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sobre Villadepera
Pueblo de los Arribes con el famoso Puente de Requejo uniendo Sayago y Aliste; paisajes espectaculares del Duero
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A las siete, cuando el sol todavía viene bajo desde el lado de Portugal, las paredes de granito guardan el frío de la noche. Se oye una puerta al abrirse, el chirrido de un remolque, el sonido seco de unas gallinas en un corral. El día empieza así.
En la parte occidental de Sayago, ya cerca de la frontera, el pueblo se asienta sobre una ligera meseta. El horizonte no es abrupto. Son lomas suaves, campos abiertos y encinas dispersas. Con poco más de un centenar de vecinos, el ritmo depende de la estación y del tiempo que haga.
Calles cortas y casas de invierno
Las calles son breves. El granito está en todo: muros, fachadas, corrales, bancos pegados a las paredes donde se sientan algunos vecinos al final de la tarde.
Muchas casas conservan dinteles de piedra bien trabajados y puertas de madera gruesa. No es decoración. Era la forma lógica de construir con lo que había y de protegerse del frío. Los corrales suelen abrirse detrás, formando pequeños patios para animales o aperos.
La iglesia parroquial aparece entre las casas con una presencia discreta. Muros gruesos, interior sencillo. En pueblos así, el edificio religioso suele ser el punto que organiza el pequeño entramado.
El campo después del último muro
Al salir del casco urbano el terreno se abre enseguida. Campos separados por muros de piedra seca, encinas que dan sombra irregular y caminos de tierra que serpentean entre fincas.
En días despejados se ven rapaces planeando alto. El sonido habitual es el cencerro o el motor de algún tractor a lo lejos. Los arroyos solo llevan agua con cierta regularidad en temporadas de lluvia. El resto del año quedan como pequeñas hendiduras en la tierra.
La luz cambia según la hora. Por la tarde el granito toma un tono más cálido y el campo se vuelve amarillo en julio. En invierno son frecuentes las mañanas con niebla baja.
La piedra que se trabaja
Durante generaciones la piedra ha sido parte importante del trabajo aquí. En los alrededores hay zonas donde se han extraído granito y pizarra. No son grandes explotaciones visibles desde cualquier punto, pero su huella está en el propio pueblo.
Basta mirar los muros antiguos o los corrales. La textura áspera del granito aparece en casi todo. Esa piedra cercana explica también el aspecto compacto del caserío.
Caminos que salen del pueblo
Moverse por Villadepera suele hacerse andando. Enseguida aparecen caminos que salen hacia el campo o enlazan con otras localidades de Sayago. No todos están señalizados. Muchos son vías agrícolas que llevan usándose décadas.
Conviene fijarse en las cancelas de las fincas. Si están cerradas, se dejan igual al pasar. El terreno es fácil, aunque en épocas de lluvia algunos tramos se vuelven pesados por el barro.
Comer y organizar la visita
En el propio pueblo los servicios son escasos. Lo habitual es acercarse a otras localidades cercanas si se quiere comer fuera o comprar con más opciones. En esta parte de Zamora la cocina tradicional suele girar alrededor del cerdo, las legumbres y los guisos contundentes.
Si se viene a pasar el día, conviene traer agua y algo de comida, sobre todo si se piensa caminar por los alrededores. En verano el sol cae fuerte a partir del mediodía y hay pocos lugares con sombra continua.
Llegar e irse
Para llegar a Villadepera lo normal es hacerlo en coche desde Zamora por la carretera que avanza hacia la frontera portuguesa y después tomar vías secundarias de la comarca. El transporte público llega con mucha menos frecuencia.
Las gasolineras no abundan en Sayago; revisa el depósito antes de entrar en la zona.
El verano trae algo más de movimiento. Regresan familias que tienen raíces aquí y el pueblo se llena durante unos días de conversaciones en la calle y mesas largas. Fuera de esas semanas, Villadepera vuelve a su tono habitual: el viento moviendo las encinas, las tardes cayendo sobre la piedra gris.