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sobre Pitiegua
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A media tarde, cuando el sol empieza a caer hacia el oeste, el campanario de la iglesia de Pitiegua aparece de golpe al llegar por la carretera que atraviesa el campo abierto al norte de Salamanca. La torre sobresale lo justo para orientarse desde lejos. A esa hora la piedra toma un tono dorado apagado, y las sombras se alargan sobre las fachadas bajas del pueblo.
Pitiegua es pequeño incluso para los estándares de la provincia. Viven aquí poco más de un centenar de personas y el caserío se organiza en torno a una calle principal de trazado sencillo, con algunas travesías cortas que se abren hacia corrales y huertas. Muchas casas mantienen muros gruesos de piedra o adobe revocado, portones metálicos pesados y ventanas pequeñas pensadas para guardar el calor en invierno. En algunos patios todavía se ven hornos antiguos o dependencias que en otro tiempo se usaron como cuadras o almacenes de grano.
La iglesia que marca el perfil del pueblo
La iglesia parroquial, dedicada a Santa María Magdalena, es el edificio que ordena el conjunto. Su torre se ve desde casi cualquier punto del pueblo y también desde los caminos que llegan desde los campos. La fachada es sobria, construida con bloques de piedra arenisca que el tiempo ha ido suavizando.
Dentro hay una sola nave, con estructura de madera en el techo y un retablo barroco en el altar mayor. No siempre está abierta, algo habitual en pueblos de este tamaño, así que si se quiere entrar conviene preguntar a algún vecino o acercarse en horas en las que suele haber movimiento cerca de la plaza.
El paisaje alrededor: cereal, encinas y mucho cielo
Lo que rodea Pitiegua es, sobre todo, campo abierto. Parcelas amplias de cereal que cambian mucho según la estación. En primavera el verde es intenso y el aire huele a tierra húmeda después de las lluvias. A comienzos del verano el trigo ya amarillea y el viento mueve las espigas como si fueran agua. Cuando llega el otoño, el terreno queda más desnudo y aparecen tonos ocres bajo las encinas dispersas que marcan algunos linderos.
Las cigüeñas forman parte del paisaje cotidiano. Se ven en los tejados, en la torre de la iglesia o en postes eléctricos a las afueras. Su sonido seco, ese golpeteo de pico que resuena en el silencio del campo, suele escucharse bien en las primeras horas de la mañana.
Caminos sencillos para salir a andar
Desde la plaza parte algún camino agrícola que se pierde entre parcelas. No son rutas preparadas como tal: son caminos de trabajo que utilizan agricultores y vecinos para llegar a las fincas. Aun así, caminar un rato por ellos permite ver el pueblo desde fuera, con la torre asomando entre los tejados y el campo extendiéndose alrededor.
La señalización es escasa. Si te alejas un poco del núcleo conviene llevar el recorrido claro o usar el móvil para orientarte, porque muchos desvíos conducen simplemente a tierras de cultivo.
Fiestas y mesa compartida
Las celebraciones principales del pueblo suelen girar en torno a Santa María Magdalena, a mediados del verano. Durante esos días la plaza se anima más de lo habitual y es común que las comidas colectivas tengan protagonismo. En la zona se preparan guisos de cordero cocinados despacio, con patatas y verduras, pensados para servir en mesas largas donde se sienta medio pueblo.
No es raro que estas recetas se hagan todavía en calderos grandes al aire libre, algo muy ligado a las reuniones de vecinos y familiares.
Cuándo acercarse
El entorno de Pitiegua se disfruta más cuando el campo tiene algo de color. Finales de primavera y comienzos de otoño suelen ser los momentos más agradecidos para caminar por los caminos de alrededor. En pleno verano el calor aprieta bastante al caer el mediodía y apenas hay sombra fuera del casco urbano.
El pueblo se recorre en poco tiempo, pero conviene hacerlo despacio: fijarse en las puertas antiguas, en los corrales abiertos hacia la calle o en el sonido del viento moviendo las ramas de alguna encina cercana.
Pitiegua no vive de monumentos ni de grandes reclamos. Su escala es otra: calles cortas, silencio de campo abierto y una torre que sigue marcando la posición del pueblo en mitad de la llanura salmantina. Cuando te marchas, al mirar atrás desde la carretera, lo último que queda en el horizonte es precisamente eso: la silueta de la iglesia recortada sobre un cielo muy ancho.