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sobre Castilfalé
Pequeñísima localidad de Tierra de Campos; destaca por su tranquilidad y arquitectura de barro y ladrillo
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A primera hora, la plaza de Castilfalé está casi inmóvil. Huele a tierra húmeda si ha llovido durante la noche. Dos perros suelen tumbarse junto a la sombra de una encina mientras la calle principal, de tierra compactada, avanza entre casas de adobe y tapial con las esquinas redondeadas por los años. En verano se oyen alondras sobre los campos y el viento pasando por los trigales. Alguna teja cruje cuando el sol empieza a calentar.
Castilfalé tiene alrededor de 60 habitantes y queda en el corazón de Tierra de Campos, en una llanura amplia que ronda los 800 metros de altitud. El caserío es pequeño y bastante ordenado. La iglesia parroquial, dedicada a San Pedro, levanta una espadaña sencilla sobre la plaza. Dentro hay muros de piedra y madera oscurecida por el tiempo, y todavía se conservan retablos que suelen situarse en el siglo XVIII.
Calles de adobe y tapial
Las calles son rectas y cortas. Muchas viviendas tienen una o dos plantas, con muros de tierra apisonada y ventanas pequeñas que protegen del frío en invierno y del sol fuerte en julio. Aún quedan corrales y pajares en uso. Otros se están viniendo abajo poco a poco, algo frecuente en esta parte de la comarca.
Cerca del pueblo aparecen varios palomares tradicionales. Son construcciones bajas, de barro, con pequeñas aberturas en cruz o en hilera. Algunos siguen enteros; otros conservan solo los muros exteriores. Desde lejos añaden tonos ocres y rojizos al paisaje bastante uniforme de los campos.
Palomares y campos de cereal
El entorno de Castilfalé es una llanura agrícola casi continua. En primavera el cereal cubre todo de verde. A medida que avanza el verano, el color cambia hacia amarillos secos que brillan mucho al atardecer.
Entre esos campos se mueven bastantes aves esteparias. No es raro ver sisones correr entre las hierbas altas o aguiluchos cenizos planeando bajo. Las avutardas también aparecen en bandos dispersos, sobre todo en zonas más abiertas. Quien lleve prismáticos suele encontrar movimiento en el cielo o entre los rastrojos.
Caminar por los caminos
Varios caminos agrícolas salen del pueblo en todas direcciones. Con una hora andando se alcanza suficiente distancia para ver el caserío como una mancha baja en medio de la llanura. El sonido cambia rápido: el viento, el roce del cereal seco, algún tractor lejano.
La primavera suele ser el momento más agradecido para caminar por aquí. El campo está vivo y el calor aún no aprieta. Después de lluvias recientes conviene tener cuidado: la tierra arcillosa se pega a las botas y a las ruedas de la bici.
Cielo nocturno y fotografía
La luz rasante del amanecer y del atardecer marca mucho las texturas del terreno. Los surcos de los cultivos, los muros de barro de los palomares y las tejas viejas de las casas ganan relieve cuando el sol está bajo.
Por la noche el cielo se ve muy limpio. Hay poca iluminación artificial en varios kilómetros a la redonda. En noches despejadas suele distinguirse bien la franja de la Vía Láctea cruzando el horizonte.
Antes de venir
Castilfalé no tiene servicios hosteleros propios debido a su tamaño. En pueblos más grandes de la zona, a pocos kilómetros por carretera, sí es posible encontrar bares y restaurantes donde comer platos tradicionales de la comarca.
Las fiestas del pueblo suelen celebrarse en verano alrededor de San Pedro. Son días tranquilos en los que regresan familiares y antiguos vecinos. La plaza se llena más de lo habitual y el ambiente cambia durante unas jornadas. El resto del año el ritmo vuelve a ser el de siempre: lento, agrícola y muy ligado a lo que ocurra en los campos que rodean el pueblo.