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sobre Pinedas
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A esa hora en que el sol empieza a calentar la piedra, Pinedas todavía está medio en silencio. Alguna puerta se abre, un coche pasa despacio por la carretera que cruza el pueblo y vuelve la calma. El turismo en Pinedas no tiene mucho que ver con prisas ni con planes cerrados. Aquí lo primero que se nota es el aire limpio que llega desde los campos de cereal que rodean el municipio, a unos 40 kilómetros de Salamanca.
Desde la entrada del pueblo se ven tejados bajos, paredes de adobe mezcladas con piedra y portones de madera que han visto muchos inviernos. La luz de media mañana cae de lado sobre las fachadas y marca las grietas, las reparaciones antiguas, los parches de cal.
La plaza y la iglesia
Las calles son cortas y desembocan casi siempre en la plaza. Allí está la iglesia parroquial, levantada en el siglo XVI según suele recogerse en la documentación local. Los muros son gruesos, pensados para aguantar frío y calor. Las ventanas son pequeñas.
Dentro se conservan retablos barrocos y algunas imágenes antiguas que los vecinos siguen sacando en procesión cuando llegan las fiestas. Fuera de esos días, la plaza suele estar tranquila. Alguna conversación corta, una bicicleta apoyada en la pared, el sonido de una puerta que se cierra.
Casas, corrales y bodegas
Muchas viviendas mantienen la estructura tradicional. Muros de piedra o adobe, tejados de teja curva, puertas macizas sin demasiados adornos. Algunas se han reformado, pero sin cambiar demasiado la forma original.
Bajo varias casas hay bodegas excavadas en la roca. No siempre se pueden ver desde fuera, pero en algunas entradas se distingue la puerta baja o una pequeña ventilación en el muro. También aparecen corrales donde todavía se guardan herramientas o animales.
En las afueras se ven palomares y antiguos potros para herrar. Son construcciones sencillas, de piedra clara, que hablan de un tiempo en que el trabajo con animales era parte diaria del pueblo.
Caminos entre cereal
El paisaje alrededor de Pinedas es amplio y abierto. Campos de cereal que cambian de color según el mes: verde en primavera, dorado cuando llega el verano. Entre medias aparecen encinas sueltas y caminos de tierra que conectan fincas.
No todos están señalizados. Muchos son simples caminos agrícolas que los vecinos han usado durante años. Caminar por ellos tiene algo de repetición tranquila: el sonido del viento moviendo el cereal, el crujido de la tierra seca bajo las botas.
En estas zonas es fácil ver perdices o liebres cruzando rápido entre los rastrojos. A veces también algún halcón girando alto sobre el campo.
El cielo cuando cae la noche
Cuando oscurece, el pueblo queda casi sin luz artificial. Eso hace que el cielo se vea con mucha claridad. En noches despejadas aparecen más estrellas de las que uno espera si viene de ciudad.
Hay vecinos que salen un momento a la puerta a mirar el cielo. Otros se sientan un rato en verano cuando baja el calor. No hace falta nada más que tiempo y un poco de silencio.
Comida de casa y fiestas del pueblo
La cocina que se prepara en Pinedas sigue siendo la de siempre: platos contundentes y productos de la zona. El hornazo aparece a menudo en celebraciones familiares, con masa de pan y embutido dentro. También son habituales las legumbres y los quesos de oveja de la comarca.
En los meses fríos todavía se mantiene en algunas casas la matanza tradicional. De ahí salen chorizos, morcillas o jamones que luego se curan durante semanas.
Las fiestas del pueblo suelen celebrarse en agosto, cuando regresan familiares que viven fuera. Durante esos días la plaza cambia bastante: música, mesas largas y procesiones que recorren las calles estrechas. El resto del año Pinedas vuelve a su ritmo habitual.
Si se pasa por aquí en verano, conviene hacerlo a primera hora de la mañana o ya al caer la tarde. Al mediodía el sol cae fuerte sobre los campos abiertos y apenas hay sombra en los caminos. Es el mismo paisaje, pero se recorre mejor cuando el aire empieza a moverse.