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sobre Puerto Castilla
Último pueblo de Ávila hacia Extremadura; paisaje de montaña y castaños
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A las once de la mañana, el sol ya calienta las piedras de la calle principal de Puerto Castilla y el aire suele traer olor a tierra húmeda y a madera secándose al sol. Así empieza muchas veces el turismo en Puerto Castilla: con la sensación de haber llegado antes de que pase nada. Apenas hay gente. El silencio solo se rompe por algún ladrido lejano o el golpe seco de una puerta de corral. El pueblo, a algo más de una hora en coche de Piedrahíta, se asienta en un alto que mira hacia robledales y hacia las primeras laderas de Gredos, donde en invierno todavía se ve nieve en las cumbres.
Casas de granito y vida tranquila
Puerto Castilla no gira en torno a grandes monumentos. Lo que se ve aquí es más sencillo: casas de granito con muros gruesos, tejados pesados y portones de madera que aún se usan para guardar leña o cerrar corrales. Muchas construcciones parecen hechas para aguantar inviernos largos. En las fachadas se notan los remiendos de distintas épocas, y en algunas puertas todavía quedan aldabas de hierro gastadas por las manos.
Caminar el pueblo lleva poco tiempo. Desde el centro se llega enseguida a los bordes, donde empiezan los prados y los caminos de tierra.
La iglesia y el pequeño núcleo del pueblo
La iglesia parroquial, dedicada a Santiago, se reconoce desde lejos por la torre, que sobresale sobre los tejados. No es un edificio monumental. Por dentro el ambiente es sobrio: bancos de madera muy usados, paredes claras y un altar sencillo. A veces está cerrada si no hay culto, algo bastante habitual en pueblos de este tamaño.
Alrededor de la iglesia se concentra el pequeño núcleo del pueblo. Algunas casas siguen habitadas todo el año; otras se abren sobre todo en verano.
Caminos hacia prados, robles y la sierra
El paisaje que rodea Puerto Castilla pesa casi tanto como el propio pueblo. Hay dehesas abiertas, prados que en primavera se llenan de hierba alta y, más arriba, manchas de robles. En invierno, si el día está claro, las cumbres de Gredos aparecen al fondo como una franja blanca.
De Puerto Castilla salen varios caminos usados tradicionalmente por ganaderos y vecinos. No todos están señalizados, y algunos se pierden entre muros de piedra y prados. Si la idea es caminar un buen rato por la zona, conviene llevar mapa o GPS. El terreno tiene cuestas fuertes y tramos con piedra suelta.
Al amanecer o al caer la tarde no es raro ver movimiento en el monte: algún ciervo cruzando entre los robles o buitres planeando alto sobre las corrientes de aire.
Qué tener en cuenta antes de venir
El pueblo es pequeño —ronda el centenar de habitantes— y los servicios son limitados. Para comer o comprar algo conviene contar con los pueblos de la zona del Barco de Ávila o de Piedrahíta, que están a una distancia razonable en coche.
El invierno aquí se nota. Las heladas son frecuentes y algunas mañanas la carretera aparece con placas de hielo, sobre todo a primera hora. Antes de subir hacia la zona de Gredos suele ser buena idea revisar el estado de la carretera.
Si prefieres ver el pueblo con algo más de movimiento, en agosto suelen celebrarse las fiestas patronales. Durante esos días regresan muchos vecinos que viven fuera y el ambiente cambia: hay procesión, música y comidas compartidas en las calles.
Puerto Castilla no funciona como destino de agenda llena. Es más bien un lugar donde parar, caminar un rato y mirar alrededor: granito, prados abiertos y el perfil de Gredos al fondo marcando el horizonte. Aquí el tiempo se mide de otra manera, a la velocidad de los rebaños y de las estaciones.