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sobre Real Sitio de San Ildefonso
Residencia real con palacio y jardines monumentales al pie de Peñalara; patrimonio y naturaleza
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Hay sitios que parecen un decorado histórico y otros donde la historia se te mete un poco por las costuras. El turismo en Real Sitio de San Ildefonso tiene algo de eso. Llegas, aparcas, bajas del coche… y da la sensación de que alguien dejó el siglo XVIII encendido y nunca volvió a apagarlo.
Imagínate que El Escorial y Aranjuez tuvieran un hijo pequeño que se crió en la sierra, entre pinares y aire frío. Eso es La Granja: un pueblo con palacio real, pero también con vecinos que salen a pasear al perro por los mismos jardines que diseñaron para reyes.
El palacio que mira a Versalles
El Palacio Real de La Granja nació con una referencia bastante clara: Versalles. Felipe V, que había crecido en la corte francesa, quiso algo parecido cuando decidió instalarse aquí a principios del siglo XVIII. Y si paseas por los jardines entiendes rápido por dónde iban los tiros.
Los jardines son enormes y están llenos de fuentes barrocas. No son un par de surtidores decorativos: son decenas, cada una con su escena mitológica, sus esculturas y sus juegos de agua. Cuando funcionan todas —suele pasar en fechas concretas— aquello parece más un espectáculo que un jardín.
La fuente del Famoso es la más conocida. Lanza el chorro tan alto que, si te pilla cerca cuando la encienden, acabas con más humedad que después de una tormenta de verano.
Una cosa curiosa: estos jardines no eran solo para pasear. En el siglo XVIII también se jugaba aquí al mallo, una especie de antepasado del croquet o del golf. Incluso hay una fuente dedicada a ese juego, lo que da una idea de hasta qué punto la corte convertía cualquier pasatiempo en algo ceremonial.
Judiones y vidrio: dos cosas muy serias aquí
Si hay un plato que todo el mundo asocia con La Granja son los judiones. Son alubias blancas, pero de un tamaño que sorprende la primera vez que las ves en el plato. En esta zona llevan cultivándose mucho tiempo y forman parte de la cocina de toda la vida, la que se hacía para aguantar inviernos largos en la sierra.
Luego está la Real Fábrica de Cristales, que suele sorprender incluso a quien llega sin demasiadas expectativas. Se creó en el siglo XVIII para abastecer a la corte y a los palacios reales de vidrio y espejos. La fábrica actual se levantó después de que la anterior se incendiara.
Hoy funciona como museo y centro de trabajo artesanal. Ver a los artesanos soplar vidrio en directo es de esas cosas que parecen fáciles hasta que te das cuenta de que están manejando una masa incandescente como si fuera plastilina.
Valsaín, Riofrío y otros lugares del municipio
Real Sitio de San Ildefonso no es solo el núcleo de La Granja. El municipio incluye otros lugares que mucha gente pasa por alto.
Valsaín, por ejemplo, está pegado al pinar y tiene una relación muy directa con el monte. Tradicionalmente la vida aquí ha girado alrededor de la madera y del bosque. En invierno todavía se mantienen algunas celebraciones ligadas a ese mundo, como la corta de troncos en torno a San Antón.
Y luego está el Palacio de Riofrío, a unos kilómetros. Es un palacio grande, aislado, rodeado de monte. Se construyó para Isabel de Farnesio y durante mucho tiempo tuvo un uso bastante irregular. Hoy alberga un museo relacionado con la caza y forma parte del mismo conjunto de residencias reales de la zona.
Cuándo ir y cómo organizar la visita
La Granja tiene un pequeño “problema”: está muy cerca de Madrid. Eso significa que muchos fines de semana el centro se llena bastante, sobre todo cuando hace buen tiempo.
Si puedes elegir, entre semana se recorre con mucha más calma. Pasear por los jardines sin demasiada gente cambia bastante la experiencia.
Mi consejo, dicho como se lo diría a un amigo: llega por la mañana, date una vuelta tranquila por el palacio y los jardines, y luego siéntate a comer judiones en el pueblo. Después de comer, un paseo sin prisa por las calles o incluso acercarte a los pinares de Valsaín.
En un día lo ves bien. Y te vas con esa sensación de haber estado en un sitio raro en el buen sentido: un pueblo de sierra que, por algún motivo histórico bastante caprichoso, terminó convertido en residencia de reyes.
Ah, y llévate una chaqueta. Aquí estamos a más de mil metros de altitud y el fresco aparece cuando menos te lo esperas. Incluso en verano. Es parte del trato.