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sobre Villoruela
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Las cigarras empiezan a cantar cuando el sol todavía no ha quemado el cereal. Son las siete y media de la mañana en Villoruela y el aire huele a pan recién hecho que se escapa de alguna cocina, mezclado con el polvo fino de las eras. Desde la plaza, donde un olmo viejo deja una sombra corta sobre tres bancos de madera, se ve cómo el pueblo despierta despacio: una persiana sube con un golpe seco, un perro se estira en mitad de la calle, una mujer mayor saca la silla a la puerta como quien repite un gesto aprendido hace medio siglo.
A esta hora, en este rincón de la comarca de Las Villas, los algo más de setecientos vecinos que figuran en el padrón ya han empezado el día. Los que quedan, porque Villoruela también conoce el silencio de las casas cerradas gran parte del año. Las paredes de adobe de muchas viviendas —de ese color tierra que al atardecer vira a dorado— tienen grietas finas y reparaciones antiguas que cuentan mejor que cualquier panel lo que ha sido vivir aquí.
Salamanca queda a poco más de media hora en coche. Aun así, cuando alguien se desvía de la carretera principal y entra entre los campos de trigo, la sensación es de haber ido bastante más lejos.
El día que un rey nació aquí (o eso cuentan)
En Villoruela hay una calle dedicada a Felipe II, y no es casualidad. Entre los vecinos circula desde hace generaciones la idea de que el rey nació aquí en 1527. La base de la historia está en una partida de bautismo conservada en los libros parroquiales del siglo XVI, donde aparece registrado un Felipe en esas fechas. Con el tiempo, la tradición local ha querido ver en ese documento al futuro monarca.
Los historiadores suelen situar el nacimiento en Valladolid, así que el asunto queda más cerca de la conversación de plaza que de los manuales. Aun así, la historia sigue viva en el pueblo. Basta preguntar a cualquier vecino para que aparezca la referencia al libro antiguo de la parroquia y a aquel bautismo.
La iglesia donde se guarda ese registro mantiene buena parte de su estructura antigua: muros gruesos, piedra oscurecida y un interior donde la luz entra con cuidado por las ventanas altas.
El monasterio a las afueras
A las afueras del casco urbano, entre parcelas de cultivo, se levanta el monasterio de Santa María la Alta. Desde principios del siglo XVI ha habido aquí comunidad religiosa durante largos periodos, algo que en pueblos pequeños termina marcando el ritmo de los días.
No suele visitarse por dentro, pero el conjunto se ve bien desde el camino. Los muros de piedra clara destacan cuando el sol cae de lado por la tarde, y en los días de viento a veces se escuchan los cantos que salen del interior del recinto.
No es un lugar pensado para recorridos turísticos. Funciona más bien como parte del paisaje cotidiano del pueblo: campanas que suenan a ciertas horas, puertas que se abren brevemente, silencio el resto del tiempo.
Las eras y el calendario del campo
El campo sigue marcando el ritmo en Villoruela. A finales de junio, cuando el cereal empieza a dorarse de verdad, las cosechadoras entran en las parcelas desde primera hora. El ruido de las máquinas llega hasta el casco urbano como un zumbido constante durante varios días.
Las eras —círculos de piedra o de tierra apisonada en las afueras— recuerdan la época en que el grano se trillaba a mano o con animales. Algunas todavía se usan como espacio de trabajo o de almacenaje durante la campaña.
Al atardecer merece la pena acercarse caminando hasta alguna de ellas. Desde allí el pueblo se ve entero: tejados de teja curva, el campanario sobresaliendo por encima de las casas y las calles estrechas que se enredan entre muros de adobe. Con la luz baja, el cereal alrededor parece una superficie continua que llega hasta donde alcanza la vista.
Lo que pasa aquí cuando no hay visitantes
Villoruela no vive del turismo. La vida diaria gira más alrededor del campo, de las familias que llevan generaciones aquí y de quienes regresan algunos fines de semana desde Salamanca o Madrid.
En las conversaciones de barra o en los corrillos de la plaza aparecen siempre los mismos temas: si ha llovido lo suficiente, cómo viene la cosecha o cuánto ha subido el precio del trigo. Y, de vez en cuando, alguien vuelve a mencionar lo del rey.
Las fiestas principales caen a finales de mayo, por San Felipe, y también en torno a la Virgen del Carmen, ya en pleno verano. En esos días el pueblo cambia: coches aparcados en cualquier esquina, casas que llevaban meses cerradas y gente que se reconoce aunque no se haya visto en años.
Si vienes, la primavera suele ser buena época. En mayo el trigo aún está verde y el aire tiene ese olor húmedo que deja la lluvia reciente. Septiembre también funciona bien: el campo ya está segado y el pueblo recupera una calma más reconocible.
Agosto, en cambio, puede ser duro. El calor cae de plano sobre las calles y al mediodía apenas se oye nada más que las cigarras.
Antes de irte, merece la pena parar un momento en la carretera comarcal, justo cuando el asfalto se separa del camino que baja al pueblo. Desde ahí Villoruela parece más pequeño de lo que es, encajado entre campos abiertos. El campanario asoma por encima de los tejados y, si el viento viene del lado correcto, todavía llega el sonido de las campanas. Un detalle mínimo, pero suficiente para recordar dónde estás.