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sobre Castrillo de Villavega
Situado en la vega del río Valdavia; destaca por las ruinas de su castillo y su puente sobre el río; entorno agradable.
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Hay pueblos que se entienden rápido. Paras el coche, bajas, miras alrededor y ya sabes de qué va el lugar. Castrillo de Villavega funciona un poco así. Sales a la calle y lo primero que notas es el aire abierto de Tierra de Campos: horizontes largos, silencio y ese viento que aquí parece tener turno fijo casi todo el año.
El pueblo ronda el centenar largo de vecinos y la vida sigue muy pegada al campo. Alrededor todo son parcelas de cereal que cambian de color según la estación. Verde cuando arranca la primavera. Dorado cuando llega la cosecha. Luego queda ese tono pajizo que aguanta buena parte del verano.
Aquí no hay escenografía pensada para visitantes. Las casas responden a lo que siempre se necesitó en esta parte de Castilla: muros gruesos, adobe, tapial, portones grandes para entrar con el tractor o, antes, con el carro. Muchas fachadas muestran arreglos de distintas épocas. Un remiendo aquí, una pared rehecha allá. Es la típica arquitectura que se adapta con los años en lugar de quedarse congelada.
La iglesia de San Juan Bautista domina el caserío. No siempre se puede entrar, algo bastante habitual en pueblos pequeños, pero basta rodearla para hacerse una idea del peso que tuvo en la vida del lugar. A su alrededor se organiza buena parte del núcleo.
Calles que cuentan cómo se vivía aquí
Pasear por Castrillo de Villavega es sencillo. No hay pérdida posible. Las calles son cortas y enseguida sales otra vez al campo.
De vez en cuando aparece una bodega excavada en el terreno o un corral amplio detrás de una casa. Son detalles que explican bastante bien cómo funcionaba el día a día antes de que todo se mecanizara. Animales, huerto, almacén para grano o vino hecho en casa. Todo en la misma parcela.
Si te fijas un poco, todavía quedan portones de madera viejos y paredes de adobe que han aguantado décadas de inviernos duros y veranos secos. No son piezas de museo. Simplemente siguen ahí.
Tierra de Campos alrededor
El paisaje manda. En cuanto sales del casco urbano, entras en la llanura cerealista típica de la comarca.
A mucha gente le sorprende este tipo de terreno la primera vez. Parece que no hay nada, pero cuando caminas un rato empiezas a notar los matices. Un camino agrícola que se pierde recto durante kilómetros. Alguna nave aislada. Cigüeñas moviéndose despacio sobre los campos.
Para caminar o ir en bici es terreno fácil. Pistas anchas, casi siempre llanas, que conectan con otros pueblos de la zona. Son trayectos tranquilos, de esos en los que puedes avanzar sin mirar el reloj.
Los cielos aquí también juegan su papel. Muy abiertos. Cuando amanece o cuando cae la tarde, la luz cambia rápido y el paisaje parece otro aunque no te hayas movido del sitio.
Comer en la zona
Castrillo de Villavega está dentro de una comarca donde la cocina sigue muy ligada al producto del campo y a la ganadería. En los pueblos cercanos es habitual encontrar platos de cordero, sopas castellanas o quesos elaborados en la zona.
No hace falta buscar nada sofisticado. En Tierra de Campos la gracia suele estar en que las recetas se hacen como se han hecho siempre.
Un pueblo pequeño, sin artificios
Castrillo de Villavega no juega a impresionar. No tiene monumentos enormes ni calles pensadas para hacer fotos cada diez metros.
Lo que hay es otra cosa: un pueblo agrícola de Tierra de Campos que sigue funcionando como tal. Casas que se usan, caminos que llevan a parcelas, vecinos que se conocen de toda la vida.
Si te acercas, lo entenderás rápido. Bajas del coche, miras alrededor y el lugar se explica solo. Aquí la historia no está en carteles. Está en cómo sigue organizado el pueblo. Y en el campo que empieza justo al salir de la última casa.