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sobre Sotillo de la Adrada
Centro comercial del Alto Tiétar; rodeado de montes y pinares
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Con Sotillo de la Adrada me pasó algo muy simple: paré a estirar las piernas y acabé quedándome toda la tarde. Ya sabes cómo va esto. Llegas pensando que en media hora lo tienes visto y, entre una vuelta por la plaza y un paseo que se alarga, el reloj se te va sin darte cuenta.
Sotillo está en el Valle del Tiétar, al sur de Ávila, y tiene algo raro para un pueblo de su tamaño: no parece un decorado. Hay vida de verdad. Coches que aparcan rápido, gente que entra y sale de las tiendas, vecinos hablando en corrillos. Ese tipo de sitio donde notas que aquí no están esperando al visitante; están con su día normal.
El pueblo que se comió a su vecina
La historia de Sotillo tiene un giro curioso. Durante mucho tiempo fue una aldea dependiente de La Adrada. Con los años la cosa cambió y el que acabó creciendo fue Sotillo.
En documentos antiguos aparece todavía como un lugar pequeño, pero ya en el siglo XVII consiguió el título de villa. A partir de ahí fue ganando peso en el valle. Hoy ronda los cinco mil habitantes y se nota. No es ese pueblo donde todo está parado entre semana. Aquí hay movimiento constante: chavales saliendo del instituto, coches que van y vienen de Madrid, gente que baja a comprar el pan.
Iglesia y plaza: el centro real del pueblo
La iglesia de la Santísima Trinidad lleva en pie desde el siglo XV. Por fuera es sobria, de piedra, sin grandes adornos. Por dentro mantiene ese olor a cera y madera que tienen las parroquias que siguen usándose a diario.
Muy cerca está el antiguo ayuntamiento del siglo XVIII, que hoy funciona como espacio cultural. Es una de esas cosas que dicen bastante del lugar: en vez de tirar edificios viejos, se les da otra vida.
En la plaza también verás un rollo jurisdiccional levantado en el siglo XIX. Hoy es más bien un punto de encuentro. Bancos alrededor, vecinos que se sientan a charlar y niños que pasan corriendo sin prestar mucha atención a la historia que tiene delante.
A pocos pasos sigue manando una fuente de varios caños que lleva ahí generaciones. El agua sale fría incluso cuando el verano aprieta.
El monte que da de comer
Sotillo se apoya en la ladera del valle y el monte empieza casi en cuanto sales de las últimas casas. No es paisaje de postal. Es terreno que se ha usado siempre.
En otoño aparecen castañas por todas partes y el aire huele a hoja húmeda. Caminando un poco por los senderos cercanos se ven antiguas zahúrdas, construcciones de piedra seca que servían para guardar ganado o herramientas. Algunas están medio escondidas entre jaras y robles.
Es el típico paseo que haces sin demasiada planificación. Sales del pueblo, sigues un camino y al rato ya estás en silencio, cruzándote con algún vecino que baja con leña o con el perro.
Comer aquí sigue siendo comer
Una cosa que me gusta de Sotillo es que la comida no se ha convertido en espectáculo. En muchos sitios turísticos todo gira alrededor del plato; aquí no.
Te sientas a comer y aparecen platos de cuchara, guisos contundentes, carne de la zona hecha sin demasiadas complicaciones. Patatas revolconas, judiones, chuletón cuando apetece algo más serio. Cocina de la que llena y te deja con ganas de siesta.
Y luego está el queso de cabra que se produce por esta parte del valle. De esos que huelen fuerte cuando abres el envoltorio y saben todavía mejor con un trozo de pan.
Fiestas cuando el pueblo se suelta
Las fiestas patronales suelen caer a comienzos de septiembre. Durante esos días el ritmo cambia bastante.
Hay verbenas, actividades en la calle y ese ambiente de pueblo grande donde todo el mundo acaba pasando por la plaza en algún momento de la noche. También se mantienen celebraciones tradicionales como el Corpus, cuando las calles se llenan de vegetación y el olor a romero se queda flotando en el aire.
Si vienes justo en esas fechas verás otro Sotillo, más ruidoso y más lleno.
Cuándo venir (y qué esperar)
A mí Sotillo me gusta especialmente en otoño. El monte está activo con las castañas, las temperaturas bajan un poco y el valle tiene ese tono verde oscuro que anuncia el cambio de estación.
En verano hace calor, aunque el río Tiétar queda cerca y mucha gente se acerca a refrescarse por la zona. En invierno el pueblo se queda más tranquilo y algunas mañanas aparece cubierto de niebla.
¿Merece la pena venir hasta aquí? Depende de lo que busques.
Si esperas un casco histórico enorme o monumentos uno detrás de otro, te sabrá a poco. Pero si te gusta parar en un pueblo que funciona como pueblo, caminar un rato por el monte y sentarte en la plaza sin prisa, entonces Sotillo encaja bastante bien.
A veces viajar también va de eso: llegar sin grandes expectativas y acabar pensando que deberías haber reservado un día más.