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sobre Sotillo
Aldea cercana al Duratón; conserva arquitectura tradicional y calma
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¿Sabes cuando pasas por un pueblo tan pequeño que piensas: “aquí, si aparco el coche cinco minutos, ya lo he visto entero”? Pues con el turismo en Sotillo pasa algo parecido… y aun así merece la parada. Está en la comarca de Sepúlveda, en plena Castilla y León, y apenas viven aquí unas treinta personas. El paisaje manda más que el propio pueblo: campos abiertos, horizonte largo y esa sensación de que el tiempo va a otra velocidad.
Sotillo no intenta parecer más de lo que es. Un puñado de casas agrupadas, muchas de piedra caliza y adobe, tejados de teja árabe que ya han visto unas cuantas décadas, y calles cortas que prácticamente se recorren sin darte cuenta. No hay grandes rodeos: entras, das una vuelta y enseguida tienes claro cómo funciona el lugar.
La iglesia parroquial de la Natividad marca el centro del pueblo. La espadaña sobresale por encima de las casas y se ve desde los campos de alrededor. Normalmente está cerrada; en pueblos tan pequeños suele abrirse solo en celebraciones concretas o si coincide que algún vecino tiene la llave y se anima a enseñarla.
Un paisaje de páramo, sin adornos
Lo que de verdad define a Sotillo está alrededor. Los páramos segovianos se extienden en todas direcciones, con ese aspecto seco y amplio que cambia bastante según la época del año. En verano domina el amarillo de los cereales ya segados; en primavera aparecen verdes intensos durante unas semanas; en otoño el campo se vuelve más apagado.
Aquí la agricultura sigue muy presente. Cebada, avena, algunas parcelas para ganado… nada que llame la atención si vienes de zonas rurales, pero sí ese tipo de paisaje que explica bien cómo se ha vivido en esta parte de Segovia durante generaciones.
No esperes bosques cerrados ni rutas señalizadas cada pocos metros. El terreno es abierto y directo, como si alguien hubiese quitado todo lo superfluo.
Cerca de las Hoces del Duratón
Uno de los motivos por los que mucha gente acaba pasando por aquí es la cercanía al Parque Natural de las Hoces del Río Duratón. Sotillo queda a pocos kilómetros, así que en diez o quince minutos de coche puedes estar ya en las zonas donde arrancan las sendas más conocidas.
Las hoces son otro mundo: paredes de roca, el río encajonado y los buitres leonados planeando casi sin mover las alas. Si vienes por esta zona, suele tener sentido combinar ambas cosas: una mañana o una tarde en el parque y luego acercarte a alguno de los pueblos de alrededor.
Caminos rurales para andar sin prisa
Alrededor de Sotillo salen caminos agrícolas que usan todavía agricultores y ganaderos. Algunos siguen trazados antiguos que durante años sirvieron para mover ganado o ir de una parcela a otra.
No están pensados como rutas turísticas, así que conviene ir con mapa o con alguna aplicación básica de GPS. A cambio, tienes kilómetros de campo prácticamente vacío. Si te gusta caminar sin cruzarte con casi nadie, este tipo de terreno tiene su punto.
También es buena zona para fijarse en las aves. En estos páramos es relativamente habitual ver milanos, aguiluchos o rapaces pequeñas buscando presas a ras de suelo, sobre todo a primera hora o cuando empieza a caer la tarde.
Comer por la zona
En el propio Sotillo no hay demasiados servicios, algo lógico con tan pocos habitantes. Lo habitual es moverse a pueblos cercanos si buscas dónde comer.
Por esta parte de Segovia lo que manda suele ser el lechazo asado, embutidos curados en la zona y platos de cuchara sencillos: legumbres, sopas contundentes y cosas pensadas para jornadas largas de campo.
Pueblos cerca que sí merecen desvío
Sotillo funciona más como parada tranquila dentro de una ruta por la zona. A poca distancia tienes lugares con más movimiento como Sepúlveda o Pedraza, dos de los pueblos más conocidos de la provincia.
Lo bueno es que aquí el ambiente es justo el contrario: silencio, pocas casas y vida muy pausada. Después de ver sitios más concurridos, llegar a un lugar así se siente un poco como bajar el volumen del día.
Las fiestas y el regreso de los que se fueron
En verano el pueblo suele animarse más. Muchos vecinos que viven fuera vuelven unos días y se celebran las fiestas patronales, tradicionalmente dedicadas a San Sebastián, normalmente en agosto. Son jornadas sencillas: procesión, música y reuniones que duran hasta tarde en las plazas o en los patios.
El resto del año Sotillo vuelve a su ritmo habitual. Conversaciones tranquilas, trabajos del campo y esa sensación de repetición tranquila que tienen muchos pueblos pequeños.
No es un destino al que vengas buscando monumentos o una lista larga de cosas que hacer. Sotillo es más bien una pausa breve en medio del paisaje segoviano. Paras, caminas un poco, miras alrededor… y sigues ruta. A veces eso es todo lo que hace falta.