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sobre Roa
Sede del Consejo Regulador de la Ribera del Duero; villa histórica situada sobre un espolón rocoso con vistas al río
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El olor a mosto impregna las calles de Roa cuando el otoño aprieta. No es un detalle literario: aquí el vino sale literalmente de debajo de los pies. Bajo el casco antiguo se extiende un amplio conjunto de bodegas excavadas en la roca, conectadas por galerías que mantienen una temperatura bastante estable durante todo el año. Caminar por el barrio de bodegas es hacerlo sobre una ciudad paralela, la que se construyó hacia abajo para proteger del calor y del frío los vinos que acabaron dando nombre a esta parte de la Ribera del Duero.
La razón de ser
Roa no está donde está por casualidad. Su emplazamiento responde a una lógica antigua: el control del valle del Duero y de las rutas que lo atravesaban. Por aquí pasaba una vía romana que conectaba Clunia con Astorga, y el lugar fue conocido como Rauda. En las inmediaciones del actual Puente Mayor suelen mencionarse restos vinculados a ese asentamiento.
Durante la Edad Media la villa adquirió peso estratégico. La tradición sitúa en tiempos de Alfonso X el refuerzo de sus defensas, en un momento en que el control de los pasos hacia Tierra de Campos tenía importancia militar. De aquellas murallas apenas quedan rastros claros, pero basta con asomarse al mirador conocido como Balcón del Duero para entender el valor del lugar: el río describe una curva amplia entre laderas cubiertas de viñedo, un paisaje que cambia mucho entre el verde de primavera y los tonos rojizos del otoño.
La Colegiata y otras historias
La excolegiata de Nuestra Señora de la Asunción domina la plaza Mayor con la presencia sobria de las iglesias castellanas del siglo XVI. La portada renacentista introduce un interior más contenido de lo que su fachada podría sugerir. No es un edificio monumental en el sentido grandilocuente, pero sí tiene peso histórico dentro de la villa.
Roa también aparece en algunos episodios agitados del siglo XIX. Aquí terminó sus días Juan Martín Díez, conocido como El Empecinado, guerrillero de la Guerra de la Independencia. Fue ejecutado en la plaza en 1825 tras pasar sus últimas jornadas preso en un edificio cercano. Es uno de esos episodios que todavía forman parte de la memoria local y ayudan a entender por qué la historia del pueblo no se reduce solo al vino.
Bajo tierra
El barrio de bodegas subterráneas no es un decorado. Sigue siendo una infraestructura que muchos vecinos utilizan y cuidan. Bajo el cerro se abre una red extensa de galerías excavadas en la tierra arcillosa, donde cada familia ha tenido tradicionalmente su bodega.
Dentro la temperatura suele mantenerse fresca y bastante constante, lo que durante siglos permitió conservar vino, alimentos y barricas sin necesidad de otra tecnología. Algunas conservan todavía antiguos lagares o prensas de madera. El acceso a muchas de ellas es privado y se transmite dentro de las familias, así que entrar depende casi siempre de que alguien del pueblo te invite a bajar.
Los pasillos no son amplios: en algunos tramos hay que agacharse, y el suelo suele estar húmedo. El olor mezcla tierra, madera y vino viejo.
La mesa y el tiempo
En Roa la comida forma parte del ritmo del pueblo. El lechazo asado en horno de leña sigue siendo una referencia de la zona, preparado de forma bastante austera: cordero lechal, agua, sal y fuego lento. El resto lo pone el tiempo y la paciencia.
Los quesos de oveja curados, muy habituales en toda la Ribera, suelen acompañar a los vinos locales. Aquí además se encuentra la sede del consejo regulador de la Denominación de Origen Ribera del Duero, algo que explica hasta qué punto el vino forma parte de la vida diaria del municipio.
Cómo moverse (y cuándo)
El centro de Roa se recorre caminando sin dificultad. Las calles que rodean la plaza Mayor suben hacia la excolegiata y hacia el borde del páramo, donde están los miradores sobre el Duero.
El Balcón del Duero es uno de los puntos desde los que mejor se entiende el paisaje de la ribera. En primavera el contraste entre el río y las tierras de cultivo es más evidente; en otoño, el viñedo cambia de color y el ambiente del pueblo gira alrededor de la vendimia.
Si coincide con esas semanas, el olor a mosto se cuela por muchas calles. Es probablemente la forma más directa de entender qué significa el vino aquí.