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sobre Casasola
Pueblo de alta montaña en la Sierra de Ávila; entorno agreste y ganadero con mucha tranquilidad
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A las ocho de la mañana, cuando el aire todavía baja frío desde la Sierra de Ávila, el silencio de Casasola sólo lo rompen los mirlos y algún portón que se abre despacio. En un lugar tan pequeño —apenas 67 vecinos censados— el turismo en Casasola no empieza con un monumento ni con un cartel, sino con esa luz baja que entra entre los robles y cae sobre las paredes de granito. A esa hora suele oler a leña, incluso en días templados, y el pueblo parece moverse con la calma de quien no tiene prisa por empezar el día.
Las casas siguen la pendiente sin orden aparente. Muros de piedra gruesa, dinteles de madera ya oscurecida por los inviernos, pequeñas huertas pegadas a las fachadas. En verano se oyen gallinas detrás de los cercados y se ven tomates madurando en tablas apoyadas al sol. No todo está asfaltado ni alineado: hay tramos de calle que son más bien camino, con tierra compacta y alguna piedra suelta.
La iglesia y el centro del pueblo
La iglesia parroquial, dedicada a San Juan Bautista, sobresale ligeramente sobre el resto del caserío. No es grande, pero se reconoce enseguida por el campanario y por los muros gruesos de piedra. La puerta suele permanecer cerrada buena parte del tiempo, algo habitual en pueblos tan pequeños. Cuando se abre —normalmente en celebraciones o cuando pasa el cura por la zona— el interior es sobrio: bancos de madera gastados y una penumbra fresca que contrasta con la luz dura del exterior.
Alrededor se concentra el pequeño núcleo del pueblo. Aquí es donde a media mañana se cruzan los pocos coches que entran o salen y donde a veces se ve a los vecinos charlando apoyados en una pared al sol.
Caminos que salen hacia la Sierra de Ávila
Lo más interesante de Casasola está en los alrededores inmediatos. Desde el borde del pueblo salen caminos antiguos que conectan con otros núcleos pequeños de la sierra o con antiguas zonas de pasto. No siempre están señalizados, y en algunos tramos la hierba acaba estrechando el paso.
Los prados se abren entre manchas de roble y matorral bajo. En invierno el paisaje se vuelve grisáceo y austero; en otoño aparecen tonos más cálidos, sobre todo al final de la tarde. A veces se ven corzos cruzando rápido entre los árboles, y no es raro escuchar rapaces cuando el viento está en calma.
Si vas a caminar por la zona, conviene llevar un mapa o el recorrido cargado en el móvil. Aquí las distancias muchas veces se explican de otra manera: “media mañana hasta el collado” o “una hora larga hasta la fuente”.
Primavera, setas y silencio
Con la primavera los prados cambian bastante. Aparecen flores silvestres en los bordes de los caminos y el suelo del bosque se vuelve más blando. En algunas temporadas también salen setas en los alrededores, algo que la gente de la zona conoce bien.
Si te interesa la recolección, hay que hacerlo con cuidado: cesta, navaja y sólo especies que se reconozcan sin dudas. En muchas zonas de Castilla y León la recogida está regulada, así que conviene informarse antes de empezar.
Para quien prefiere simplemente caminar o observar aves, las primeras horas del día suelen ser las más tranquilas. Después del mediodía el viento de la sierra a veces levanta y el campo cambia de sonido.
Comida de la sierra
Casasola no tiene vida comercial como otros pueblos más grandes. Lo habitual es comer en localidades cercanas o en alojamientos rurales de la comarca. La cocina de esta parte de Ávila gira mucho alrededor de platos contundentes: judías, carnes de ternera de la zona, cabrito o embutidos curados durante el invierno.
Son comidas pensadas para días largos de campo y frío en la calle.
Cuándo acercarse
En agosto el pueblo cambia algo de ritmo. Se celebran las fiestas dedicadas a San Juan Bautista y regresan muchos vecinos que pasan el resto del año fuera. Hay más movimiento, más coches aparcados y conversaciones hasta tarde en la calle.
Si prefieres ver Casasola en su versión más tranquila, cualquier día entre semana en primavera u otoño funciona mejor. A primera hora de la mañana o al caer la tarde la sierra vuelve a quedarse casi en silencio, y el pueblo recupera ese ritmo lento que aquí parece lo normal.