es sencillo: aparcar cerca del Arrabal y subir andando hacia la parte alta.
Primero el castillo, cuando todavía no aprieta demasiado el sol. Luego bajar poco a poco por el Arco Grande, que parece sacado de una escena medieval, y dejar que las calles te vayan llevando.
Fíjate en los detalles: portones viejos, patios escondidos, macetas en las ventanas. De vez en cuando aparece algún vecino charlando en la puerta de casa o alguien que pasa con la compra bajo el brazo. Es la escena cotidiana de un pueblo que sigue funcionando como siempre.
Portillo no intenta impresionar. No compite con los grandes nombres del turismo de Castilla y León. Pero tiene algo que engancha: el castillo dominando el cerro, el olor a pinar cuando sopla el aire, y esos mantecados que terminan viajando en el asiento del copiloto.
A veces viajar consiste justo en eso. Subir una cuesta, asomarte a un pozo oscuro y pasar la tarde en un sitio que no necesita hacer demasiado ruido para quedarse en la memoria.