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sobre Linares de Riofrío
Puerta de entrada a la Sierra de Francia; conocido por sus fresas y entorno natural boscoso de la Honfría
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¿Sabes cuando llegas a un sitio y antes de ver nada ya sabes dónde estás por el olor? Con Linares de Riofrío pasa eso. Si coincide con lunes de Aguas, el olor a hornazo te pega en la cara nada más bajar del coche. Ese día medio pueblo anda con la misma logística: nevera portátil, mesa plegable y camino arriba hacia el Cerro del Buen Suceso. Y sí, hay momentos en que la cola para comprar hornazos parece la de un estreno de cine muy esperado.
La cal que salió de aquí
Linares es ese tipo de pueblo donde muchas casas tienen la misma piedra oscura que te suena de haberla visto en Salamanca capital. No es casualidad. Durante décadas aquí funcionaron varios hornos de cal y buena parte de esa piedra acabó en obras de la provincia.
Imagínate el trajín: carros subiendo y bajando cargados de piedra, humo de los hornos y gente trabajando donde hoy ves monte y senderos tranquilos. Los hornos dejaron de usarse hace ya bastantes años y hoy quedan restos, muros medio comidos por la vegetación y alguna estructura que todavía se reconoce.
Hay una ruta que enlaza varios de esos hornos entre Linares, Escurial de la Sierra y Navarredonda. Caminar por ahí tiene algo curioso: no es el típico sendero que te explica todo con paneles enormes. Aquí muchas cosas se entienden hablando con la gente mayor del pueblo, que todavía recuerda cómo funcionaba aquello.
Fresas y buena mesa, sin muchas vueltas
Si preguntas por Linares en los pueblos de alrededor, tarde o temprano saldrán dos palabras: fresas y carne.
Las fresas llevan años siendo una pequeña seña de identidad del pueblo. En temporada aparecen puestos y gente que viene a buscarlas porque saben a fresa de verdad, de las que manchan los dedos y huelen antes de probarlas.
Y luego está la carne. En esta zona de la Sierra de Francia comer bien no es ninguna rareza. Si tienes la suerte de sentarte a una mesa local —en una casa o en alguna comida de pueblo— ya sabes cómo funciona la cosa: primero llegan los embutidos, luego algo a la brasa, y cuando crees que ya está todo… todavía aparece otro plato. Es ese tipo de comida que te obliga a caminar un rato después.
Una iglesia con capas de historia
La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción tiene ese aire de edificio que ha ido cambiando con los siglos. El ábside conserva un arco románico bastante antiguo y el resto del templo se terminó más tarde, con reformas que se notan en cuanto te fijas un poco.
La espadaña, con esas bolas en las esquinas, llama la atención desde la plaza. No es enorme ni monumental, pero tiene algo curioso que hace que te quedes mirándola un rato intentando entender cómo encaja todo.
Un poco más arriba está la ermita del Buen Suceso. Mucho más sencilla: piedra, silencio y ese olor a cera y humedad que tienen las ermitas que siguen usándose de verdad. Cuando llega la romería, el cerro se llena de familias con sillas plegables y bolsas de comida. Visto desde lejos parece más una merienda colectiva que un acto solemne.
La Honfría: bosque cerrado y piernas trabajando
La ruta hacia La Honfría empieza suave y luego se pone seria. Son unos cuantos kilómetros entre ida y vuelta, con tramos de subida que se notan en las piernas.
El premio es el acebal. Hay zonas donde los árboles cierran tanto el camino que en pleno verano el ambiente se vuelve fresco y oscuro, casi como si hubieras cambiado de estación sin darte cuenta. En ese paraje se rodó hace décadas una película de Jaime de Armiñán, algo que aquí todavía se comenta de vez en cuando.
Si te animas a seguir subiendo, el Pico Cervero es el punto más alto de la zona. Desde arriba se entiende bien cómo funciona la Sierra de Francia: montañas encadenadas, pueblos agarrados a las laderas y carreteras que parecen dibujadas con paciencia.
Cómo no fastidiar tu visita
Consejo de amigo: no vengas pensando que esto es un pueblo dormido todo el año. En agosto se llena bastante, sobre todo con gente que vuelve a la casa familiar o pasa unos días en la sierra. El ambiente es más animado, pero también hay más movimiento.
La primavera suele sentarle bien al lugar. Hay agua en el monte, las fresas empiezan a aparecer y caminar por los senderos no se convierte en una pelea con el barro. En otoño los castañares cambian el color del paisaje, aunque conviene traer botas si ha llovido.
Y un detalle que funciona siempre: siéntate un rato en la plaza. Sin prisa. En pueblos como Linares de Riofrío muchas historias aparecen así, en conversación tranquila. A poco que preguntes por los antiguos hornos de cal o por cómo se vivía aquí hace décadas, alguien acaba tirando del hilo. Y cuando eso pasa, el pueblo deja de ser un sitio del mapa y empieza a tener cara y voz.