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sobre Castraz
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A primera hora, cuando todavía no se oye ningún motor, Castraz parece suspendido en una pausa larga. Una puerta que se abre, el golpe seco de una persiana, alguna gallina al otro lado de un corral. La luz entra limpia entre las casas de piedra y deja en las fachadas tonos gris claro y tierra. En un pueblo de apenas 33 vecinos, el día empieza despacio.
Castraz está en el suroeste de la provincia de Salamanca, dentro de esa franja de llanura abierta donde el horizonte pesa casi tanto como el cielo. Aquí el paisaje no busca impresionar. Es más bien una sucesión de campos, caminos y encinas dispersas que cambian de color según la estación. El pueblo mantiene la escala de siempre: pocas calles, casas bajas y la sensación de que todo se conoce.
La iglesia y el centro del pueblo
La iglesia de San Pedro ocupa el corazón del caserío. Sus muros de piedra clara tienen ese desgaste suave que deja el tiempo en los edificios muy usados. No hay grandes adornos. Solo volumen, campana y una plaza pequeña donde a veces se paran los vecinos a hablar.
La construcción parece antigua, probablemente levantada hace varios siglos y reformada en distintos momentos. El campanario, visible desde casi cualquier punto del pueblo, sigue marcando el ritmo del día con un sonido seco que se expande por las calles.
Calles de piedra y casas vividas
Caminar por Castraz no lleva mucho tiempo. En diez o quince minutos puedes cruzarlo entero. Aun así conviene hacerlo despacio.
Las calles son estrechas y en algunos tramos el suelo cambia entre piedra y cemento. Muchas casas conservan puertas de madera gruesa y rejas de hierro oscuro en las ventanas. Algunas fachadas muestran capas de cal envejecida; otras dejan la piedra al descubierto.
Detrás de muchas viviendas hay corrales. A veces se oyen animales o el arrastre de herramientas. No es decorado rural: sigue siendo espacio de trabajo.
El campo alrededor
Al salir del pueblo el terreno se abre enseguida. La llanura salmantina aparece sin transiciones bruscas. Parcelas largas, alguna encina solitaria y caminos que avanzan rectos durante cientos de metros.
En primavera los cultivos tiñen el paisaje de verde claro. En verano todo se vuelve dorado y el aire caliente ondula sobre los sembrados al mediodía. El otoño trae tonos más apagados y olor a tierra húmeda después de las primeras lluvias.
Es terreno de aves pequeñas, con perdices que levantan el vuelo de repente y milanos girando alto cuando sopla algo de viento.
Caminos para salir a andar
Desde Castraz salen varias pistas agrícolas que conectan con fincas y con otros núcleos de la zona. No hay señalización turística ni paneles explicativos. Son caminos de uso diario: tierra compacta, rodadas de tractor y algunos tramos de grava.
A pie o en bici permiten entender bien el paisaje de esta parte de Salamanca. Eso sí, conviene llevar agua y orientarse con un mapa sencillo o el móvil, porque los cruces entre parcelas pueden despistar.
En otoño algunos vecinos se acercan a pinares de la zona a buscar setas cuando ha llovido lo suficiente. No es una actividad organizada ni señalizada; más bien una costumbre que depende mucho del año.
Fiestas y tiempos del pueblo
El calendario sigue girando alrededor de las celebraciones tradicionales. La fiesta dedicada a San Pedro suele concentrar buena parte de la actividad del año. Durante esos días el pueblo se anima: música en la plaza, reuniones largas y gente que vuelve a pasar unos días en la casa familiar.
En Semana Santa también hay actos religiosos sencillos. Procesiones cortas, pasos llevados por los propios vecinos y el olor a incienso mezclándose con el aire frío de la tarde.
No son celebraciones pensadas para atraer visitantes. Funcionan más como un punto de encuentro para quienes tienen aquí sus raíces.
Cómo llegar y cuándo venir
Castraz se alcanza por carreteras locales que atraviesan campos abiertos. El coche es prácticamente imprescindible; el transporte público en esta zona suele ser limitado.
Primavera y otoño son los momentos más agradables para caminar por los alrededores. El campo tiene color y la temperatura permite moverse sin prisa. En verano el calor aprieta en las horas centrales, aunque por la noche refresca. En invierno el viento puede ser áspero y el frío se nota más en una llanura tan abierta.
Conviene venir con lo necesario para pasar el día. Castraz mantiene un ritmo muy tranquilo y los servicios son escasos durante buena parte del año. Precisamente ahí está su carácter: un lugar pequeño, silencioso, donde el paisaje manda más que cualquier plan.