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sobre Villarejo de Órbigo
Municipio agrícola famoso por el ajo y la alubia; incluye la localidad de Veguellina de Órbigo
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A las seis de la tarde, cuando baja un poco el sol, el puente medieval de Órbigo se dibuja contra el cielo como una costura negra. Desde la zona de acampada junto al río —un campo de hierba sencillo, sin demasiadas pretensiones— se oye el agua moverse entre los sillares y, más cerca todavía, el chasquido de las tiendas de campaña que se secan. Los peregrinos llegan con los calcetines todavía húmedos del día anterior y se sientan en los bancos de madera. Nadie habla mucho. El cansancio —ese que se arrastra desde Astorga— pesa más que las ganas de charlar.
Villarejo de Órbigo no es un pueblo que se muestre de golpe. Queda a unos dos kilómetros y medio del Camino Francés, lo suficiente como para que muchos identifiquen el lugar solo con el puente y sigan andando. El casco empieza en la plaza de España, donde el ayuntamiento levanta una fachada de ladrillo visto que por la tarde se vuelve anaranjada. A la derecha, la iglesia de San Juan Bautista alza el campanario de piedra oscura que se ve desde cualquier campo de la vega. No es grande, pero cuando suenan las campanas al atardecer el tañido se queda flotando sobre los tejados como si le costara irse.
El río que lo atraviesa todo
El Órbigo es un río ancho y pausado que baja con el agua de las montañas de León y, al llegar aquí, se abre entre orillas verdes. En los bordes crece la sajuela, una hierba que todavía hay quien corta para las gallinas. Si te acercas temprano, antes de que el puente empiece a llenarse de caminantes, a veces se ve a algún pescador probando suerte desde uno de los arcos. La trucha suele moverse más cuando el cielo está encapotado; las noches de luna llena, dicen algunos, no son buenas para la pesca.
Un sendero de tierra bordea el río en dirección a San Justo de la Vega. No siempre está señalizado, pero basta con seguir el curso del agua. A mitad de camino hay un grupo de chopos altos que crujen cuando sopla el viento. En primavera los campos de cereal todavía verdes contrastan con las manchas rojas de amapolas que aparecen donde el arado no ha pasado. El olor es a tierra húmeda y a resina. Conviene llevar agua, porque entre un pueblo y otro no suele haber fuentes.
Lo que se come (y cuándo)
El cocido leonés se sirve aquí al revés de lo habitual: primero las carnes, después los garbanzos y al final la sopa. En Villarejo muchos lo llaman cocido maragato, aunque la comarca maragata queda algo más al oeste. La explicación que suele contarse es sencilla: los pastores empezaban por lo más contundente por si había que levantarse deprisa. Hoy se come entero y sin prisa, muchas veces los domingos.
En torno a las fiestas de San Juan, a finales de junio, el pueblo cambia de ritmo. Las peñas sacan mesas a la plaza, suenan cohetes desde temprano y el olor de los pucheros grandes se mezcla con la música que llega desde los altavoces. No es raro que se reparta comida entre vecinos y curiosos que pasan por allí.
En invierno, cuando la humedad del río se mete en los huesos, las casas tiran de guisos largos: calderetas de cordero con pimiento choricero, sopas que humean en la mesa de la cocina. Y en Semana Santa aparecen las torrijas, remojadas en leche, rebozadas en huevo y fritas en aceite hasta que la corteza queda dorada y crujiente.
El convento que casi pasa desapercibido
A unos cinco kilómetros, en Villoria de Órbigo, se levantan los restos del antiguo convento premostratense de Santa María. Se fundó en la Edad Media —probablemente en el siglo XIII— y hoy queda en pie parte del crucero y algunos muros del claustro con arcos apuntados. El techo desapareció hace mucho, de modo que el cielo entra limpio sobre la piedra.
Se llega por una pista que atraviesa campos de maíz y cereal. El último tramo suele obligar a abrir una verja y dejarla después como estaba. No hay demasiadas indicaciones y el lugar aparece casi de repente, como si alguien lo hubiera olvidado allí. Cuando sopla el viento, las paredes claras vibran y el sonido corre por los huecos de las ventanas.
Desde el interior del ábside se ve el cerro de Santo Toribio. Según se cuenta en la zona, allí se encendían hogueras en tiempos antiguos para avisar de incursiones. A última hora de la tarde la luz entra muy baja y convierte la ruina en una especie de linterna de piedra. Incluso en verano conviene llevar algo de abrigo: el sitio está abierto a todos los vientos del páramo.
Cuándo ir (y cuándo no)
Abril y mayo son meses agradecidos en la Ribera del Órbigo. La tierra recién removida huele fuerte, el río todavía baja con agua del deshielo y los campos se llenan de amapolas. Hay pájaros discutiendo en los cables y en los chopos de la ribera.
En junio, con las fiestas patronales, el pueblo se llena. Se montan barras en la plaza, la música suena hasta tarde y los cohetes despiertan a más de uno antes de tiempo. Si buscas calma, mejor venir entre semana y evitar esos días.
Agosto trae un calor quieto que se queda pegado a la vega. El río baja claro y se ven los cantos redondos del fondo. En octubre empieza la recolección del maíz y el aire huele a hoja seca. En invierno el pueblo se recoge: las persianas se abren más tarde y la niebla suele quedarse hasta media mañana. Entonces se oye bien la campana de la iglesia, cada cuarto de hora, metálica, como si estuviera midiendo el tiempo del río.
Si vienes caminando por el Camino y te planteas desviarte, hay una carretera local que se aparta del trazado principal y llega hasta aquí en un par de kilómetros largos. Al final aparece la plaza. Y casi siempre hay alguien sentado cerca que, si te ve con mochila, te dirá algo parecido a esto: pasa, descansa un momento; el río ya te ha quitado el polvo del camino.