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sobre Aranda de Duero
Capital de la Ribera del Duero conocida por sus bodegas subterráneas y el lechazo asado; centro enológico de primer orden
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El suelo de la calle Mayor tiene rendijas. Por ellas sube un aire frío y huele a tierra húmeda y a roca. Bajo el pavimento no hay sótanos, sino una ciudad paralela: más de siete kilómetros de galerías excavadas para guardar vino. La Aranda que se ve es, en buena medida, consecuencia de la que no se ve.
El vino que hizo ciudad
La Ribera del Duero es hoy una denominación conocida, pero cuando los arandinos empezaron a horadar la roca el objetivo era práctico: conservar el vino en condiciones estables. A varios metros bajo tierra la temperatura apenas varía, lo que permitía almacenar las cubas y preparar el transporte hacia otras ciudades castellanas y hacia los puertos del norte.
Los documentos del inicio de la Edad Moderna ya describen estas bodegas como una segunda trama urbana. Muchas estaban conectadas entre sí y ventiladas mediante pequeñas aberturas —las zarceras— que aún se ven en algunas aceras.
Con el dinero del comercio del vino se levantó parte de la arquitectura monumental. La iglesia de Santa María, en la plaza del mismo nombre, es el ejemplo claro. Su portada gótica se relaciona con el círculo de Simón de Colonia, el mismo entorno que trabajó en Burgos a finales del siglo XV. El edificio mezcla etapas: la estructura principal es tardogótica y el interior incorpora añadidos posteriores, algo habitual en iglesias que siguieron ampliándose durante siglos.
Aranda fue villa de realengo desde la Edad Media, es decir, dependía directamente de la Corona. Ese estatus explica en parte la ambición de sus edificios civiles y religiosos: eran la forma visible de una comunidad con cierta autonomía económica.
Subir y bajar: el paisaje del Duero
El río marca el ritmo del territorio. A su alrededor se extiende el viñedo, con laderas suaves que aprovechan bien la luz. Desde algunos puntos altos sobre el valle se entiende mejor la relación entre el cauce, las terrazas fluviales y los cultivos.
El puente de las Tenerías recuerda otro oficio antiguo. En esta zona trabajaban los curtidores, que necesitaban agua abundante para lavar y tratar las pieles. Hoy el entorno está más domesticado, pero el nombre quedó.
Aranda también ha sido tradicionalmente un lugar de paso. La antigua Cañada Real Segoviana cruzaba cerca, y más tarde las grandes carreteras entre Madrid y el norte consolidaron ese papel de cruce. Llegar siempre ha sido sencillo; lo que cambia es el ritmo al quedarse unos días.
Sobre el origen del nombre hay varias hipótesis. Algunas lo relacionan con términos antiguos asociados a molinos o ruedas hidráulicas, algo plausible en un valle donde la fuerza del agua se aprovechó durante siglos.
El fuego que alimenta
La cocina local gira alrededor del horno de leña. El plato más asociado a Aranda es el lechazo asado, preparado en cazuela de barro con muy pocos ingredientes: cordero lechal, agua y sal. El secreto no es una receta complicada sino el manejo del horno y la paciencia.
Junto a él aparecen productos muy ligados a la tradición castellana del cerdo, como los torreznos, que se fríen hasta que la corteza queda crujiente.
Muchas de las bodegas subterráneas siguen presentes bajo el casco antiguo. Algunas se conservan en manos de peñas o asociaciones y otras se pueden visitar dentro de recorridos guiados. Paseando por el centro conviene mirar al suelo: las zarceras —esas pequeñas aberturas circulares en las aceras— servían para ventilar las galerías.
Cuando la vendimia marca el calendario
La vendimia sigue teniendo peso en la vida de la comarca y suele celebrarse con actos públicos en la ciudad. Es habitual ver demostraciones de pisado de uva o degustaciones del primer vino de la temporada en la plaza Mayor, más como celebración vecinal que como espectáculo.
A lo largo del año se organizan jornadas gastronómicas dedicadas a productos muy locales —el lechazo, el torrezno— y ferias vinculadas al vino. En verano, un festival de música transforma durante unos días calles y bodegas en escenarios improvisados.
Cómo moverse por Aranda
El casco histórico se recorre a pie sin dificultad. Las distancias son cortas y muchas de las bodegas visitables están concentradas alrededor de la plaza Mayor y la iglesia de Santa María.
La forma más clara de entender la red subterránea es empezar por el centro de interpretación dedicado a las bodegas tradicionales. Desde allí suelen organizarse visitas guiadas que bajan a algunas galerías. Conviene llevar algo de abrigo incluso en verano: bajo tierra la temperatura se mantiene fresca.
Después se puede cruzar el río por alguno de los puentes históricos y caminar un poco por la ribera para tener perspectiva del conjunto urbano.
Aranda se alcanza sobre todo por carretera, siguiendo el eje que conecta Madrid con Burgos. Una vez en la ciudad, lo más práctico es aparcar en las zonas exteriores del centro y recorrerlo caminando, sin prisa y mirando también al suelo: a menudo la pista de lo que ocurre bajo tierra está justo ahí.