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sobre Encinas
Pequeña localidad tranquila; destaca por su arquitectura tradicional y entorno de encinares
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Pensar en Encinas, un pueblo de Segovia con apenas cuarenta vecinos, es un poco como cuando pasas por esas carreteras secundarias donde parece que alguien ha bajado el volumen del mundo. Sales del coche y lo primero que notas es eso: silencio de verdad. No el silencio de ciudad a las tres de la mañana, sino el de campo abierto, con el viento moviendo las encinas y algún pájaro cruzando el cielo.
Encinas está en la comarca de Sepúlveda, en un altiplano donde el paisaje no cambia demasiado de una estación a otra. Encinas, campos de cultivo, algún camino que se pierde hacia el horizonte. Es un sitio pequeño incluso para los estándares de la zona, de esos donde en diez minutos ya sabes por dónde va cada calle.
Las casas siguen el patrón que se ve por muchos pueblos de esta parte de Segovia: piedra caliza, algo de adobe y muros gruesos que parecen hechos para aguantar inviernos largos. Algunas conservan puertas de madera bastante antiguas y ventanas pequeñas, pensadas más para proteger del frío que para dejar entrar la luz.
No es un pueblo preparado para el turismo. Y dicho así, suena casi mejor.
La iglesia y el caserío
El edificio que marca el perfil del pueblo es la iglesia parroquial de San Pedro. La construcción actual suele situarse hacia finales del siglo XVI, aunque se cree que antes hubo aquí una pequeña iglesia románica. No es un templo grande ni especialmente ornamentado, pero en pueblos así suele ser el punto alrededor del que ha girado todo durante siglos.
Alrededor de la iglesia se organiza el caserío, con una calle principal donde se agrupan la mayoría de las viviendas. Pasear por ahí es rápido: en un rato ves los corrales antiguos, alguna nave agrícola y las casas más viejas, muchas todavía con esa mezcla de piedra y madera típica de la zona.
Si te gustan los pueblos muy tranquilos, de los que no tienen ni tienda ni movimiento diario, este es exactamente ese tipo de sitio.
El paisaje alrededor de Encinas
Lo interesante de Encinas no está solo en el pueblo, sino en lo que lo rodea. Las parameras que lo envuelven tienen ese aspecto abierto de la meseta segoviana: encinas dispersas, campos de cereal y caminos agrícolas que se cruzan entre sí.
Caminar por aquí es bastante sencillo porque el terreno es suave. No hay grandes desniveles, así que basta con seguir algún camino de tierra y dejar que el paisaje vaya apareciendo poco a poco. En días claros, la vista se alarga bastante y hacia el norte se intuyen las sierras de Ayllón.
Si te gusta mirar el cielo, merece la pena parar un momento. Es habitual ver buitres leonados aprovechando las corrientes de aire y, con algo de suerte, otras rapaces más pequeñas moviéndose por los encinares.
Comer y moverse por la zona
En Encinas no hay bares ni restaurantes, así que si te entra hambre tocará coger el coche y acercarte a alguno de los pueblos de alrededor. En esta parte de Segovia lo normal es encontrar cocina muy de cuchara: legumbres, guisos contundentes y, cuando toca temporada, platos con setas de la zona.
Por eso Encinas funciona mejor como parada breve dentro de una ruta por la comarca de Sepúlveda. Llegas, paseas un rato, miras el paisaje y sigues hacia otros pueblos cercanos donde sí hay más movimiento.
Mi consejo es sencillo: ven sin prisa y sin esperar “cosas que ver”. Encinas se entiende mejor como pausa que como destino.
Verano y reuniones de vecinos
Como en muchos pueblos pequeños, el momento en que Encinas parece despertar un poco suele ser agosto. Es cuando vuelven vecinos que viven fuera y se organizan celebraciones alrededor del patrón o reuniones en la plaza.
No esperes fiestas grandes ni escenarios montados. Más bien cenas largas al aire libre, gente charlando hasta tarde y ese ambiente de pueblo donde todo el mundo se conoce.
Al final, Encinas tiene algo que cada vez se ve menos: un lugar donde el tiempo pasa despacio y nadie parece tener prisa por cambiarlo. Si llegas con esa idea en la cabeza, probablemente lo entiendas a la primera.