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sobre Condado de Castilnovo
Municipio formado por varios núcleos; destaca su impresionante castillo medieval habitado
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Hay pueblos que aparecen de golpe, como cuando conduces por una carretera secundaria y de pronto ves cuatro tejados y una torre asomando entre los campos. Condado de Castilnovo es un poco así. Una aldea de unos setenta habitantes, en plena meseta segoviana, a alrededor de mil metros de altura, rodeada de cereal y con manchas de pino aquí y allá. De esos sitios donde el silencio no es una pose turística: simplemente es lo que hay.
La primera impresión es que el tiempo aquí va a otra velocidad. El pueblo mantiene el aire de antiguo lugar señorial —el nombre ya suena a documento medieval— y el trazado no ha cambiado demasiado con los siglos. Calles estrechas, casas de piedra mezclada con madera y construcciones que se adaptan a la pendiente sin demasiadas manías urbanísticas. Al caminar despacio empiezas a fijarte en los detalles: un dintel gastado, un corral pegado a la vivienda, una puerta grande que seguramente vio pasar carros cargados de grano.
Desde algunos puntos del caserío se abren vistas largas, muy de esta parte de Castilla. Campos cultivados, encinas sueltas y pequeños pinares. Hacia el norte el terreno empieza a ondular hasta las primeras zonas que anuncian las Hoces del Duratón; hacia el sur, cuando el día está claro, se adivina la silueta lejana de la sierra de Guadarrama.
Qué descubrir caminando en Condado de Castilnovo
Condado de Castilnovo no funciona como esos pueblos que se recorren tachando monumentos en una lista. Aquí el interés está más en el conjunto que en una pieza concreta.
La iglesia de San Bartolomé ocupa el centro del pueblo. No es grande, pero la espadaña sencilla y algunos elementos de la fábrica apuntan a una construcción antigua, probablemente de la Edad Moderna. Es el tipo de iglesia que lleva siglos viendo lo mismo: campos alrededor, vecinos entrando y saliendo, y poco más.
El resto del paseo tiene más que ver con mirar cómo está hecho el pueblo. Casas de mampostería, entramados de madera en algunas fachadas, corrales y pajares todavía pegados a las viviendas. En varias zonas se intuyen bodegas excavadas o espacios semienterrados que formaban parte de la vida agrícola de antes.
Tampoco hay muchas calles para perderse: un par de ejes principales y algunos ramales que se adaptan al terreno. En media hora lo has recorrido entero, pero lo interesante es ir sin prisa, como cuando paseas por el pueblo de un amigo y te va contando para qué servía cada cosa.
Cómo aprovechar tu visita sin complicaciones
Alrededor del pueblo salen varios caminos agrícolas. No son rutas señalizadas al estilo de parque natural, sino caminos de los de toda la vida: pistas de tierra entre parcelas, algún tramo con pinos y pequeñas lomas desde las que se ve el paisaje abierto de la comarca de Sepúlveda.
Si te gusta caminar sin demasiada planificación, este tipo de entorno funciona bien. Avanzas un rato entre campos, llegas a una fuente vieja o a los restos de algún corral, y sigues. Nada espectacular, pero bastante agradable si lo que buscas es desconectar un poco del ruido.
El cielo también da juego. En los campos abiertos es fácil ver rapaces planeando: milanos, cernícalos y otras aves que aprovechan las corrientes sobre los cultivos. Con unos prismáticos y un poco de paciencia se pasa un buen rato mirando hacia arriba.
En otoño, como ocurre en muchos pinares de la zona, suele haber gente pendiente de las setas. Siempre con cuidado y respetando las normas de recolección, porque en estos temas la experiencia cuenta mucho y no todo lo que sale del suelo acaba en la sartén.
Tradiciones que aún se mantienen
Las fiestas del pueblo giran alrededor de San Bartolomé y tradicionalmente se celebran hacia finales de agosto. No esperes escenarios ni programas interminables. Más bien procesiones sencillas, vecinos reunidos en la plaza y comidas compartidas.
Es el tipo de celebración que todavía conserva bastante de lo que fueron las fiestas de los pueblos durante generaciones: menos espectáculo y más encuentro entre la gente que vive allí o que vuelve unos días en verano.
Condado de Castilnovo, al final, es uno de esos lugares pequeños de la provincia de Segovia donde no pasa gran cosa… y quizá esa sea precisamente la gracia. Un caserío discreto, campos alrededor y la sensación de que el paisaje sigue marcando el ritmo del pueblo. Si te gusta entender cómo son de verdad estos rincones de la meseta, pasar por aquí tiene bastante sentido.