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sobre Sanchorreja
En la Sierra de Ávila; famoso por el Castro de los Castillejos (vetón)
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A las afueras del pueblo, en un día claro de otoño, el silencio se cuela entre los muros de piedra del castro. Desde el borde del yacimiento, la vista recorre las lomas suaves que rodean Sanchorreja, salpicadas de encinas y praderas donde todavía quedan tallos secos del verano. Cuando sopla algo de viento, las hierbas rascan unas con otras y el sonido se mezcla con el crujido de las piedras bajo los pasos.
Sanchorreja es pequeño incluso para los estándares de la Sierra de Ávila. Apenas unas calles, casas de granito con teja rojiza y huertas cercadas que miran al campo abierto. A media mañana, cuando el sol empieza a calentar, suele verse a los vecinos charlando en las puertas o moviéndose despacio entre corrales y pequeños huertos. El ritmo aquí no cambia mucho entre semana y fin de semana: el paisaje marca el paso.
El castro vetón sobre las lomas
La clave para entender Sanchorreja está en su castro vetón. Se levanta en una elevación baja, lo suficiente para dominar las lomas cercanas sin convertirse en un lugar abrupto. La muralla sigue la forma natural del terreno y se adapta a los grandes bloques de granito que asoman por todas partes.
No todo ha llegado entero hasta hoy, pero todavía se distinguen estructuras de viviendas y espacios que debieron de funcionar como corrales o zonas de trabajo. Al caminar entre ellas, el suelo está cubierto de fragmentos de piedra y pequeñas irregularidades que obligan a mirar dónde se pisa.
Cerca aparecen también los verracos, esas esculturas zoomorfas talladas en granito que se repiten por muchas zonas vetonas. Son figuras macizas, casi esquemáticas, con algo de animal y algo de símbolo territorial. A cierta hora de la tarde, cuando la luz baja y la piedra se vuelve más dorada, destacan mucho más sobre el terreno.
El pueblo: granito, viento y silencio
En el centro del pueblo se levanta la iglesia parroquial, una construcción sobria de piedra gruesa. No hay grandes adornos. El edificio parece pensado para resistir inviernos largos más que para llamar la atención.
Alrededor, las casas mantienen el mismo lenguaje: muros de granito, portones de madera, pequeñas cuadras o corrales pegados a las viviendas. Muchas tienen delante un banco o una silla baja donde sentarse al sol en los días fríos.
El viento suele aparecer sin avisar en esta zona de la sierra. Incluso en días despejados se nota cómo atraviesa las calles abiertas del pueblo y mueve las ramas de las encinas cercanas.
Caminar alrededor del castro
Los alrededores se recorren bien a pie. Hay senderos de tierra que rodean el cerro del castro y se abren hacia las dehesas cercanas. No son rutas señalizadas de forma estricta; más bien caminos de paso que usan también los ganaderos.
La vuelta completa al cerro no tiene gran dificultad, aunque conviene llevar calzado cómodo porque el terreno es irregular y hay bastante piedra suelta. Desde distintos puntos aparecen vistas distintas del yacimiento y del mosaico de encinas y pastos que forma la Sierra de Ávila.
Si se camina con calma, es fácil ver aves rapaces aprovechando las corrientes de aire. Buitres y, a veces, alguna águila cruzan el cielo en círculos amplios. Con unos prismáticos sencillos se aprecian mucho mejor.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por la zona. En verano el sol cae con fuerza y apenas hay sombra fuera de las encinas. En invierno, el viento y el frío se dejan notar.
Conviene traer agua y algo de comida si se piensa pasar un rato largo por el castro o los caminos cercanos. En el pueblo no siempre hay servicios abiertos de forma continua, algo habitual en municipios tan pequeños.
Las fiestas principales se concentran en agosto, cuando muchos vecinos que viven fuera regresan unos días. También se mantiene la tradición de San Antón en enero, vinculada al mundo rural y a los animales.
Cómo llegar
Para llegar a Sanchorreja desde Ávila hay que recorrer unos cuarenta kilómetros por la carretera AV‑500. La vía serpentea entre montes bajos, dehesas y pequeños pueblos de la sierra. No es una carretera rápida, pero el paisaje va cambiando poco a poco y prepara bien la llegada a un lugar donde todo ocurre más despacio.
Cuando cae la tarde y el cielo empieza a oscurecer sobre las encinas, el castro queda en silencio otra vez. Solo el viento y alguna rapaz tardía cruzando el cielo. Aquí la noche llega sin ruido. Y se nota.