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sobre Mogarraz
Pueblo museo conocido por los retratos de sus habitantes en las fachadas; arquitectura medieval de entramado serrano
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A media mañana, cuando el sol empieza a caer de lado sobre la Plaza Mayor, las fachadas de Mogarraz muestran algo que no es habitual en otros pueblos de la Sierra de Francia: decenas de retratos mirando desde las paredes. Son caras serias, antiguas, algunas con gesto cansado, otras casi desafiantes. Están colgadas en las fachadas como si siguieran viviendo allí. Mogarraz, en la Sierra de Francia, se ha hecho conocido precisamente por esos retratos que acompañan al visitante mientras camina por sus calles.
Al salir de la plaza, donde las casas se inclinan ligeramente unas hacia otras y el ayuntamiento queda casi recogido en medio, la vista se detiene en la fachada de la antigua posada. Allí se concentran muchos de esos rostros en blanco y negro. Son fotografías inspiradas en el antiguo censo del pueblo: vecinos que estuvieron aquí cuando Mogarraz tenía mucha más vida que ahora. Con poco más de doscientas personas empadronadas, el gesto de colgar esas caras en las paredes tiene algo de recuerdo colectivo, casi de conversación silenciosa entre generaciones.
Calles de piedra y madera de castaño
El casco urbano conserva bastante bien la arquitectura tradicional de esta parte de Salamanca. Las casas combinan piedra en la planta baja y entramados de madera —muchas veces de castaño— en los pisos superiores. Algunas parecen crecer unas sobre otras, con balcones estrechos y ventanas pequeñas que ayudan a proteger del frío en invierno.
En los dinteles todavía se ven fechas grabadas y símbolos antiguos. Muchas construcciones se remontan a los siglos XVI y XVII, cuando la sierra vivía sobre todo de la ganadería, del castañar y de pequeñas huertas. Caminar por calles como la de la Iglesia o las que bajan hacia la parte más baja del pueblo tiene ese ritmo lento de los lugares donde apenas circulan coches.
El conjunto urbano lleva tiempo protegido como Conjunto Histórico. Eso se nota en que, pese a las reformas inevitables, las casas mantienen la estructura original. Conviene venir con calzado cómodo: varias calles tienen pendientes cortas pero empinadas y el suelo de piedra, sobre todo si ha llovido, puede resbalar.
Los retratos en las fachadas
La serie de fotografías que hoy identifica a Mogarraz empezó a colocarse hace algo más de una década. Las imágenes reproducen los retratos de antiguos documentos del pueblo y se distribuyen por muchas fachadas del casco histórico.
Lo curioso es cómo cambia la sensación según la hora del día. Con luz fuerte parecen simples fotografías ampliadas. Pero al atardecer, cuando las calles quedan medio vacías y las sombras alargan los balcones, los retratos adquieren otra presencia. Algunos vecinos cuentan que al principio resultaba extraño verse observados por las caras de abuelos o bisabuelos mientras cruzaban la plaza.
Hoy forman parte del paisaje del pueblo. No están concentrados en un solo lugar: aparecen en esquinas, portales y paredes laterales, así que lo normal es ir encontrándolos sin buscarlos demasiado.
Senderos entre castaños y robles
Mogarraz también sirve como punto de partida para caminar por la Sierra de Francia. Desde el propio pueblo salen senderos que conectan con otras localidades cercanas como La Alberca, Miranda del Castañar o Villanueva del Conde.
El terreno alterna castañares, robles y algunas encinas en las zonas más abiertas. En otoño el suelo suele quedar cubierto de hojas y erizos de castaña, y el aire tiene ese olor húmedo de bosque cerrado. En invierno la humedad se nota más: hay tramos de sombra donde la piedra y la tierra permanecen mojadas buena parte del día.
Si se va a caminar por la zona, conviene empezar temprano. En la sierra anochece antes de lo que parece y la niebla baja no es rara en los meses fríos.
Lo que todavía se hace aquí
En los comercios del centro es habitual encontrar productos ligados a la tradición serrana: embutidos de cerdo ibérico, quesos curados o dulces elaborados con miel y frutos secos. Son recetas muy presentes en toda la comarca.
También se mantienen algunos talleres artesanos, sobre todo relacionados con la madera o el textil. No abundan, pero forman parte de esa economía pequeña que aún sostiene a muchos pueblos de la sierra.
Agosto cambia el ritmo del pueblo
Durante buena parte del año Mogarraz se mueve despacio. Por la mañana se oye el golpe de alguna persiana, conversaciones cortas en la plaza y poco más. En agosto, sin embargo, el ambiente cambia bastante.
Las fiestas dedicadas a Nuestra Señora de las Nieves suelen reunir a muchos vecinos que viven fuera y regresan unos días. Las calles se llenan más de lo habitual y el pueblo recupera por momentos el bullicio que tuvo décadas atrás.
Quien busque ver Mogarraz con calma suele agradecer venir fuera de esas semanas. A primera hora de la mañana o al caer la tarde, cuando los visitantes ya se han ido hacia otros pueblos de la Sierra de Francia, las calles vuelven a quedarse casi en silencio y los retratos parecen observarlo todo otra vez.