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sobre Castrobol
Pequeño pueblo terracampino; destaca por su iglesia y la tranquilidad de sus calles de arquitectura tradicional
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A media mañana de verano, el aire en la plaza de Castrobol huele a tierra húmeda y a paja guardada en los corrales. El sol todavía no cae a plomo y la luz resbala por la piedra de las calles, marcando el tono terroso del adobe y del tapial. Las fachadas, algo gastadas por el viento de la llanura, dejan ver capas de tiempo: reparaciones, grietas finas, portones que han pasado por muchas manos.
En plena Tierra de Campos, Castrobol apenas supera los 40 habitantes. El pueblo se asienta a unos 770 metros de altitud y alrededor no hay montes que interrumpan la vista: solo una llanura agrícola que cambia de color según la estación. En primavera los campos de trigo y cebada levantan un verde tenso; en verano llega el dorado seco que cruje bajo el sol. Cuando sopla el viento —algo bastante habitual en esta parte de la comarca— el sonido de las espigas moviéndose crea un murmullo constante que acompaña incluso dentro del propio pueblo.
La iglesia y el centro del pueblo
El nombre de Castrobol suele relacionarse con antiguos asentamientos fortificados, posiblemente muy anteriores al pueblo actual, aunque hoy no quedan restos visibles de esas estructuras.
El edificio que sí marca el centro del municipio es la iglesia parroquial de El Salvador. Su torre de ladrillo visto sobresale por encima de los tejados bajos y se reconoce desde los caminos agrícolas que llegan al pueblo. El templo actual se levantó en el siglo XVI y mantiene una portada bastante sobria. En el interior se conservan algunos retablos barrocos que han sido restaurados con el paso del tiempo.
La plaza que se abre delante de la iglesia es pequeña y tranquila. A ciertas horas del día solo se oye el golpeteo de alguna persiana o el motor lejano de un tractor regresando del campo.
Casas de adobe, corrales y palomares
Pasear por Castrobol es fijarse en los detalles de la arquitectura tradicional de Tierra de Campos. Muchas viviendas siguen hechas con adobe o tapial, materiales que aquí eran lo más lógico: tierra, agua y paja de los propios campos. Los muros son gruesos y mantienen bien el fresco en verano.
Todavía se ven portones de madera pesada que daban acceso a los corrales. En algunos casos asoman vigas antiguas, oscurecidas por los años. También aparecen palomares en las afueras o integrados en antiguas fincas: construcciones redondeadas o cuadradas, de barro y piedra, que durante siglos formaron parte de la economía doméstica de la zona.
No es raro encontrar casas cerradas buena parte del año. Como ocurre en muchos pueblos de la comarca, varias familias regresan sobre todo en verano o en periodos festivos.
Caminar por la llanura de Tierra de Campos
El paisaje que rodea Castrobol es abierto y sencillo: parcelas agrícolas, caminos de tierra bien marcados y un horizonte limpio. Son recorridos fáciles, prácticamente llanos, que se pueden hacer andando o en bicicleta sin demasiada preparación.
Quien camina despacio y guarda silencio suele ver aves ligadas a estos campos cerealistas. En Tierra de Campos todavía se mueven avutardas, sisones o aguiluchos cenizos, sobre todo en zonas menos transitadas o cerca de lindes y barbechos.
Conviene evitar las horas centrales del día en verano. La sombra escasea y el calor cae directo sobre los caminos.
Lo que se come en esta parte de la comarca
La cocina que se asocia a esta zona de Tierra de Campos es contundente y muy ligada al producto local. Las lentejas de la comarca siguen teniendo fama desde hace generaciones y suelen prepararse de manera sencilla, con verduras y algo de embutido.
También es habitual el lechazo asado, procedente de rebaños de oveja churra que pastan en la llanura. A eso se suman quesos de oveja curados y distintos embutidos elaborados de forma tradicional en los pueblos cercanos.
Pueblos cercanos y pequeños desvíos
Desde Castrobol salen varios caminos rurales que conectan con otros núcleos de la zona. En coche se puede enlazar con distintos pueblos de la Tierra de Campos palentina, algunos algo mayores y con más servicios.
La gracia de moverse por aquí es precisamente esa red de carreteras secundarias y caminos agrícolas donde el paisaje apenas cambia: campos, palomares aislados, alguna ermita en medio de la llanura y, cada cierto tiempo, un pequeño casco urbano que aparece de repente.
Cuando el pueblo se llena un poco
En agosto suele notarse más movimiento. Muchas personas que tienen raíces en Castrobol regresan durante unos días y el pueblo recupera voces en las calles y puertas abiertas.
Las celebraciones patronales se concentran en esas fechas, con actos religiosos en la iglesia y reuniones vecinales que alargan la conversación hasta bien entrada la noche, cuando el calor afloja y la plaza vuelve a oler a tierra seca.
El resto del año Castrobol vuelve a su ritmo lento. Un lugar pequeño, de horizontes largos, donde lo que más se percibe no es lo que pasa, sino el espacio que queda alrededor.