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sobre Simancas
Villa histórica famosa mundialmente por su Archivo General en el castillo; conjunto histórico artístico
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El Pisuerga baja lento por Simancas, tan ancho aquí que por momentos parece un lago. Desde el puente medieval —de varios arcos levantados en épocas distintas, como si cada siglo hubiera añadido el suyo— se ve el castillo al fondo, cuadrado y sin concesiones. Hoy alberga el Archivo General de Simancas, instalado aquí en el siglo XVI, y esa decisión explica buena parte de la historia del lugar. Sin el río, sin el puente, sin el castillo, Simancas sería otro caserío de la llanura vallisoletana. No lo es.
De Septimanca al archivo
Los romanos llamaron Septimanca a su guarnición del Pisuerga. Quedan algunos sillares reaprovechados en los cimientos del puente, suficientes para recordar que ya entonces alguien pensó que este era un buen punto para vigilar el paso del agua y de la gente. Siglos después, en 939, Ramiro II de León y Abderramán III se enfrentaron en las cercanías en un episodio que las crónicas recuerdan como la batalla de Simancas. La meseta era entonces frontera y este tramo del río tenía valor estratégico.
El castillo actual empezó a levantarse en el siglo XV por orden del almirante de Castilla, Alonso Enríquez. No era residencia noble, sino fortaleza: muros de ladrillo, torres semicirculares y un patio de armas sobrio. A mediados del XVI la Corona decidió utilizar parte del edificio para custodiar documentación del Estado. Poco después Felipe II ordenó concentrar aquí buena parte de los papeles de la monarquía. Así nació el Archivo General de Simancas, donde se conservan legajos que abarcan desde los Reyes Católicos hasta el siglo XIX. Más que la arquitectura, lo que da valor al lugar es el contenido: siglos de administración de la monarquía hispánica guardados en pergamino y papel. El conjunto documental forma parte del programa Memoria del Mundo de la UNESCO.
El pueblo que quedó alrededor
Un archivo de esta escala necesitaba personal: escribanos, archiveros, guardianes. A su alrededor fue creciendo un pueblo ligado a esa función administrativa y a la agricultura de la vega del Pisuerga. Las casas se alinean entre el castillo y el puente, por lo general de dos plantas, con ladrillo a la vista y algún escudo en las esquinas de las fachadas más antiguas.
En la plaza de España se levanta la iglesia de San Pedro, cuya fábrica principal es del siglo XVI aunque tuvo reformas posteriores. La nave es única y el interior bastante sobrio. El retablo mayor es barroco, pero un detalle curioso está en el exterior: la peana del antiguo rollo jurisdiccional, uno de los que sobrevivieron en la provincia tras las órdenes de derribo del siglo XIX. Estas columnas servían para escenificar la autoridad judicial del lugar, algo que encaja con el papel administrativo que Simancas tuvo durante siglos.
El casco histórico fue declarado conjunto histórico en el siglo XX, en parte por esa continuidad entre el castillo, la plaza y las calles que bajan hacia el río.
Leyendas y otras dudas
Una tradición popular explica el nombre del pueblo a partir de “siete mancas”: siete doncellas que, según la leyenda, se cortaron la mano derecha para evitar un matrimonio forzado con los musulmanes. Cada verano suele representarse esta historia en la localidad, con vecinos vestidos de época y bastante participación del público.
La explicación filológica más aceptada apunta, sin embargo, al término latino Septimanca, probablemente relacionado con un asentamiento romano. Menos novelesco, pero más verosímil.
La leyenda también dio nombre a un dulce local: los pasteles de Simancas, de hojaldre y crema, que todavía se preparan en alguna pastelería del pueblo.
Caminar sin prisa
El núcleo histórico se recorre rápido, aunque conviene hacerlo despacio. Desde el castillo desciende la calle Real hacia el puente, con algo de pendiente y tramos empedrados. A mitad de camino hay un pequeño mirador sobre el río. Las cigüeñas suelen ocupar las chimeneas del archivo y los aleros de algunas casas.
El Pisuerga dibuja aquí un meandro amplio y la vega cambia mucho según la estación: verde en primavera, más seca y dorada en verano. Al atardecer, cuando el sol cae por el lado del castillo, el ladrillo se oscurece y el río refleja la luz con bastante calma.
Por Simancas pasa también el Camino de Santiago de Madrid. Cruza el puente medieval y continúa hacia el este por caminos de tierra entre campos de cultivo. Para quien quiera caminar un rato, es un buen tramo llano de la campiña del Pisuerga.
Otra opción es seguir la senda junto al río aguas abajo, donde todavía se reconocen restos de antiguos molinos.
Un pueblo que sigue siendo pueblo
Simancas no gira exclusivamente alrededor del turismo. La vida diaria la marcan el archivo, los colegios y la cercanía de Valladolid. Hay bares de barrio, tiendas básicas y poco más. El alojamiento en el propio pueblo es limitado, así que mucha gente que lo visita termina durmiendo en la capital, a pocos minutos en coche.
La comida responde bastante a la tradición de la provincia: platos sencillos de cuchara, carne de cordero en temporada y vinos de la zona.
Cómo ir y cuándo
Simancas está a pocos kilómetros de Valladolid y se llega fácilmente por carretera siguiendo el valle del Pisuerga. También suele haber trenes regionales entre Valladolid y la pequeña estación del municipio, a un paseo del centro.
El Archivo General de Simancas puede visitarse con ciertas limitaciones porque sigue siendo un centro de investigación. Normalmente conviene informarse antes o solicitar acceso si se quiere entrar al interior. El castillo, el puente y el casco histórico se recorren libremente.
Durante el verano y a comienzos de septiembre el pueblo tiene más ambiente por las fiestas locales y por la representación de la leyenda de las siete doncellas. El resto del año Simancas mantiene un ritmo tranquilo: río, ladrillo y papeles antiguos guardados tras los muros del castillo.