Artículo completo
sobre Sequera De Haza La
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las siete de la mañana, cuando el sol todavía tarda en subir por encima de los campos, La Sequera de Haza suena casi vacío. La torre de la iglesia de San Juan Bautista, de ladrillo rojizo, es lo primero que rompe la línea baja de las casas. En las calles apenas hay movimiento: alguna puerta que se abre, el golpe seco de una persiana, el balido lejano de ovejas que salen hacia los rastrojos. El suelo aún guarda el fresco de la noche y el polvo fino de los caminos se pega a las suelas.
Está en la Ribera del Duero burgalesa, rodeada de campos amplios donde el horizonte siempre queda lejos. Aquí el paisaje cambia con las estaciones: en verano dominan los tonos pajizos del cereal ya cortado; en primavera aparecen los verdes más vivos y las líneas oscuras de las viñas recién podadas. Cuando llueve, el aire huele a tierra removida y a yeso húmedo de las paredes.
Un puñado de calles alrededor de la iglesia
Con apenas unas decenas de vecinos censados, el pueblo se recorre en pocos minutos. Las casas son bajas, muchas levantadas con adobe o piedra clara, con portones de madera gruesa que han visto bastantes inviernos. No hay grandes monumentos ni calles largas: todo ocurre alrededor de la iglesia y de un puñado de calles que se cruzan sin orden aparente.
La iglesia parroquial, dedicada a San Juan Bautista, conserva una silueta sobria, muy de esta zona de Burgos. La torre de ladrillo destaca sobre el resto del caserío. En días tranquilos —que aquí son casi todos— el sonido de las campanas viaja sin obstáculos por los campos.
Las bocas ocultas de las bodegas
En los bordes del pueblo aparecen las entradas de antiguas bodegas subterráneas. Son puertas bajas, a veces medio escondidas en pequeñas lomas de tierra. Bajo ellas suelen abrirse galerías excavadas hace generaciones para guardar vino y mantener una temperatura constante durante todo el año.
Muchas siguen siendo privadas o se usan solo en vendimia o en reuniones familiares. Aun así, pasear por esa zona permite entender cómo el vino ha formado parte de la vida cotidiana del lugar, mucho antes de que la Ribera del Duero se hiciera conocida fuera.
Caminar entre viñas al atardecer
Desde Sequera salen varios caminos agrícolas que se internan entre viñas y parcelas de cereal. No son rutas señalizadas como tal; son caminos de trabajo que utilizan tractores y agricultores. Aun así, caminarlos al atardecer tiene algo especial: el viento mueve las hojas de las viñas y, cuando cae la luz, el paisaje se vuelve casi plateado.
En los días despejados se distinguen otros pueblos de la zona, separados por kilómetros de campo abierto. El silencio solo se rompe por el paso de algún tractor o por las alondras que vuelan bajo sobre los sembrados.
Si vienes a caminar, conviene hacerlo fuera de las horas centrales del verano. Aquí la sombra escasea y el sol cae a plomo sobre los caminos.
El ritmo lento y la vendimia
A finales de verano y principios de otoño —la fecha exacta cambia cada año— la vendimia altera un poco la calma habitual. Los remolques cargados de uva aparecen por los caminos y se nota más movimiento en las viñas cercanas.
Es uno de los pocos momentos en que el pueblo tiene más actividad: cuadrillas trabajando entre las filas de cepas, olor a mosto en el aire y conversaciones largas al caer la tarde.
Cuándo acercarse
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para ver la zona con calma: los campos están cambiando de color y las temperaturas permiten caminar sin prisa. En pleno invierno el viento cortante del páramo se nota mucho más que en Aranda, y en julio o agosto el calor aprieta desde primera hora.
Conviene saber que es un pueblo muy pequeño. No hay mucho movimiento diario ni servicios pensados para visitantes. Precisamente por eso mantiene ese silencio tan propio del campo burgalés.
Llegar hasta aquí
Lo habitual es pasar primero por Aranda y desde allí continuar por carreteras comarcales que atraviesan viñedos y campos abiertos. El último tramo ya discurre por vías locales, estrechas y tranquilas, donde es normal cruzarse con maquinaria agrícola más que con coches.
Ese último tramo, con las viñas a ambos lados y el horizonte ancho del páramo, ya da una pista bastante clara: un pueblo pequeño, pegado a la tierra, donde el tiempo parece avanzar a otro ritmo.