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sobre Lagunilla
Municipio en la ladera con microclima y producción de aceite y cerezas
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A primera hora, cuando el sol todavía tarda en pasar por encima de la sierra, las calles de Lagunilla están casi en silencio. Solo se oye algún gallo a lo lejos y el roce de las escobas contra la piedra en alguna puerta. En este pequeño municipio de la Sierra de Béjar, el turismo en Lagunilla no tiene nada que ver con carteles ni colas: lo que hay es un pueblo que sigue funcionando a su ritmo, con poco más de cuatrocientas personas viviendo entre casas de piedra y corrales donde todavía se ven vacas o gallinas.
Las calles son estrechas, con tramos de tierra y otros de piedra irregular que obligan a caminar despacio. Algunas fachadas tienen el granito oscurecido por la humedad y el musgo, y muchas puertas conservan maderas gruesas, de las que pesan al empujarlas. La iglesia parroquial aparece de repente en una pequeña plaza, sobria, construida con mampostería y bloques de granito. No siempre está abierta; entre semana lo habitual es encontrar la puerta cerrada y el interior en silencio. Aun así, el edificio sigue siendo punto de reunión en fiestas del calendario agrícola, como suele ocurrir en mayo con las celebraciones ligadas al campo.
Paseando sin rumbo se ve enseguida cómo fue —y en parte sigue siendo— la vida aquí. Muchas casas mantienen la cuadra en la planta baja o un pajar en la parte trasera. Algunas ventanas tienen macetas viejas, otras apenas una cortina fina que deja pasar la luz de la tarde. De vez en cuando aparece un corral con ganado o un tractor aparcado junto a un muro de piedra seca.
Alrededor del pueblo el paisaje cambia rápido. Los prados se abren entre manchas de castaños y robles, y en las zonas más húmedas el suelo huele a hojas mojadas gran parte del año. En otoño ese olor se vuelve más intenso: castañas en el suelo, erizos abiertos y senderos cubiertos de hojas marrones que crujen al pisarlas.
Caminar alrededor del pueblo
Lagunilla no tiene una red clara de rutas señalizadas. Lo normal es salir por cualquiera de los caminos agrícolas que nacen en el borde del pueblo y seguirlos mientras el terreno lo permita. Algunos bajan hacia arroyos estrechos que corren entre alisos; otros suben poco a poco hacia prados más abiertos desde donde se ve parte de la sierra.
Si madrugas es fácil ver movimiento en el cielo: milanos, buitres o algún halcón aprovechando las corrientes de aire que suben por la ladera. En otoño también aparecen setas en los bordes del bosque, aunque conviene tener experiencia antes de recoger nada y respetar las normas que pueda haber en la zona.
Desde aquí salen caminos que comunican con otros pueblos de la sierra, como Navacarros o Valdesangil. No son trayectos complicados, pero la señalización es escasa. Llevar un mapa o el móvil con el recorrido cargado evita dar más vueltas de la cuenta.
Lo que se come en las casas
La cocina local gira alrededor de lo que se ha criado o cultivado cerca. En muchas mesas siguen apareciendo platos de cuchara cuando aprieta el frío, carnes de cordero o cabrito en días señalados y embutidos curados durante el invierno. También es habitual encontrar miel oscura de la zona o quesos sencillos hechos con leche cercana.
No es una cocina de presentación cuidada: es comida pensada para llenar después de una jornada larga fuera.
Cuándo acercarse
El pueblo cambia bastante según la época. En otoño los castañares están en su mejor momento y el aire huele a madera húmeda. En invierno las noches son muy oscuras y el frío se nota en cuanto cae el sol, pero el cielo suele verse limpio, lleno de estrellas.
Si vienes en verano, merece la pena hacerlo temprano o al final de la tarde. A mediodía el calor aprieta incluso a esta altura, y las calles quedan casi vacías.
Lagunilla no es un sitio de grandes planes ni de horarios cerrados. Se entiende mejor caminando despacio, escuchando el sonido del viento entre los árboles y mirando cómo cambia la luz en los muros de piedra a lo largo del día. Aquí lo interesante no es lo que pasa, sino el ritmo al que pasan las cosas.