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sobre Olmillos de Castro
Municipio que incluye varias pedanías con restos arqueológicos importantes; paisaje de transición con monte y valles tranquilos
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A media mañana, cuando el sol ya rebota en la piedra clara de las casas, la plaza de Olmillos de Castro suele estar casi en silencio. A veces se oye una puerta de cochera que se abre, el roce de una escoba contra el suelo o el traqueteo de un carretillo cargado de leña. El pueblo despierta despacio, como muchos de esta parte de Zamora, donde el día todavía se organiza más por la luz que por el reloj.
Olmillos de Castro pertenece a la comarca de Tierra de Alba y ronda los 180 habitantes. El paisaje alrededor es el de la meseta zamorana más abierta: parcelas amplias, horizontes largos y un cielo que ocupa casi todo. No es un lugar de monumentos llamativos ni de rutas marcadas con carteles. Lo que hay es un caserío pequeño, muy pegado a la vida diaria, donde todavía se ven corrales en uso y pilas de leña junto a las fachadas.
El centro del pueblo y su iglesia
Las calles son cortas y algo irregulares. Algunas conservan tramos de suelo antiguo y bordillos desgastados por décadas de paso. Las casas mezclan piedra, adobe y reformas más recientes; muchas mantienen portones grandes de madera que dan acceso a patios interiores o antiguas cuadras.
La iglesia de San Salvador se levanta en el centro. No es grande, pero marca el perfil del pueblo cuando se llega por la carretera. El edificio actual parece levantado hace varios siglos —probablemente en época moderna— aunque con reformas posteriores. Dentro se conservan elementos sencillos: arcos de piedra, muros encalados y un retablo de madera oscurecida por el tiempo. En las horas centrales del día, la luz entra en diagonal por las ventanas pequeñas y dibuja franjas claras sobre el suelo.
Campos abiertos alrededor
Salir andando del casco urbano lleva enseguida al campo. No hay transición: una última casa, un corral, y después los caminos de tierra.
Aquí domina el secano. En primavera los sembrados aparecen de un verde muy vivo, especialmente después de varios días de lluvia. En verano el paisaje cambia por completo: los campos de cereal se vuelven dorados y el aire caliente trae olor a paja seca. En otoño la tierra se oscurece tras las primeras labores y el viento suele barrer la llanura sin obstáculos.
Son caminos fáciles para caminar o pedalear, aunque conviene tener en cuenta dos cosas: hay muy poca sombra y el viento puede soplar con fuerza algunos días. En julio o agosto se agradece salir temprano, antes de que el sol caiga de lleno sobre los campos.
Aves y silencio de meseta
Quien tenga algo de paciencia puede fijarse en las aves que se mueven por los cultivos y barbechos. En esta zona de la provincia todavía aparecen especies esteparias; a veces se ven avutardas o sisones en la distancia, aunque no siempre es fácil distinguirlas si no se está acostumbrado.
El mejor momento suele ser al amanecer o al atardecer, cuando el campo está más tranquilo y la luz baja resalta cualquier movimiento entre las parcelas.
Vida cotidiana y detalles que se quedan
Paseando sin rumbo aparecen pequeños gestos de la vida rural: montones de alpacas junto a una nave, gallinas sueltas en un corral, tractores aparcados en una esquina de la calle. En algunas bodegas todavía se ven portalones de madera gruesa, con las bisagras grandes de hierro.
No es raro que alguien salude desde una puerta o pregunte de dónde vienes. En pueblos de este tamaño todo el mundo se conoce y cualquier cara nueva llama la atención, aunque normalmente con curiosidad tranquila.
Fiestas y costumbres
En verano suelen celebrarse las fiestas patronales, como en la mayoría de pueblos de la zona. Son días de reunión para vecinos que viven fuera y regresan unos días: se organizan actos religiosos, comidas colectivas y actividades en la plaza. El ambiente cambia bastante respecto al resto del año, cuando el pueblo vuelve a su ritmo pausado.
En invierno todavía se mantiene en algunas familias la matanza del cerdo, más como encuentro social que como necesidad. Durante esos días el olor a humo y a pimentón se cuela por las calles, señal de que en algún patio se está trabajando la carne para embutidos y conservas.
Antes de ir
Olmillos de Castro es un pueblo pequeño y no siempre hay servicios abiertos, así que conviene llevar lo necesario o parar antes en localidades cercanas algo más grandes.
Desde Zamora capital se llega en coche en menos de una hora por carreteras comarcales que atraviesan la Tierra de Alba. No hay transporte público frecuente, por lo que lo más práctico es moverse con vehículo propio.
Si se busca el mejor momento del día, prueba a llegar al atardecer. La luz baja vuelve anaranjadas las fachadas y el campo alrededor queda en silencio. Solo se oye el viento cruzando los sembrados y, de vez en cuando, algún perro ladrando a lo lejos. Es una escena sencilla, muy de esta parte de Zamora, que explica bastante bien cómo se vive aquí.