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sobre San Martín del Castañar
Conjunto histórico con castillo y plaza de toros antigua; pueblo con encanto rodeado de bosques de castaños
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Al atardecer, en la plaza Mayor, la luz entra baja entre los soportales de madera y resbala por el granito de las fachadas. A esa hora el pueblo suena poco: algún paso sobre la piedra, una puerta que se cierra, un gallo que canta desde algún corral cercano. Si uno llega entonces, el turismo en San Martín del Castañar se entiende mejor así, despacio, cuando las calles ya han soltado el calor del día.
San Martín del Castañar queda en un rincón recogido de la Sierra de Francia, a unos 50 kilómetros de Ciudad Rodrigo. Apenas supera los doscientos habitantes y se adapta a la ladera con cierta obstinación: calles que suben, giros inesperados, escalones que aparecen donde menos se espera. Las casas mezclan piedra, madera oscura y balcones que asoman sobre callejuelas estrechas. Alrededor, el monte: castaños, robles y alcornoques que en otoño cambian de color casi de un día para otro.
El casco urbano está protegido como conjunto histórico desde hace décadas, y se nota en la continuidad de las construcciones. Aquí las reformas suelen respetar la estructura antigua: muros gruesos, entramados visibles y tejados que sobresalen para proteger de la lluvia.
El castillo y la muralla
El castillo aparece casi de repente al caminar por la parte alta. Es una fortaleza de época tardomedieval ligada a la casa de Alba, con planta rectangular y torres en las esquinas. No es enorme, pero domina el perfil del pueblo con bastante claridad.
Quedan también tramos de la muralla que rodeaba el núcleo antiguo. A veces aparecen junto a una casa, otras cerca del cementerio o medio escondidos entre plantas que crecen en las grietas. No hay un recorrido marcado: lo mejor es ir encontrándolos al caminar, como piezas sueltas de una historia más larga.
La iglesia y la plaza
La iglesia de San Martín de Tours se levanta en piedra clara, con una sola nave y una portada de arco apuntado bastante sobria. Dentro suele reinar una penumbra tranquila incluso a mediodía. La madera oscura del retablo y el olor frío de la piedra crean ese ambiente que tienen muchas iglesias serranas: recogido, sin demasiados adornos.
A pocos pasos está la plaza de la Constitución. La fuente de granito ocupa el centro y los soportales todavía conservan ese aire de lugar donde se hablaba largo rato al caer la tarde. En uno de los lados se levanta la antigua escribanía, una casa robusta con entramado de madera que recuerda el papel administrativo que tuvieron estos pueblos cuando la sierra estaba mucho más poblada.
Calles que suben y bajan
La calle Mayor atraviesa el pueblo entre fachadas con escudos antiguos, balcones de hierro y aleros profundos que proyectan sombra incluso en verano. Hay puertas de madera muy gastada, algunas con herrajes antiguos, y pequeños detalles que aparecen si se camina despacio: un banco pegado a una pared, macetas alineadas en una ventana, una escalera exterior que sube a una vivienda.
No hace falta buscar un punto concreto. En San Martín del Castañar lo interesante suele aparecer al doblar cualquier esquina.
El mirador y los castañares
Desde uno de los caminos que salen del pueblo se llega al Mirador del Castañar. El valle se abre delante con una masa continua de bosque y pequeños prados delimitados por muros de piedra seca. Al atardecer la luz cae oblicua sobre las copas de los árboles y todo se vuelve más silencioso: solo hojas moviéndose y, si hay suerte, algún pájaro carpintero golpeando en la distancia.
Varios caminos forestales salen desde el propio pueblo y se internan en los castañares. Algunos paseos apenas superan un par de kilómetros; otros suben con más pendiente hacia collados desde donde, en días claros, se adivinan otras sierras cercanas.
En otoño el suelo aparece cubierto de hojas gruesas y erizos abiertos de castaña. En invierno es frecuente que la niebla se quede enganchada en las laderas durante horas.
Antes de ir
El casco antiguo tiene calles muy estrechas y con bastante pendiente. Lo habitual es dejar el coche en las zonas de aparcamiento a la entrada del pueblo y seguir a pie.
Si vienes en fines de semana de otoño —cuando el monte está en pleno cambio de color— conviene llegar pronto. A media mañana ya suele haber bastante movimiento en las calles y el silencio que tiene el pueblo al amanecer desaparece rápido.