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sobre Vallejera de Riofrío
Uno de los municipios más altos; paisaje de prados y montaña
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A media mañana, en Vallejera de Riofrío, el silencio suele romperse con dos sonidos muy concretos: el crujido de los pinos cuando corre algo de aire y el hilo de agua de un arroyo que baja por debajo del pueblo. La luz entra desde el este y resbala por las fachadas de piedra oscura y las cubiertas de pizarra. Con unos 67 vecinos y a más de mil metros de altura en la vertiente norte de la Sierra de Béjar, el lugar mantiene un ritmo que se parece más al de los trabajos del campo que al de las carreteras cercanas.
Las calles son estrechas y empedradas, pensadas para caminar despacio. Muchos muros muestran marcas del agua y del frío del invierno. Hay portones gruesos de madera, corrales cerrados con piedra seca y patios donde las parras o las enredaderas dan algo de sombra en verano. En el centro queda la iglesia parroquial, pequeña, de líneas sencillas. No domina el pueblo; más bien parece acompañarlo.
Un pueblo pegado a la ladera
El entorno manda aquí. Vallejera se apoya en la ladera y mira hacia prados y pequeños cursos de agua que bajan de la sierra. En primavera los fresnos y castaños cambian de tono casi cada semana: primero un verde muy claro, luego uno más profundo cuando avanza mayo. En verano el paisaje se vuelve más oscuro y denso.
Si el día está limpio, desde las afueras del pueblo se distinguen las cumbres altas de la Sierra de Béjar, que superan con holgura los dos mil metros. A veces se ven rapaces planeando sobre los claros y, al amanecer o al caer la tarde, no es raro que algún corzo cruce los prados cercanos. Hay que moverse despacio y hablar poco para notarlos.
Caminos que salen del pueblo
Varios caminos rurales salen directamente de las últimas casas y conectan con praderas, zonas de castañar y otros pueblos de la sierra. Son pistas anchas, de las que durante siglos usaron ganaderos y carros. En verano se caminan sin dificultad; en otoño, después de varios días de lluvia, el barro aparece rápido y conviene llevar botas con suela que agarre.
La recogida de setas forma parte del calendario local cuando llegan las primeras lluvias otoñales. Es fácil ver a gente con cesta y navaja caminando por los pinares cercanos. Aun así, si no se conocen bien las especies, lo prudente es no recoger nada: en esta zona aparecen níscalos y boletus, pero también otras variedades que se parecen demasiado.
Invierno en la vertiente norte
Cuando nieva —algo que algunos inviernos ocurre varias veces— el paisaje cambia por completo. Los caminos quedan cubiertos y el sonido se vuelve más apagado. En esas semanas hay quien camina con raquetas por las pistas de la ladera, aunque siempre depende de cómo venga el invierno ese año. El frío aquí se nota: antes de salir al monte conviene mirar bien la previsión y contar con hielo en las zonas umbrías.
Comer y pasar el día
La cocina de la zona sigue siendo de plato hondo y fuego lento: legumbres, patatas meneás, carnes asadas —a menudo cabrito— y embutidos de la matanza. En pueblos tan pequeños no siempre hay servicios abiertos todo el año, sobre todo entre semana o fuera del verano. Si la idea es caminar varias horas por el monte, lo más práctico suele ser llevar algo de comida y agua desde el principio.
Cuándo acercarse
Primavera y principios de otoño suelen ser los momentos más agradecidos. En primavera los prados están muy verdes y el agua corre con fuerza por los arroyos. En otoño llegan los colores del castañar y el movimiento de los buscadores de setas.
En agosto el pueblo cambia un poco: vuelven familiares que viven fuera y se celebran las fiestas patronales. Hay más vida en las calles, más coches aparcados y conversaciones largas en las puertas de las casas. Quien prefiera ver Vallejera con más calma suele venir entre semana y fuera de esas fechas.
Vallejera de Riofrío no es un lugar de grandes monumentos. Es, más bien, un pequeño pueblo de montaña donde el paisaje se mete en las calles y donde el día se mide por la luz que entra entre los pinos y el sonido del agua bajando hacia el valle.