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sobre Calvarrasa De Arriba
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Hay pueblos que parecen inventados para que tu GPS dude de su existencia. Calvarrasa de Arriba está a unos 20 minutos de Salamanca, pero cuando bajas del coche da la sensación de haber cambiado de ritmo de golpe. La carretera provincial prácticamente se acaba aquí, como diciendo “hasta aquí hemos llegado”. Y parte de la gracia del lugar va justo por ahí.
Lo que no te cuentan de la plaza
La primera vez que fui me pasé el pueblo buscando la plaza mayor. No existe como tal. O mejor dicho, existe pero es más bien como la sala de estar de tu abuela: una explanada irregular, el ayuntamiento asomando por un lado y el único bar del pueblo abriendo cuando toca. Allí estaban varios vecinos repartidos en corrillos, discutiendo si este año llueve más o menos que el anterior. Ese momento en el que llegas y todo el mundo sabe que no eres de allí antes de que cierres la puerta del coche.
Pero no es mala señal. En Calvarrasa de Arriba el tiempo se mide más por campañas y cosechas que por horarios. Un hombre mayor con el que hablé a la puerta de la iglesia de San Andrés lo resumió bastante bien: “Aquí llegamos al siglo XXI por la tangente”.
La iglesia suele fecharse en torno al siglo XIII y conserva ese aire de ladrillo mudéjar tan típico de esta parte de la provincia. Más que un monumento, funciona como punto de referencia del pueblo. Cuando suena la campana, todo el mundo sabe por qué.
Calles cortas y casas con historia
El pueblo tiene básicamente un par de calles principales que se cruzan. Si te pierdes aquí, es que necesitas vacaciones de verdad.
Entre casas más recientes aparecen de vez en cuando fachadas antiguas con escudos de piedra bastante gastados. Son detalles pequeños, pero te hacen pensar que aquí hubo familias con bastante peso en la zona. En una de esas casas, en una esquina de la calle del Medio, todavía se distingue un escudo muy erosionado. Un vecino me comentó que pertenecía a una familia que durante años tuvo bastante tierra por la zona. Hoy la casa sigue en pie, aunque la vida dentro es mucho más tranquila que cuando se levantó.
La subida al Cristo del Humilladero
La ermita del Cristo del Humilladero está a unos tres kilómetros del pueblo, en lo alto de un pequeño cerro. Se llega por un sendero local señalizado de manera algo irregular, de esos donde a veces ves la marca y a veces toca intuir el camino.
La subida no es dura, pero se nota. Arriba se abre la vista sobre la vega del río Almar y los campos alrededor. En primavera el paisaje cambia bastante: parcelas verdes, alguna franja amarilla de floración y ese cielo enorme que tiene esta parte de la provincia.
La ermita es pequeña y sencilla. Según cuentan en el pueblo, la imagen del Cristo tradicionalmente se baja cuando vienen años secos y se hacen rogativas pidiendo lluvia. Son costumbres que en muchos sitios se han perdido, pero aquí todavía se recuerdan.
Comer como se ha comido siempre en la zona
Cuando preguntas por comida en el pueblo, la respuesta suele ser directa: aquí no hay demasiadas opciones. Y, la verdad, tampoco hace falta disfrazarlo.
Eso sí, si coincide que estás un día en que alguien cocina para más gente de la cuenta, salen platos muy de la zona. La chanfaina de cordero es uno de ellos, bastante distinta de la que sirven en la capital: más espesa y contundente.
También aparecen las migas con torreznos cuando hay reuniones familiares o cuadrillas grandes. Son de las secas, de las que aguantan bien el pan y el vino de la tierra. Y el chorizo de Cantimpalos, que aunque no se hace aquí, está tan presente en las mesas de la provincia que casi parece de casa.
Fiestas que reúnen a los que se fueron
Cuando el pueblo se llena de verdad suele ser hacia finales de junio, con las fiestas de San Pedro. No llegan autobuses de turistas ni nada parecido. Lo que vuelve es la gente que nació aquí y ahora vive en Salamanca, Madrid o más lejos.
La romería de la Virgen de la Peña, que suele celebrarse en primavera, es más tranquila. Se sube a la ermita y muchas familias comen luego en el campo. Sillas plegables, fiambreras, tortillas y sobremesas largas. El ambiente es más de reunión familiar que de fiesta grande.
Mi consejo de amigo
No vengas a Calvarrasa de Arriba esperando escaparates bonitos ni fotos para redes. No va de eso.
Ven más bien con curiosidad por ver cómo funcionan los pueblos que siguen viviendo a su manera, sin preocuparse demasiado por si alguien los está mirando. Pasea un rato, habla con quien te cruces, y si te acercas hasta el Cristo del Humilladero entenderás mejor el sitio.
Y cuando te vayas, no digas que es “un pueblo con encanto”. Di que es como ese primo raro de la familia: no es el más espectacular, pero cuando te sientas a hablar con él acabas quedándote más rato del que pensabas.