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sobre Navacarros
Localidad en la ruta hacia La Covatilla; turismo de nieve y montaña
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La escarcha blanquea los tejados de pizarra y el aire corta. Son las ocho de la mañana y desde la iglesia de San Juan llegan las campanadas, seguidas del ruido metálico de un cierre de corral. Así empieza el día aquí, sin carteles que lo anuncien. Navacarros funciona a su ritmo, un pueblo de piedra a más de mil cien metros, pegado a la ladera norte de la Sierra de Béjar.
La altitud marca todo. En primavera, el verde del robledal tarda en afirmarse, como si dudara. En otoño, los castaños sueltan una alfombra de hojas que cruje bajo las botas. El invierno trae nieve que puede dejar los caminos bloqueados unos días. En julio, el sol del mediodía calienta la piedra de las fachadas, pero al anochecer vuelve a refrescar y se nota la sierra cerca.
Un casco compacto, de piedra y pizarra
Desde la plaza, las calles bajan estrechas entre casas de mampostería. La pizarra está en los tejados y también asoma en algunos muros laterales. Se ven balcones de madera oscurecida por la humedad y chimeneas anchas, construidas para inviernos largos.
La iglesia de San Juan Bautista es de piedra clara, con un campanario cuadrado. Los domingos por la mañana, después de misa, un grupo de vecinos se queda un rato en la plaza hablando. Es uno de los pocos momentos en que se junta gente.
Pasear por el pueblo lleva poco rato, pero conviene hacerlo sin prisa. Algunas calles terminan en un corral vacío o un huerto; otras se convierten directamente en camino hacia el monte.
Senderos que salen del pueblo
A diez minutos andando desde las últimas casas empiezan las veredas que suben por la ladera. Una lleva a un alto que llaman el mirador del Castillo. No hay valla ni panel, solo un claro entre los árboles desde donde se dibujan las cumbres más altas de la sierra y los barrancos cubiertos de maleza.
Los arroyos bajan de allí y pasan cerca. En sus orillas crece musgo y hierba espesa, incluso en agosto. Si vas en octubre, los colores se fragmentan: verde oscuro bajo las sombras, amarillo pálido en los claros, cobre bajo los castaños.
Hay caminos antiguos que comunicaban con La Calzada o El Cerro. Son pistas anchas al principio, pero luego pueden estrecharse o perderse al pasar por una finca. Preguntar a alguien del pueblo antes de salir ahorra tiempo.
Setas y señales en el bosque
Con las primeras lluvias de septiembre, aparecen coches aparcados junto a los caminos forestales. Es gente del pueblo que sale a buscar setas. La recolección tiene su normativa aquí y nadie baja la guardia con lo que se lleva a la cocina.
Los animales se notan más que se ven. A veces, al amanecer, un corzo cruza rápido un claro del bosque. Las huellas de jabalí en el barro o la tierra removida junto a las raíces son más comunes que el animal en sí.
Cocina para días fríos
La comida aquí es la de siempre: platos que calientan. Patatas revolconas con torreznos o embutido local, guisos de carne que han cocido horas. Cuando es temporada, las setas saltéadas con ajo son habituales.
Encontrar dónde comer fuera depende del día y la época. Algunos sitios solo abren ciertos fines de semana o en temporada alta, así que conviene no planear llegar a última hora.
El cambio de agosto
Las fiestas patronales son en agosto, dedicadas a San Juan Bautista. Entonces el pueblo se llena: hay procesión, música por la noche y charlas en la calle cuando refresca.
El resto del año el ritmo es otro. Entre semana, sobre todo en invierno, hay horas en las que las calles están vacías. Muchas casas permanecen cerradas hasta la tarde.
Llegar y quedarse
Navacarros está a unos setenta kilómetros de Salamanca. Los últimos tramos son carreteras secundarias que serpentean entre otros pueblos y tramos de bosque. En invierno, consultar el tiempo es necesario; la nieve o el hielo pueden complicar la subida.
Para ver el pueblo con luz buena, prueba a primera hora de la mañana o al final de la tarde. La luz rasante entra entre las casas y alarga las sombras hacia la sierra. Al mediodía muchas puertas están cerradas y solo se oye el viento.
Navacarros no vive del turismo. Es más bien un lugar tranquilo desde el que salir a andar por la sierra, o un sitio donde parar para ver cómo transcurre un día en un pueblo pequeño de montaña.