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sobre Quintanar de la Sierra
Corazón de la comarca de Pinares; rodeado de bosques inmensos y necrópolis medievales
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Hay pueblos que funcionan como campamento base. Llegas, dejas el coche, miras alrededor y entiendes rápido que lo importante no está tanto en la plaza como en lo que rodea al pueblo. Quintanar de la Sierra, en plena Sierra de la Demanda burgalesa, juega justo a eso: un núcleo tranquilo rodeado de kilómetros de pinar.
El municipio ronda los 1.400 vecinos y vive a más de mil metros de altitud. Aquí el bosque no es paisaje de fondo. Ha marcado la economía, el oficio de mucha gente y hasta la forma de construir las casas.
Un pueblo hecho de piedra y madera
El casco urbano tiene ese aire de pueblo serrano que se ha levantado con lo que había a mano. Mucha piedra, vigas vistas y calles que suben y bajan sin demasiada lógica. No es un sitio de grandes monumentos.
La iglesia de San Cristóbal es el edificio más visible. Su origen suele situarse en la época renacentista, aunque ha tenido cambios con los siglos. Es sobria, como casi todo aquí.
Lo que más me gusta de Quintanar es que no necesita demasiada explicación. Das una vuelta, miras las fachadas, oyes algún tractor pasar y enseguida entiendes de qué va el lugar.
Los pinares que rodean Quintanar
En cuanto sales del pueblo empiezan los pinares. Y no son cuatro árboles. Son masas enormes de pino albar y silvestre que cubren lomas enteras.
Caminar por aquí tiene algo curioso. Al principio todos los caminos parecen iguales, como cuando entras en un supermercado grande y tardas un rato en orientarte. Pero en cuanto llevas media hora empiezas a reconocer claros, arroyos pequeños o pistas forestales.
Son caminos muy usados por gente que camina, corre o sale con la bici de montaña. Muchas pistas son de tierra compacta. A ratos parecen fáciles y de repente aparece una cuesta que te recuerda que estás en la Demanda.
Si madrugas un poco no es raro ver ciervos o escuchar pájaros que en la ciudad ni aparecen. Y cuando el cielo está limpio, desde algunos altos se adivina la silueta del pico San Millán, que es una de las referencias de toda esta sierra.
Una escapada cercana: la Laguna Negra
Desde Quintanar es bastante habitual acercarse hasta la zona de la Laguna Negra, ya en el entorno de los Picos de Urbión y las lagunas glaciares de Neila. Mucha gente combina ambas cosas el mismo día.
La laguna está encajada entre paredes rocosas y tiene ese aspecto oscuro que le da el nombre. No es un sitio secreto, ni mucho menos. En ciertos momentos del año hay bastante movimiento.
Aun así, cuando te alejas un poco de la orilla o subes por los senderos de alrededor, el ambiente cambia. El paisaje se vuelve más áspero y empiezas a entender por qué esta parte de la sierra siempre ha tenido fama de territorio duro.
Otoño en el monte
Si hay una época en la que los pinares se llenan de gente es el otoño. La razón está en el suelo del bosque.
Las setas aparecen en cuanto llegan las primeras lluvias y bajan las temperaturas. Mucha gente viene con cesta y navaja, aunque aquí son muy claros con el tema de permisos y normas. Conviene informarse antes de salir al monte.
Incluso si no te interesa recoger setas, el paseo merece la pena. El olor a tierra húmeda y resina es de esos que se te quedan grabados.
Comer como se come en la sierra
Después de una mañana caminando, el cuerpo pide comida seria. En esta zona de Burgos eso suele significar platos contundentes.
Es habitual encontrar cordero asado, guisos de caza cuando toca temporada y muchas recetas donde aparecen las setas del entorno. Nada sofisticado. Más bien cocina de la que se hacía para entrar en calor después de trabajar en el monte.
Un sitio para bajar el ritmo
Quintanar de la Sierra no compite con pueblos monumentales ni con cascos históricos espectaculares. Juega otra liga.
Es más bien ese tipo de lugar al que vienes a caminar entre pinos, comer bien y pasar unas horas sin ruido. Como cuando te escapas un día al campo con amigos y, al volver al coche, te das cuenta de que has pasado medio día sin mirar el móvil. Aquí eso pasa bastante.