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sobre Calzada De Don Diego
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A primera hora, cuando todavía corre algo de fresco incluso en verano, el olor de una olla al fuego se cuela desde algún patio interior. La luz entra de lado por la plaza y resbala sobre las paredes de adobe. En ese momento, Calzada de Don Diego se mueve despacio: una puerta que se abre, el ruido seco de un remolque pasando, alguna conversación corta antes de que empiece la jornada en el campo.
El pueblo queda a unos 20 kilómetros al sureste de Salamanca, en una zona donde el paisaje se abre en parcelas de cereal y dehesa. Aquí el calendario sigue bastante ligado a lo que pasa en la tierra: siembra, siega, ganado. En verano se nota más movimiento porque vuelven familias que viven fuera, pero el resto del año el ritmo es corto y previsible.
La plaza y la iglesia
La plaza gira alrededor de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. El edificio, levantado en piedra entre los siglos XVI y XVII según suele indicarse en la documentación local, tiene un aspecto sobrio: muros gruesos, una portada sencilla y un campanario cuadrado que se ve desde varios puntos del pueblo.
Por la mañana el sol da primero en la torre y luego baja hacia la plaza. Es un buen momento para pasar por allí porque todavía hay silencio y se oyen cosas pequeñas: el roce de una escoba contra el suelo, el motor de un coche que arranca, alguna campana lejana si coincide con la hora.
Calles de adobe y patios interiores
Las calles son cortas y estrechas. Muchas casas conservan muros de mampostería mezclados con adobe, materiales que aquí han aguantado décadas de frío en invierno y calor seco en verano. Las puertas suelen ser de madera gruesa, a veces con clavos grandes y marcos de piedra algo desgastados.
Si uno se fija en los portones abiertos aparecen detalles que hablan del pasado agrícola: corrales, antiguos pozos, aperos apoyados contra la pared. No es raro ver todavía remolques o sacos de grano en algunos patios. Son señales de que el campo sigue marcando la vida diaria.
El paisaje alrededor
Al salir del núcleo urbano, el terreno se vuelve completamente abierto. Parcelas de trigo y cebada ocupan buena parte del horizonte, con líneas rectas que cambian de color según la estación: verde intenso en primavera, amarillo casi blanco cuando llega la cosecha.
No hay rutas de senderismo señalizadas como tal, pero sí caminos agrícolas que conectan el pueblo con localidades cercanas como El Tejado o Los Santos. Son pistas de tierra usadas por tractores y ganado. Si se recorren a pie conviene llevar agua y algo para protegerse del sol: hay muy poca sombra.
Fiestas que traen de vuelta a la gente
En agosto se celebran las fiestas dedicadas a Nuestra Señora de la Asunción. Durante esos días el pueblo cambia bastante: regresan vecinos que viven en Salamanca, Madrid u otras ciudades, y las calles tienen más movimiento por la tarde y al anochecer.
En primavera suele organizarse también la romería hacia la ermita de Nuestra Señora de la Piedad, situada a unos kilómetros hacia el oeste. Es una jornada tranquila, con parte religiosa y otra más social donde aparecen mesas improvisadas con comida hecha en casa: embutidos, pan, dulces sencillos.
Lo que se come en las casas
La cocina que se mantiene aquí es la que siempre ha acompañado al trabajo del campo. El cocido charro aparece con frecuencia en reuniones familiares, preparado con legumbre y carne de cerdo. También es habitual el farinato, muy ligado a la zona salmantina.
No hay demasiadas opciones para comer o alojarse dentro del propio pueblo, así que mucha gente llega desde Salamanca o desde otras localidades cercanas y pasa unas horas paseando con calma.
Cuándo acercarse
La primavera suele ser el momento más agradable para caminar por los alrededores: los campos están verdes y el viento todavía no levanta tanto polvo. En pleno verano, sobre todo al mediodía, el calor cae fuerte y las calles quedan prácticamente vacías.
Calzada de Don Diego no gira alrededor de grandes monumentos. Lo que queda es otra cosa más discreta: la sensación de un lugar que sigue funcionando como pueblo agrícola. Basta mirar un poco —un arado viejo apoyado en una pared, las rodadas en un camino de tierra, el sonido lejano de un tractor— para entender cómo se ha vivido aquí durante generaciones.