Artículo completo
sobre Valdecasa
Pueblo alto de la sierra; destaca por sus vistas y el entorno de piornales
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las siete de la mañana, el granito de las fachadas en Valdecasa todavía está frío. El sol tarda en superar las lomas de la Sierra de Ávila y el pueblo suena a cosas pequeñas: el golpe seco de una cancela, algún cencerro que se mueve despacio y el viento pasando entre las encinas. Las calles están casi vacías. El turismo en Valdecasa tiene algo de esto: llegar sin prisa y aceptar el ritmo que ya estaba aquí antes.
Se asienta a más de 1.300 metros. Las casas son de piedra granítica, con portones de madera oscurecida por los años y balcones sencillos donde a veces cuelga ropa tendida que se mueve con el aire de la montaña. No hay tráfico ni tiendas abiertas a cada paso. Lo que se ve son corrales, alguna nave ganadera en las afueras y parcelas cercadas con muros de piedra seca, el color del pan ácimo. La vida sigue bastante ligada al campo; la ganadería —sobre todo vacas y ovejas— marca el calendario, junto con pequeños huertos que en julio se llenan del verde intenso de las judías.
La iglesia y el silencio de la plaza
En el centro está la iglesia parroquial, dedicada a Santa María Magdalena. Es un edificio sobrio, de granito como casi todo, con una espadaña que se recorta con facilidad contra el cielo cuando el día está despejado. La plaza que la rodea no es grande. A media tarde suele quedarse en silencio, salvo por alguna conversación corta entre vecinos o el chirrido de una bisagra. Es uno de esos lugares donde basta sentarse un rato en un poyo frío para entender cómo funciona el pueblo: con pausa.
Los caminos de tierra
Lo mejor está en los alrededores inmediatos. Basta salir por cualquiera de las calles que bajan hacia las afueras para encontrarse con caminos de tierra que atraviesan prados y manchas de encina.
No son rutas señalizadas al estilo de los parques naturales. Son caminos de uso agrícola y ganadero, algunos con rodadas de tractor y otros apenas marcados por el paso del ganado. Si te gusta caminar, conviene llevar el recorrido pensado o usar un mapa básico, porque varias pistas se cruzan y se pierden entre fincas. En días claros las vistas se abren: lomas redondeadas, afloramientos de granito y pastos donde el viento corre sin obstáculos, dejando un rumor constante. No es raro ver buitres planeando alto ni encontrar huellas recientes de jabalí en los tramos más húmedos, donde la tierra huele a humedad y raíz.
En otoño, los pinares cercanos atraen a gente que sale a buscar setas. La norma es sencilla: conocer bien lo que se recoge y respetar los terrenos privados, que en muchos casos están delimitados por muros bajos.
Comer y abastecerse
Valdecasa es un pueblo muy pequeño y los servicios son escasos. Lo normal es que quien venga traiga comida o compre antes en localidades más grandes de la zona, como Piedrahíta o Hoyos del Espino.
La cocina de estas sierras gira alrededor de productos sencillos: carne de vaca o cordero, patatas de huerta y legumbres que se guardan durante meses. En muchas casas todavía se cocinan guisos largos y platos de cuchara pensados para el frío de la altitud, donde al anochecer la temperatura cae en picado.
Cuándo venir
Primavera y principios de otoño suelen ser los momentos más agradables. Los prados están verdes, el aire es claro y caminar por los caminos resulta fácil, sin el barro invernal ni el sol intenso del verano.
En invierno la sierra cambia bastante. El frío aprieta, las heladas son frecuentes y algunas mañanas el pueblo amanece cubierto de una escarcha blanca y crujiente. Si vas a venir en esa época conviene mirar el tiempo antes de salir; las carreteras comarcales pueden tener placas de hielo en las horas tempranas.
Llegar
Desde la ciudad de Ávila el trayecto ronda la media hora larga por carreteras secundarias que suben poco a poco hacia la sierra. Son vías tranquilas, con curvas suaves y tramos donde el paisaje se abre mucho, mostrando un horizonte de lomas sucesivas.
Conviene llegar con el depósito lleno y la compra hecha. Una vez en el pueblo, lo habitual es aparcar cerca de la entrada o en alguna de las calles más anchas —la que baja hacia el lavadero suele tener sitio— y moverse andando.
Valdecasa no funciona como un destino turístico al uso. Es, más bien, un lugar donde pasar unas horas caminando, escuchar el silencio áspero de la sierra y ver cómo se mantiene un pueblo pequeño en una de las zonas menos transitadas de la provincia. Aquí eso ya es bastante.