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sobre Muga de Sayago
Localidad sayaguesa con un entorno de dehesa muy bien conservado; famosa por sus cruceros de piedra y la ermita de Fernandiel
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A primera hora de la mañana, cuando todavía hay humedad en la tierra, a las afueras del pueblo se distinguen bien los senderos que abre el ganado entre las piedras. Uno de esos caminos de tierra acaba llevando hasta la ermita de Fernandiel, un edificio sencillo levantado con bloques de granito áspero. Dentro suele oler a cera gastada y a madera vieja. La luz entra con timidez por las ventanas estrechas y deja el interior en penumbra, como si el lugar se despertara despacio.
El turismo en Muga de Sayago no gira alrededor de grandes monumentos ni de rutas señalizadas con paneles nuevos. El pueblo —algo más de 300 vecinos censados— está en la comarca de Sayago, al suroeste de la provincia de Zamora, a unos 780 metros de altitud. Aquí el ritmo lo marcan todavía el campo y el ganado. Las calles, con tramos de piedra irregular, pasan entre casas de muros gruesos donde el granito mantiene el fresco incluso en verano.
Un pueblo de granito y corredores de madera
Caminar por Muga es fijarse en detalles pequeños. En algunos portones antiguos aparecen inscripciones grabadas en el dintel. En otras fachadas todavía cuelgan anillas de hierro donde se ataba el ganado. Los corredores de madera —cada vez menos— sobresalen en las plantas altas y crujen cuando el viento se cuela por la calle.
La iglesia parroquial de San Pedro se reconoce enseguida por su campanario cuadrado, visible desde varios puntos del pueblo. La puerta conserva un arco de medio punto bastante sobrio. Dentro, los bancos de madera muestran años de uso y las paredes guardan ese tono apagado de los templos rurales donde la cal se ha ido renovando muchas veces.
Las celebraciones religiosas siguen teniendo peso en el calendario local. Tradicionalmente el pueblo honra a San Pedro y a la Virgen del Carmen con procesiones y actos que reúnen a vecinos que viven fuera y regresan esos días. No siempre caen en las mismas fechas cada año, pero suelen concentrarse en los meses de verano, cuando el pueblo recupera algo de movimiento.
Caminos que salen hacia las dehesas
Desde el casco urbano parten varios caminos agrícolas. No están pensados como rutas turísticas, pero se pueden recorrer a pie sin dificultad si se respeta el paso del ganado y las fincas. A pocos minutos ya aparecen las dehesas: encinas abiertas, muros bajos de piedra y parcelas donde pastan vacas o cabras.
Sayago tiene un paisaje que parece tranquilo a primera vista, pero cambia bastante cuando uno se acerca al borde occidental de la comarca. No muy lejos están los cañones de los Arribes del Duero, donde el terreno se rompe en cortados profundos sobre el río. Muchos vecinos de la zona utilizan esas carreteras para bajar hacia los miradores naturales del parque, sobre todo al atardecer.
Si vienes a caminar por los alrededores de Muga, conviene hacerlo en primavera o a comienzos del otoño. En pleno verano el sol cae con fuerza y apenas hay sombra fuera de las encinas.
Huellas de la vida rural
En algunos patios todavía se conservan hornos de pan y pequeños lagares domésticos. Las paredes de granito guardan manchas oscuras del humo y del uso durante décadas. No es raro ver cuerdas con embutidos secándose al aire en invierno o montones de leña apilados junto a la puerta.
La ganadería sigue siendo parte importante de la economía local. El cordero y los productos del cerdo han formado siempre parte de la alimentación de la zona, junto con quesos de oveja elaborados en la comarca. En muchas casas todavía se preparan embutidos cuando llega el frío.
La luz de Sayago al final del día
Al caer la tarde el color del granito cambia. Pasa del gris duro del mediodía a tonos más cálidos, casi rojizos, cuando el sol baja hacia el oeste. Desde los caminos que rodean el pueblo se ve el horizonte bastante abierto, con lomas suaves y encinas dispersas.
No hay grandes miradores construidos ni pasarelas. Basta alejarse unos minutos de las últimas casas y quedarse quieto. Lo que se oye entonces es el viento entre las encinas, alguna campana de ganado y, si hay suerte, el vuelo silencioso de una rapaz sobre los campos. En pueblos como Muga de Sayago, el paisaje no necesita mucho más que tiempo para mirarlo con calma.