Artículo completo
sobre Monforte de la Sierra
Pequeña aldea con vistas privilegiadas de la sierra y tranquilidad
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las diez de la mañana, el silencio en las calles empedradas de Monforte de la Sierra se rompe solo por el crujido de las hojas bajo los pies y el canto de algún pájaro en los huertos de abajo. Desde una terraza de pizarra y madera, la luz del invierno dibuja sombras largas en las fachadas, y el aire todavía huele a tierra húmeda y a leña. En este pueblo, donde viven alrededor de cincuenta personas durante todo el año, el tiempo se nota más en la luz que cambia sobre los tejados que en el reloj.
El turismo en Monforte de la Sierra llega casi siempre despacio, por la carretera estrecha que serpentea entre castaños. El pueblo está a unos 800 metros de altura, en la Sierra de Francia, y mantiene una arquitectura muy compacta: casas de piedra oscura, entramados de madera y tejados inclinados que en invierno suelen amanecer con escarcha. Las calles no siguen un trazado recto; se adaptan a la ladera, subiendo y bajando entre muros gruesos y portales bajos.
Alrededor, el monte se cierra en bosques de castaños, robles y algunas encinas. En otoño el suelo se cubre de hojas y erizos de castaña, y el olor a humedad se queda pegado al aire durante días. Es una zona donde las estaciones se notan mucho: el verano es seco y luminoso, el invierno largo y silencioso.
Caminar el pueblo sin prisa
Monforte se recorre rápido, pero conviene hacerlo despacio. En veinte minutos puedes haber pasado por casi todas las calles, aunque lo interesante está en los detalles: dinteles con fechas antiguas, balcones de madera oscurecida por el tiempo, alguna fuente donde todavía se oye correr el agua.
En varios puntos la calle se abre un poco y deja ver el valle. No hay grandes miradores ni paneles explicativos. Simplemente un hueco entre casas desde el que se distinguen laderas cubiertas de bosque y, al fondo, perfiles redondeados de la sierra. El Cerro de Miranda suele aparecer en el horizonte cuando el cielo está limpio.
Senderos entre castaños
Desde el pueblo salen caminos tradicionales que comunican con otras localidades de la Sierra de Francia. Muchos se utilizaron durante siglos para ir a pie o con animales entre pueblos cercanos. Hoy siguen ahí, con tramos de piedra y otros de tierra que en invierno pueden estar húmedos o resbaladizos.
Los castañares dominan buena parte del entorno. Algunos árboles son muy viejos, con troncos gruesos y huecos abiertos en la madera. En otoño mucha gente se acerca a estos montes por las setas. Conviene informarse antes y recoger con cuidado: no todas las especies son comestibles y en algunas zonas hay regulación.
Si te gusta observar aves, lo mejor es salir temprano. Sobre las laderas es frecuente ver grandes rapaces planeando —buitres y otras especies de la zona— aprovechando las corrientes de aire que suben desde el valle.
Un pueblo pequeño, con lo básico
La escala de Monforte de la Sierra es la de un pueblo muy pequeño. Los servicios son limitados y no siempre encontrarás dónde comer o dormir en el propio casco urbano. Mucha gente que visita la zona se aloja en localidades cercanas y llega aquí para pasear unas horas o recorrer algún sendero.
En la comarca siguen muy presentes platos de cocina serrana como el farinato o las patatas meneás, ligados a la tradición del cerdo y a una forma de comer contundente, pensada para jornadas largas de campo.
Cuando el pueblo se llena un poco
Durante buena parte del año las calles están tranquilas, pero en verano regresan muchos de los que tienen aquí la casa familiar. Es cuando el pueblo se anima más: se abren ventanas que han pasado meses cerradas, se oyen conversaciones en las puertas al caer la tarde y la plaza recupera movimiento.
Algunas celebraciones religiosas y reuniones vecinales siguen marcando el calendario. No son actos pensados para atraer gente de fuera, sino momentos en los que el pueblo se reconoce a sí mismo, algo bastante habitual en los pueblos pequeños de la Sierra de Francia.
Si buscas ver Monforte con calma, lo mejor suele ser venir entre semana y fuera de agosto. En esas horas silenciosas —cuando solo se oyen pasos sobre la piedra y algún perro ladrando a lo lejos— el pueblo muestra su ritmo real.